lunes, 26 de septiembre de 2016

La fuerza de la fe (Lc 17,5-10)

27º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
5 Los apóstoles le dijeron al Señor:
—Auméntanos la fe.
6 Respondió el Señor:
—Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta morera: arráncate y plántate en el mar, y os obedecería.
7 Si uno de vosotros tiene un siervo en la labranza o con el ganado y regresa del campo, ¿acaso le dice: «Entra enseguida y siéntate a la mesa?» 8 Por el contrario, ¿no le dirá más bien: «Prepárame la cena y dispónte a servirme mientras como y bebo, que después comerás y beberás tú?» 9 ¿Es que tiene que agradecerle al siervo el que haya hecho lo que se le había mandado? 10 Pues igual vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: «Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer».
En los versículos inmediatamente anteriores (vv. 3-4), el Señor había invitado a la grandeza de corazón en el perdón de las ofensas. Los Apóstoles son conscientes de la dificultad de esas exigencias, por eso Cristo enseña que con fe en Dios no hay nada imposible (vv. 5-6).
Es claro que Jesús ni recomienda el trato abusivo del amo ni lo aprueba (vv. 7-10). Pero nos enseña que la virtud desplegada al cumplir sus mandatos despertará la admiración de los demás, y nos consolará interiormente. Pero entonces, en lugar de engreírnos, debemos considerar que cumplimos solamente el plan de Dios: «No te jactes por ser llamado hijo de Dios —reconoce la gracia, y no desconozcas tu naturaleza—, ni te engrías por haberle servido bien: es lo que tenías que hacer. El sol hace su oficio, la luna obedece y los ángeles cumplen su servicio. (...) No pretendamos ser alabados por nosotros mismos, no adelantemos el juicio de Dios (...), reservémoslo para su momento» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).