jueves, 12 de mayo de 2011

Los jóvenes ante los temas más controvertidos

Me ha parecido que podría ser de interés para los seguidores de este blog una información que viene del otro campo de actividad sacerdotal que compatibilizo con el estudio de la Biblia y es mi tarea como Capellán en la Universidad de Navarra.

La web arguments.es ha publicado una serie de vídeos de gran interés, fruto del trabajo realizado por estudiantes de la universidad con motivo de la JMJ 2011. Los jóvenes que han participado en ellos han analizado los temas más controvertidos que hay ahora mismo en la opinión pública acerca de la Iglesia Católica, para dar una respuesta personal en unos dos minutos: aborto, divorcio, eutanasia, relaciones prematrimoniales, homosexualidad, celibato, abusos, sacerdocio femenino, las riquezas de la Iglesia...
Pueden verse, también en alta definición, en http://www.arguments.es/proyectos/jmj

En los próximos días, hasta finales de mes, se irán añadiendo nuevos vídeos de ese tipo en esa página web. 
Espero que a alguno le puedan resultar interesantes.

lunes, 28 de febrero de 2011

Edificó su casa sobre roca (Mt 7,21-27)

9º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
21 »No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. 22 Muchos me dirán aquel día: «Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y hemos expulsado los demonios en tu nombre, y hemos hecho prodigios en tu nombre?» 23 Entonces yo declararé ante ellos: «Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que obráis la iniquidad».
24 »Por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; 25 y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.
26 »Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; 27 y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina.
El Señor insiste en que el discípulo será juzgado por sus obras (vv. 15-20), que son las que pondrán de manifiesto si cumplió la voluntad del Padre en la tierra (vv. 21-23).
Los falsos profetas de los que había hablado poco antes (v. 15) eran, en el Antiguo Testamento (cfr Jr 23,9-40), aquellos que, sin ser enviados por Dios, embaucaban al pueblo. Jesús previene frente a ellos, advirtiendo a los discípulos que no miren a las apariencias sino a las obras, y dando un criterio de discernimiento: si son de Dios, tendrán buenos frutos.
Por eso, la entrada en el Reino, la pertenencia a la Iglesia, se demuestra con obras, no sólo con palabras: es necesario dar frutos buenos (v. 19), cumplir la voluntad del Padre (v. 21), y traducir en la práctica diaria las palabras de Jesús (v. 24). Muy gráficamente recomienda Fray Luis de Granada: «Mira que no es ser buen cristiano solamente rezar y ayunar y oír Misa, sino que te halle Dios fiel, como a otro Job y otro Abrahán, en el tiempo de la tribulación» (Guía de pecadores 1,2,21).
La parábola de quien edifica sobre roca (vv. 24-27) resume la conducta del que desea entrar en el Reino de Dios que se va haciendo presente en la Iglesia. Quien se esfuerza por llevar a la práctica las enseñanzas de Jesús, aunque vengan tribulaciones personales, o se vea rodeado del error, permanecerá fuerte en la fe, como el hombre sabio que edifica su casa sobre roca.

Pongo hoy ante vosotros bendición y maldición (Dt 11,18.26-28.32)

9º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
18 »Grabad bien estas palabras mías en vuestro corazón y en vuestras almas. Atadlas como un signo a vuestra mano y sirvan entre vuestros ojos como recordatorio.
26 »Mirad, pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. 27 La bendición, si escucháis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que os ordeno hoy. 28 Y la maldición, si no escucháis los mandatos del Señor, vuestro Dios, y os desviáis del camino que os prescribo hoy, yendo tras dioses extraños que no conocéis.
32 Prestad atención para poner por obra todas las leyes y las normas que os entrego hoy.
El autor sagrado se dirige a los supervivientes del éxodo, testigos de la especialísima protección del Señor. Sus hijos no vieron tales prodigios, pero también han de reconocerlos por el testimonio recibido.
La ceremonia de bendición y maldición, que ahora se anuncia con brevedad, será ampliamente explicada en los capítulos 27-28 del Deuteronomio, y Josué la llevará a cabo (cfr Jos 8,30-35). No consistirá tanto en bendecir o maldecir, cuanto en proclamar un resumen de los mandamientos y preceptos divinos en términos como «maldito quien no los cumpla», «bendito quien los cumpla». Supone la aceptación solemne por parte del pueblo de Israel de la Alianza del Señor. Esas «Bendiciones» y «Maldiciones» (cfr. Dt 27-28) siguen un modelo que se encuentra en otros escritos del antiguo Oriente, para dar fuerza y solemnidad a los pactos o alianzas; pero en el Deuteronomio adquieren valores morales especiales, coherentes con exhortaciones de los profetas de Israel.
El texto inspirado enseña que la Alianza viene sancionada mediante bendiciones y maldiciones, de acuerdo con la fidelidad o infidelidad de Israel a sus preceptos. Hay pasajes similares en otros lugares del Pentateuco: en el libro del Éxodo, distintas promesas de bendiciones ratifican el Código de la Alianza (23,20-23); en el Levítico, bendiciones y maldiciones concluyen la Ley de Santidad (cap. 26).
El contenido de los premios y los castigos hace referencia únicamente a bienes temporales. Es una manifestación más de la pedagogía divina, y de su condescendencia con la mentalidad y la cultura de aquellos hombres; la prosperidad y el poder por un lado, y la miseria y la esclavitud por otro, eran para ellos índices significativos de su fidelidad o infidelidad a la Alianza con el Señor. Con el de­sarrollo progresivo de la Revelación, Dios irá haciendo ver al pueblo elegido la existencia de una retribución en la otra vida. Con Jesucristo llegará a su plenitud esta doctrina, y las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) supondrán un cambio total de perspectiva: la prosperidad o la miseria terrenas dejarán de ser índices de la bendición o del castigo de Dios.

Justificados gratuitamente por su gracia (Rm 3,21-25a.28)

9º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
21 Ahora, en cambio, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas, se ha manifestado con independencia de la Ley: 22 justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen. Porque no hay distinción, 23 ya que todos han pecado y están privados de la gloria de Dios 24 y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que está en Cristo Jesús. 25 A él lo ha puesto Dios como propiciatorio en su sangre mediante la fe. 28 Afirmamos, por tanto, que el hombre es justificado por la fe con independencia de las obras de la Ley.
Estos versículos son de especial importancia en la doctrina de la carta. Primero (vv. 21-26), el Apóstol nos revela fundamentalmente cómo se realiza la justificación del hombre: la justicia de Dios que hace justo al hombre y que estaba anunciada en los libros del Antiguo Testamento (cfr Sal 103,6; Is 46,13; Jr 9,24) se ha revelado ahora en Cristo y en el Evangelio. Dios Padre, fuente de todo bien, con su decreto redentor nos ha entregado a su Hijo para salvarnos; en Jesucristo, que derrama su sangre en la cruz, somos hechos justos; la fe es el don divino mediante el cual Dios dispone y capacita al hombre para que acoja el don de su redención en Cristo.
San Pablo enseña que la justicia de Dios está en conexión con la misericordia: todos los hombres son justificados por una acción gratuita de Dios (v. 24). Tan importante es la afirmación de que la gracia es un don que Dios concede sin mérito nuestro, que el Concilio de Trento, al utilizar este texto de San Pablo, quiso definir su sentido, explicando que nada de aquello que precede y dispone al hombre para la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia por la que el hombre es justificado (cfr 11,16; De iustificatione, cap. 8).
Añade el Apóstol que la justificación por la gracia se alcanza «mediante la redención que está en Cristo Jesús» (v. 24). Es decir, en la justificación del pecador se da «el paso del estado en que el hombre nace hijo del primer Adán, al estado de gracia y de adopción de hijos de Dios por el segundo Adán, Jesucristo, Sal­vador nuestro» (Conc. de Trento, De iustificatione, cap. 4). Esto ha sido posible gracias a que Nuestro Señor nos salvó dándose a Sí mismo como precio por nuestro rescate. La palabra griega que corresponde a «redención» indica precisamente un rescate que se paga para liberar a alguien de la esclavitud. Cristo nos ha liberado de la esclavitud del pecado, pagando, por así decir, ese precio de nuestra libertad (cfr 6,23), entendiendo bien que ese precio no es tanto su sufrimiento sino el amor al Padre que lo impregna. San Pablo afirma que Dios ha hecho a Jesús el verdadero propiciatorio (v. 25). El «propiciatorio» era la cubierta o tapa del Arca de la Alianza, con figuras de dos querubines. Estaba considerado como el trono de Dios en la tierra (cfr Sal 80,2; 99,1), desde donde hablaba a Moisés (cfr Ex 37,6; Nm 7,89), y como el lugar donde implorar a Dios el perdón de los pecados mediante el rito del sacrificio expiatorio que se celebraba el «Día de la Expiación», Yôm Kippûr (cfr Lv 16,1-34; 23,26-32; Nm 29,7-11); en ese día, el sumo sacerdote rociaba el propiciatorio con la sangre de los animales sacrificados como víctimas para el perdón de los pecados del sacerdote y del pueblo. Al decir que Jesús es el propiciatorio Pablo enseña que Jesús es el único que puede obtener la remisión de los pecados con su sangre.
El Catecismo de la Iglesia Católica, sintetizando esta doctrina, enseña: «La justificación es al mismo tiempo la acogida de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud del amor divino. Con la justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la voluntad divina. La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cfr Conc. de Trento: DS 1529)» (nn. 1991 y 1992).
Los vv. 27-31 muestran cómo, en consecuencia, nadie puede considerarse superior; ni siquiera los judíos, aun cuando Dios hubiera manifestado especial predilección por ellos. Solemnemente San Pablo declara: ningún hombre puede gloriarse ante Dios, como si fuera justo o santo, por cumplir los mandatos de la Ley (v. 28); es Dios quien hace justo al hombre por pura gracia, y el hombre llega a ser justo aceptando, mediante la fe, la gracia que Dios le ofrece a través de Jesucristo. Tanta es la insistencia del Apóstol, que la afirmación de que el hombre es justificado por la fe, no por las obras de la Ley, viene a ser como un estribillo de la carta (vv. 22.26.28.30; 4,5; 11,6; cfr Ga 2,16; 3,11).
Hoy día, los exegetas cristianos, católicos y no católicos, tienen por indiscutible esta enseñanza fundamental de San Pablo: la salvación ha sido ofrecida en Jesucristo y Dios justifica al hombre por la fe en Cristo. Es, pues, la fe la que justifica. Pero no la fe «sola», sino la fe que obra por medio de la caridad (cfr Ga 5,6). Será, por tanto, «en virtud de la fe», y no por la circuncisión, como los judíos serán justificados, y «por medio de la fe» como los incircuncisos conseguirán también la salvación. ¿Ha quedado anulada la Ley por la fe? No, sino que la fe confirma la Ley, dándole su verdadero sentido y llevándola a la perfección.

viernes, 7 de enero de 2011

Bautismo de Jesús (Mt 3,13-17)

Bautismo del Señor - A. Evangelio
13 Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan. 14 Pero éste se resistía diciendo:
—Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?
15 Jesús le respondió:
—Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda justicia.
Entonces Juan se lo permitió. 16 Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. 17 Y una voz desde los cielos dijo:
—Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.
¿Por qué Jesús debía pasar por este bautismo si no tenía pecado que purificar (cfr Hb 4,15)? Tampoco los evangelistas soslayan esta dificultad. Las palabras de Juan el Bautista, con su resistencia a bautizar a Jesús (Mt 3,14), lo indican también. Pero ni los evangelios ni la tradición cristiana, que está en su origen y que les sigue, omitieron el relato.
La narración deja entrever que Jesús, al acudir al bautismo de Juan, manifiesta que también Él secunda el plan dispuesto por Dios de preparar a su pueblo por medio de los profetas. De este modo el Señor cumple «toda justicia» (v. 15), es decir, todo lo establecido por Dios. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, el Bautismo de Jesús representa «la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente» (n. 536). Es decir, Jesús es el Siervo anunciado por el profeta Isaías, que, como Cordero llevado al matadero, acepta mansa y humildemente la misión que el Padre le encomienda.
Jesús se hace bautizar prefigurando con ello su bautismo de sangre, su muerte en la cruz, para la remisión de los pecados. Por amor se somete por completo a la voluntad del Padre, y el Padre se conmueve y acepta complacido la ofrenda de su Hijo (v. 17).
La incoación de la misión de Cristo —su muerte por nuestros pecados, para que podamos resucitar a una vida nueva— significada en el pasaje hizo del Bautismo de Cristo signo de nuestro bautismo. Así lo recoge la doctrina cristiana: «Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y “vivir una vida nueva” (Rm 6,4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 537).