miércoles, 26 de noviembre de 2014

No sabéis cuándo será el momento ¡velad! (Mc 13,33-37)

1º domingo de Adviento – B. Evangelio
33 Estad atentos, velad: porque no sabéis cuándo será el momento. 34 Es como un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase. 35 Por eso: velad, porque no sabéis a qué hora volverá el señor de la casa, si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada; 36 no sea que, viniendo de repente, os encuentre dormidos. 37 Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!
Estos versículos resumen cuál debe ser la actitud de los discípulos del Señor (v. 37): estar en vela, vigilantes (vv. 33.35.37). Todas estas palabras vienen en el Evangelio a dar razón de lo que Jesús acababa de responder de modo provocativo cuando le preguntan por cuándo sucederá: «Nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre» (v. 32). La frase ha sido una de las crux interpretum de los estudiosos de los evangelios. En el contexto de las palabras de Jesús (vv. 30-33), tiene más lógica que aislada. Los escritos apocalípticos presentaban nuevas revelaciones sobre los acontecimientos de la generación presente y el eón o mundo futuro (v. 30). En esa línea argumental, Jesús les dice que no den fe a nuevas revelaciones (v. 32), sólo sus palabras tienen valor perenne (v. 31), y sus palabras son únicamente una: velad (v. 33). En estas condiciones, las palabras de Jesús pueden interpretarse, como hicieron algunos Padres, no como desconocimiento de Cristo acerca de ese momento, sino como conveniencia de no manifestarlo (cfr nota a Mt 24,36-51), y pueden interpretarse también como desconocimiento de Jesús en cuanto hombre: «Cuando los discípulos le preguntaron sobre el fin, ciertamente, conforme al cuerpo carnal, les respondió: Ni siquiera el Hijo, para dar a entender que, como hombre, tampoco lo sabía. Es propio del ser humano el ignorarlo. Pero en cuanto que Él era el Verbo, y Él mismo era el que había de venir, como juez y como esposo, por eso conoció cuándo y a qué hora había de venir. (...) Pero como se hizo hombre, tuvo hambre y sed y padeció como los hombres y del mismo modo que los hombres, en cuanto hombre no conocía, pero en cuanto Dios, en cuanto era el Verbo y la Sabiduría del Padre, no desconocía nada» (S. Atanasio, Contra Arianos 3,46).
En resumen, lo seguro es que el Señor vendrá. La Iglesia nos estimula a avivar esta actitud de vigilia en la liturgia del Adviento.

Esperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo (1 Co 1,3-9)

1º domingo de Adviento – B. 2ª lectura
3  Gracia y paz a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
4 Doy continuamente gracias a mi Dios por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido concedida en Cristo Jesús, 5 porque en él fuisteis enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, 6 de modo que el testimonio de Cristo se ha confirmado en vosotros, 7 y así no os falta ningún don, mientras esperáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. 8 Él os confirmará hasta el final, para que seáis hallados irreprochables el día de nuestro Señor Jesucristo. 9 Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la unión con su Hijo Jesucristo, Señor nuestro.
San Pablo comienza esta carta primera a los corintios con el saludo habitual de presentación (vv. 1-3) y unas palabras  de acción de gracias, en las que recuerda las cualidades y dones más sobresalientes de los cristianos a quienes dirige la epístola (vv. 4-9).
El Apóstol modifica la fórmula epistolar de saludo habitual en el mundo grecorromano (chairein, «saludos») por una más personal y de más fuerza cristiana: «Gracia y paz» (v. 3). «No hay verdadera paz, como no hay verdadera gracia, sino las que vienen de Dios —enseña San Juan Crisóstomo—. Poseed esta paz divina y no tendréis nada que temer, aunque fuerais amenazados por los mayores peligros, ya sea por los hombres, ya sea incluso por los mismos demonios. Al contrario, para el hombre que está en guerra con Dios por el pecado, mirad cómo todo le da miedo» (In 1 Corinthios 1, ad loc.).
La acción de gracias, frecuente en las cartas paulinas, es en este caso de gran densidad doctrinal: recuerda a los corintios que Dios es el origen de su situación privilegiada (v. 4), que gozan de los dones de palabra y ciencia (vv. 5-6), y viven a la espera de la venida gloriosa de Cristo (vv. 7-9).
Los dones y carismas serán tratados con amplitud en otros lugares de la carta (12,1ss.). Aquí se subraya un enriquecimiento «en palabra y en ciencia» (v. 5), es decir, en conocimiento de la doctrina cristiana y capacidad para expresarla con claridad: «Hay quienes poseen el don de ciencia, pero no el de la palabra; y hay quienes poseen una y otra. Los simples fieles, las inteligencias sencillas conocen nuestras verdades, pero no pueden expresarlas con la claridad con que están en su espíritu. Vosotros, en cambio, dice San Pablo, no sois así: vosotros conocéis esas verdades y podéis hablar de ellas, sois ricos en el don de la palabra y en el de la ciencia» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 2, ad loc.).
«Os confirmará hasta el final» (v. 8). El horizonte escatológico —los acontecimientos que tendrán lugar al final de la vida de cada persona y de la historia— es clave. Puesto que algunos creían que ya habían alcanzado la plenitud de la perfección, Pablo recuerda que todavía vivimos en lucha y esperanza hasta que llegue «el día del Señor», es decir, del juicio, día en que Jesucristo, como Juez, se manifestará en la plenitud de gloria (cfr 2 Co 1,14; 1 Ts 5,2). 

¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases! (Is 63,16b-17.19b; 64,2-7)

1º domingo de Adviento – B. 1ª lectura
16b ¡Tú eres nuestro Padre!
Aunque Abrahán ya no nos conozca,
e Israel nos ignore,
¡Tú, Señor, eres nuestro Padre,
nuestro Redentor!
Tu Nombre es eterno.
17 ¿Por qué, Señor, nos hiciste vagar fuera de tus caminos,
y endureciste nuestro corazón para que no te temiésemos?
¡Vuélvete, por amor a tus siervos,
a las tribus de tu heredad!
19b ¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases!
Ante ti se estremecerían las montañas.
64,2 Cuando, haciendo prodigios que no aguardábamos,
descendiste, los montes se estremecieron ante Ti.
3 Nunca se oyó, ni oído escuchó,
ni ojo vio a un Dios fuera de Ti,
que haga tanto con quien espera en Él.
4 Tú sales al encuentro de quien se goza en hacer justicia,
de los que se acuerdan de tus caminos.
Te airaste, y nosotros pecamos contra ellos
por largo tiempo: ¿cómo podemos ser salvos?
5 Todos nosotros somos algo inmundo,
todas nuestras justicias son como paños de menstruación.
Todos estamos marchitos como hojarasca
y nuestras iniquidades nos arrastran como el viento.
6 No hay quien invoque tu Nombre,
quien se levante para serte fiel,
pues nos has escondido tu rostro
y nos has dejado en mano de nuestras iniquidades.
7 Pero ahora, Señor, Tú eres nuestro Padre;
nosotros, el barro, Tú nuestro alfarero,
y todos nosotros la obra de tus manos.
Por fin viene el Señor vencedor como Juez que castiga y premia. Al contemplar cercana su venida se eleva esta plegaria llena de confianza y esperanza.
Hay por dos veces (63,16 y 64,7) una interpelación apremiante a Dios, invocado como Padre de Israel. Es uno de los pasajes más elocuentes del Antiguo Testamento sobre la entrañable paternidad de Dios con su pueblo. El autor del poema espera confiadamente que el corazón paternal del Señor no quede insensible ante tantos sufrimientos de sus hijos, aunque hayan merecido castigo por su infidelidad (64,3-6). Las súplicas por el auxilio divino se vuelven dramáticas (63,17-19a), hasta terminar con la petición de un milagro portentoso (63,19b). La exposición de las calamidades que ha sufrido el pueblo continúa en 64,2-7 en el mismo tono que en 63,16-19: el profeta desarrolla los motivos para que Dios auxilie al pueblo de su heredad.
El grito ardoroso del profeta -¡Ojalá rasgaras los cielos y bajases!- (63,19b) sintetiza de modo admirable la paciente ­espera de Israel en las intervenciones salvadoras de Dios; y, en perspectiva mesiánica, asume las esperanzas depositadas en el Salvador esperado por el pueblo elegido a lo largo de su historia. También, de alguna manera, es el clamor de todo hombre que se dirige al Señor con la urgencia de que sus aspiraciones nobles no caigan en saco roto. Este Adviento de siglos, que en cierto modo revive en nuestros días, encuentra de nuevo su respuesta en el designio de Dios Padre, que envió a su Hijo, hecho Hombre, para que llevase a cabo nuestra Redención, y envió al Espíritu Santo para hacer a los hombres partícipes de su Amor.
Las palabras de Is 64,3 son evocadas por San Pablo para mostrar la sabiduría y el amor de Dios por cuantos le aman y el conjunto de dones futuros que superan la capacidad del hombre: «Según está escrito: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1 Co 2,9). Ya que estos dones se alcanzan plenamente en la vida futura, también ha sido muy comentado en la espiritualidad cristiana para expresar la felicidad del cielo. Así lo haría por ejemplo San Roberto Belarmino: «¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más precioso que el oro fino, más dulce que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice San Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (De ascensione mentis in Deum, Grado 1).