lunes, 28 de abril de 2014

Lo reconocieron al partir el pan (Lc 24,13-35)

Domingo 3º de Pascua – A. Evangelio
13 Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. 14 Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido. 15 Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, 16 aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle. 17 Y les dijo:
—¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?
Y se detuvieron entristecidos. 18 Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
—¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?
19 Él les dijo:
—¿Qué ha pasado?
Y le contestaron:
—Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo: 20 cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. 21 Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas. 22 Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada 23 y, como no encontraron su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, que les dijeron que está vivo. 24 Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron.
25 Entonces Jesús les dijo:
—¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas! 26 ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?
27 Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. 28 Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y él hizo ademán de continuar adelante. 29 Pero le retuvieron diciéndole:
—Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo.
Y entró para quedarse con ellos. 30 Y cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. 31 Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia. 32 Y se dijeron uno a otro:
—¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
33 Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén, y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, 34 que decían:
—El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón.
35 Y ellos se pusieron a contar lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan.
El episodio de Emaús es una especie de puente entre el anuncio de la resurrección y las apariciones a los Once. Por una parte, representa un complemento del episodio anterior, pues, al final, cuando estos dos discípulos vuelven a Jerusalén, los Once, a través del testimonio de Pedro (vv. 33-34), creen ya en la resurrección. Por otra parte, frente a la siguiente aparición (24,36-49) en la que se subraya el verdadero cuerpo del Señor, su realidad física, el episodio de Emaús resalta el reconocimiento de Jesús por parte de los que le aman (cfr Jn 20,11-17).
La escena se revive fácilmente en la imaginación. Aquellos discípulos están entristecidos (v. 17) y sin esperanza (v. 21), porque esperaban un triunfo que ha fallado (vv. 19-21). Sus razones eran nobles, pero humanas. Mientras tanto, Jesús les acompaña y les escucha: «Jesús camina junto a aquellos dos hombres, que han perdido casi toda esperanza, de modo que la vida comienza a parecerles sin sentido. Comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en Él» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 105).
A la sabiduría humana de los discípulos, Jesús opone la ciencia sagrada: la explicación de los acontecimientos como cumplimiento de las Escrituras enciende el corazón de aquellos discípulos (cfr v. 32), que, desde ahora, quieren continuar su camino con Él (vv. 28-29). Así también obra Jesús en nosotros: «No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. (...) Quédate con nosotros, porque nos rodean en el alma las tinieblas, y sólo Tú eres luz, sólo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 314).
Finalmente, le reconocen en la fracción del pan (v. 31). Jesús les ha abierto la inteligencia y el corazón: «Sus corazones, por Él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con Él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada» (S. León Magno, Sermo 1 de ascensione Domini 3).
El relato refleja también de ese modo la importancia que tienen en la Iglesia la Sagrada Escritura y la Eucaristía para alimentar la fe en Cristo. Así lo expresaba un antiguo tratado ascético: «Tendré los libros santos para consuelo y espejo de vida, y, sobre todo esto, el Cuerpo santísimo tuyo como singular remedio y refugio. (...) Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien, porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu Sacramento el pan que da la vida» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 4,11,3-4).

Rescatados por la sangre de Cristo (1 P 1,17-21)

Domingo 3º de Pascua – A. 2ª lectura
17 Y si llamáis Padre al que sin hacer acepción de personas juzga a cada uno según sus obras, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación; 18 sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra conducta vana, heredada de vuestros mayores, no con bienes corruptibles, plata u oro, 19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha, 20 predestinado ya antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos para vuestro bien; 21 para quienes por medio de él creéis en Dios, que le resucitó de entre los muertos y le glorificó, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza se dirijan a Dios.
El fundamento de la liberación del pecado y de la santidad es el sacrifi­cio de Cristo. San Pedro acude a la imagen y al vocabulario de la redención de un esclavo que pasa a ser hombre libre. Es también una alusión al éxodo: tras la inmolación del cordero pascual, Israel fue liberado por Dios de la esclavitud de Egipto (cfr Ex 12,5); pero el precio de este rescate «no se ha calculado en dinero, sino en sangre, pues Cristo murió por nosotros; Él nos ha liberado con su sangre preciosa (...); preciosa porque es la sangre de un cordero inmaculado, porque es la sangre del Hijo de Dios, que nos ha rescatado no sólo de la maldición de la Ley, sino también de la muerte perpetua que implica la impiedad» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, in 12,6-7). La figura del Cordero aplicada a Jesucristo es un modo expresivo de referirse al sacrificio expiatorio de la cruz y, a la vez, a la inocencia inmaculada del Redentor (cfr Jn 1,29).

Dios lo resucitó (Hch 2,14.22-33)

Domingo 3º de Pascua – A. 1ª lectura
14 Entonces Pedro, de pie con los once, alzó la voz para hablarles así:
—Judíos y habitantes todos de Jerusalén, entended bien esto y escuchad atentamente mis palabras.
22 Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales, que Dios realizó entre vosotros por medio de él, como bien sabéis, 23 a éste, que fue entregado según el designio establecido y la presciencia de Dios, le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos. 24 Pero Dios le resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, porque no era posible que ésta lo retuviera bajo su dominio. 25 En efecto, David dice de él:
Tenía siempre presente al Señor ante mis ojos,
porque está a mi derecha, para que yo no vacile.
26 Por eso se alegró mi corazón
y exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará en la esperanza;
27 porque no abandonarás mi alma en los infiernos,
ni dejarás que tu Santo vea la corrupción.
28 Me diste a conocer los caminos de la vida
y me llenarás de alegría con tu presencia.
29 Hermanos, permitidme que os diga con claridad que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. 30 Pero como era profeta y sabía que Dios le había jurado solemnemente que sobre su trono se sentaría un fruto de sus entrañas, 31 lo vio con anticipación y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en los infiernos ni su carne vio la corrupción.
32 A este Jesús le resucitó Dios, y de eso todos nosotros somos testigos. 33 Exaltado, pues, a la diestra de Dios, y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
Pedro toma la palabra en nombre de los Doce como hará otras muchas veces. Su discurso esta plagado de citas del Antiguo Testamento con las que explica el sentido de lo que acaba de acontecer: «Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del “amor y de la fidelidad” (...). Según estas promesas, en los “últimos tiempos”, el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 715).
En el discurso de Pedro se esboza el contenido del anuncio apostólico —kérygma—, objeto de la predicación y de la fe. Este anuncio expresa el testimonio sobre la muerte y resurrección de Cristo y su posterior exaltación; recuerda los puntos principales de la misión de Jesús, anunciada por Juan Bautista, confirmada con milagros y concluida con las apariciones del Señor resucitado y la efusión del Espíritu Santo; señala la llegada del tiempo mesiánico vaticinado por los profetas y hace un llamamiento universal a la conversión, para preparar así la parusía o segunda venida de Cristo glorioso. Son los mismos contenidos esenciales que nos han transmitido los evangelios escritos, especialmente los sinópticos.
San Juan Crisóstomo, al comentar el pasaje, resalta el cambio obrado en Pedro por la acción del Espíritu Santo, y la audacia del Apóstol: «¡Oíd predicar y discutir con valentía, entre la masa de enemigos, a aquel que poco antes temblaba ante la palabra de una simple sirvienta! Esta osadía es una prueba significativa de la resurrección de su Maestro, pues Pedro predica entre hombres que se burlan y se ríen de su entusiasmo (...). La calumnia no turba el espíritu de los Apóstoles; los sarcasmos no disminuyen su coraje, pues la llegada del Espíritu Santo ha hecho de ellos hombres nuevos y superiores a todas las pruebas humanas. Cuando el Espíritu Santo penetra en las almas es para elevar sus afectos y para hacer, de almas terrestres y de barro, unas almas escogidas y de un coraje intrépido (...). ¡Admirad la armonía que reina entre los Apóstoles! ¡Cómo ceden a Pedro la carga de tomar la palabra en nombre de todos! Pedro eleva la voz y habla a la muchedumbre con intrépida confianza. Tal es el coraje del hombre instrumento del Espíritu Santo (...). Igual que un carbón encendido, lejos de perder su ardor al caer sobre un montón de paja, encuentra allí la ocasión de sacar su calor, así Pedro, en contacto con el Espíritu Santo que le anima, extiende a su alrededor el fuego que le devora» (In Acta Apostolorum 4).

lunes, 21 de abril de 2014

Trae tu mano y métela en mi costado (Jn 20,19-31)

Domingo 2º de Pascua – A. Evangelio
19 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:
—La paz esté con vosotros.
20 Y dicho esto les mostró las manos y el costado.
Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. 21 Les repitió:
—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.
22 Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.
24 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron:
—¡Hemos visto al Señor!
Pero él les respondió:
—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.
26 A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:
—La paz esté con vosotros.
27 Después le dijo a Tomás:
—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.
28 Respondió Tomás y le dijo:
—¡Señor mío y Dios mío!
29 Jesús contestó:
—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.
30 Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. 31 Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
La aparición de Jesús glorioso a los discípulos y la efusión del Espíritu Santo sobre ellos viene a equivaler, en el Evangelio de Juan, a la Pentecostés en el libro de los Hechos, de San Lucas. «Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y de santidad. Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu Santo» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10).
La misión que el Señor da a los Apóstoles (vv. 22-23), similar a la del final del Evangelio de Mateo (Mt 28,18ss.), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo... Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo» (Conc. de Trento, De Paenitentia, cap. 1).
En la nueva aparición, ocho días más tarde (20,24-29), destaca la figura de Tomás. Así como María Magdalena era modelo de los que buscan a Jesús (20,1-11), Tomás llega a ser la figura de los que dudan de Él, tanto de su divinidad como de su Humanidad, pero que luego se convierten sin reservas. El Resucitado es el mismo que el crucificado. El Señor manifiesta nuevamente que la fe en Él ha de apoyarse en el testimonio de quienes le han visto. «¿Es que pensáis —comenta San Gregorio Magno— que aconteció por pura casualidad que estuviera ausente entonces aquel discípulo elegido, que al volver oyese relatar la aparición, y que al oír dudase, dudando palpase y palpando creyese? No fue por casualidad, sino por disposición de Dios. La divina clemencia actuó de modo admirable para que tocando el discípulo dubitativo las heridas de carne en su ­Maestro, sanara en nosotros las heridas de la incredulidad (...). Así el discípulo, dudando y palpando, se convirtió en testigo de la verdadera resurrección» (Homiliae in Evangelia 26,7).
Los vv. 30-31 constituyen el primer epílogo o conclusión del evangelio. Exponen la finalidad que perseguía Juan al escribir su obra: que los hombres creamos que Jesús es el Mesías, el Cristo anunciado en el Antiguo Testamento por los profetas, y el Hijo de Dios, y que esa fe nos lleve a participar ya aquí de la vida eterna.

Por su gran misericordia nos ha engendrado a una esperanza viva (1 P 1,3-9)

Domingo 2º de Pascua – A. 2ª lectura
3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha engendrado de nuevo —mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos— a una esperanza viva, 4 a una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros, 5 que, por el poder de Dios, estáis custodiados mediante la fe hasta alcanzar la salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo último. 6 Por eso os alegráis, aunque ahora, durante algún tiempo, tengáis que estar afligidos por diversas pruebas, 7 para que la calidad probada de vuestra fe —mucho más preciosa que el oro perecedero que, sin embargo, se acrisola por el fuego— sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, cuando se manifieste Jesucristo: 8 a quien amáis sin haberlo visto; y en quien, sin verlo todavía, creéis y os alegráis con un gozo inefable y glorioso, 9 alcanzando así la meta de vuestra fe, la salvación de las almas.
Los destinatarios de la carta se hallaban en un mundo hostil sufriendo por su condición de cristianos. San Pedro desarrolla lo enunciado en el versículo anterior (v. 2) seña­lando los motivos que tienen para conso­larse y perseverar en la fe: han sido salvados por Dios en Cristo. El cristiano ha nacido de nuevo (cfr Jn 3,3-8; Ga 6,15; etc.) y es revestido de una gran dignidad. Dios Padre, con su elección, ha destinado a los bauti­zados a una herencia maravillosa en el Cielo (vv. 3-5); para conseguirla son necesarios el amor y la fe en Cristo a pesar de las tribulaciones (vv. 6-9); el Espíritu Santo, que había anunciado en el Antiguo Testamento la salvación como fruto de los padecimientos de Cristo, proclama ahora su cumplimiento a través de quienes predican el Evangelio (vv. 10-12). En estos versículos aparece la función del Espíritu Santo como causa y guía de la actividad evangelizadora de la Iglesia.
La esperanza de la salvación obrada por Cristo otorga al cristiano la alegría en medio de las dificultades. Las penas de la vida terrena prueban la calidad de su fe: «Dice San Pedro que conviene ser afligidos porque no se puede llegar a los gozos eternos sino a través de las aflicciones y la tristeza de este mundo que pasa. Durante algún tiempo, dice sin embargo, porque cuando se retribuye con un premio eterno, lo que en las tribulaciones de este mundo parecía pesado y amargo, parece que es muy breve y leve» (S. Beda, In 1 Epistolam Sancti Petri, ad loc.). Como dice San Agustín: «Se presenta el dolor, vendrá mi descanso. Se ofrece la tribulación, llegará mi purificación. ¿Acaso brilla el oro en el horno del platero? Brillará en el collar, brillará en el adorno. Sin embargo, ahora soporta el fuego para que, purifi­cado de las impurezas, adquiera el brillo» (Enarrationes in Psalmos 61,11).

Perseveraban en la doctrina de los apóstoles y en la comunión (Hch 2,42-47)

Domingo 2º de Pascua – A. 1ª lectura
42 Perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. 43 El temor sobrecogía a todos, y por medio de los apóstoles se realizaban muchos prodigios y señales. 44 Todos los creyentes estaban unidos y tenían todas las cosas en común. 45 Vendían las posesiones y los bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno. 46 Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, 47 alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse.
Éste es el primero de los tres sumarios que se recogen en los capítulos iniciales del libro de los Hechos de los Apóstoles (cfr Hch 4,32-37 y 5,12-16). Al comienzo (v. 42), describe en términos sencillos lo más esencial de la vida ascética y litúrgico-sacramental de los primeros cristianos: «Esta secuencia de actos es típica de la oración de la Iglesia; fundada sobre la fe apostólica y autentificada por la caridad, se alimenta con la Eucaristía» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2624).
La «doctrina de los Apóstoles» es la instrucción habitual impartida a los nuevos convertidos. No es el anuncio del Evangelio a los no cristianos, sino una catequesis cada vez más ordenada y sistemática en la que se explican a los discípulos las verdades fundamentales de la Fe —lo que poco después se recitará en la Iglesia como Profesión de fe, Símbolo o Credo—, que debían ser creí­das y practicadas para la salvación. La catequesis, que es una constante predicación y explicación del Evangelio «hacia adentro», aparece en el mismo comienzo de la Iglesia. «Evangelizadora, la Iglesia empieza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y trasmitida, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 15).
La «comunión» se refiere a la unión de corazones operada por el Espíritu Santo. Tal unidad se consolida en los discípulos al vivir y sentir su fe como un bien común, concedido, en Jesucristo, por Dios Padre (cfr Ga 2,9). En esta comunidad de afectos radican las disposiciones de desprendimiento que llevan en su momento a la renuncia generosa de los propios bienes en beneficio de los necesitados (vv. 45-46): «Esta pobreza y este desprendimiento voluntarios cortaban de raíz el principio egoísta de muchos males, y los nuevos discípulos demostraban haber entendido la doctrina evangélica» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 7).
La «fracción del pan» (v. 42) es uno de los nombres de la Sagrada Eucaristía. Se le denomina así, «porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cfr Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cfr Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reco­nocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cfr Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él (cfr 1 Co 10,16-17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1329). Convive con otros nombres, como «Eucaristía», que subraya la idea de acción de gracias (cfr Didaché 9,1). La Santa Misa y la comunión eucarística constituyen desde Pentecostés el centro del culto cristiano.
Las «oraciones» son probablemente los salmos y los himnos con que se acompañaba la celebración de la Eucaristía. La consignación del artículo y el plural connotan que se trataba de oraciones determinadas. Los cristianos acuden al Templo de Jerusalén, porque es inicialmente uno de los centros de su vida litúrgica y de oración (v. 46). El Templo era para ellos la casa de Dios; sin embargo, no era el único lugar donde se reunían para la oración y el culto. Cuando el texto afirma que «partían el pan en las casas» (v. 46), se refiere probablemente a la fracción del pan apuntada antes (v. 42): la comunidad cristiana de Jerusalén —igual que las comunidades fundadas después por San Pablo— no posee todavía un edificio específico para las reuniones litúrgicas; lo hace en casas privadas, en lugares dignos. La construcción de edificios solamente para el culto no comenzará hasta el siglo III.

domingo, 20 de abril de 2014

Era preciso que resucitase de entre los muertos (Jn 20,1-9)

Domingo de Resurrección – A. Evangelio
1 El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. 2 Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:
—Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
3 Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.
4 Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. 5 Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. 6 Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, 7 y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. 8 Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. 9 No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos.
Los cuatro evangelios relatan los testimonios de las santas mujeres y de los discípulos acerca de la resurrección gloriosa de Cristo. Tales testimonios se refieren a dos realidades: el sepulcro vacío y las apariciones de Jesús resucitado. San Juan destaca que, aunque fue María Magdalena la primera en ir al sepulcro, son los Apóstoles los primeros en entrar y percibir los detalles externos que mostraban que Cristo había resucitado (el sepulcro vacío, los lienzos caídos, el sudario aparte...). El discípulo amado comprueba la ausencia del cuerpo de Jesús: el estado del sepulcro, especialmente de los lienzos «plegados» (literalmente, «yacentes», «aplanados», «caídos»), revelaba que lo sucedido no había podido ser obra humana, y que Jesús no había vuelto a una vida terrena como Lázaro. Por eso anota que «vio» y «creyó» (v. 8).
El sepulcro vacío y los demás detalles que vieron Pedro y Juan son señales perceptibles por los sentidos; la resurrección, en cambio, aunque pueda tener efectos comprobables por la experiencia, requiere la fe para ser aceptada. Puede decirse con Santo Tomás de Aquino que «cada uno de los argumentos de por sí no bastaría para demostrar la resurrección, pero, tomados en conjunto, la manifiestan suficientemente; sobre todo por el testimonio de la Sagrada Escritura (cfr especialmente Lc 24,25-27), el anuncio de los ángeles (cfr Lc 24,4-7) y la palabra de Cristo confirmada con milagros» (Summa theologiae 3,55,6 ad 1).

Buscad las cosas de arriba (Col 3,1-4)

Domingo de Resurrección – 2ª lectura
1 Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; 2 sentid las cosas de arriba, no las de la tierra. 3 Pues habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.
Por el Bautismo el cristiano participa de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Por eso, Cristo debe llenar todos los horizontes de su vida. «Mi amor está crucificado (...). No me satisfacen los alimentos corruptibles y los placeres de este mundo. Lo que yo quiero es el pan de Dios, que es la carne de Cristo, nacido de la descendencia de David, y no deseo otra bebida que su sangre, que es la caridad incorruptible» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Romanos 6,1-9,3).
El deseo de vivir con Cristo proporciona una nueva perspectiva a la existencia en este mundo: «Los cristianos, peregrinando hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba (cfr vv. 1-2), lo cual en nada disminuye la importancia de la obligación que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la construcción de un mundo más humano» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 57).

Dios lo resucitó al tercer día (Hch 10,34a.37-43)

Domingo de Resurrección –  1ª lectura
34aPedro comenzó a hablar:
37 »Vosotros sabéis lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: 38 cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. 39 Y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; de cómo le dieron muerte colgándolo de un madero. 40 Pero Dios le resucitó al tercer día y le concedió manifestarse, 41 no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos; 42 y nos mandó predicar al pueblo y atestiguar que a él es a quien Dios ha constituido juez de vivos y muertos. 43 Acerca de él testimonian todos los profetas que todo el que cree en él recibe por su nombre el perdón de los pecados.
Pedro, en un apretado discurso, síntesis de todo el Evangelio (vv. 37-43; cfr nota a Mc 1,14-8,30), predica al centurión Cornelio y a toda su cas la verdad de Cristo Jesús. En el discurso de Pentecostés, Pedro había presentado a Jesús ante un auditorio judío, como «Señor y Cristo» (2,36); ahora lo hace como «Juez de vivos y muertos» (v. 42), prerrogativa que en el Antiguo Testamento era exclusiva de Dios. En el ámbito humano, que podían entender fácilmente Cornelio y su casa, funcionarios del Imperio romano, la suprema potestad de juzgar la tenía el César. Los Apóstoles enseñan que el juicio último del hombre no pertenece a ninguna autoridad humana.

viernes, 18 de abril de 2014

Jesús ha resucitado (Mt 28,1-10)

Vigilia Pascual – A. Evangelio
1 Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. 2 Y de pronto se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. 3 Su aspecto era como de un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. 4 Los guardias temblaron de miedo ante él y se quedaron como muertos. 5 El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres:
—Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. 6 No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. 7 Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho.
8 Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. 9 De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dijo:
—No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán.
«La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 638). Dos notas lo configuran. En primer lugar, es «un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios» (ibidem, n. 656). En segundo lugar, el hecho tiene una singular importancia para nosotros, los hombres, pues «Cristo, “el primogénito de entre los muertos” (Col 1,18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma, más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo» (ibidem, n. 658).
Los evangelios coinciden en que las primeras apariciones de Jesús Resucitado no fueron a los discípulos, sino a «las santas mujeres», cuyo amor más desinteresado y generoso, más fiel y recio que el de los varones, parece haber sido premiado de un modo muy delicado. En el ambiente judaico de la época se concedía poco valor al testimonio jurídico de las mujeres: quizás por eso San Pablo no las menciona en su resumen catequético de 1 Co 15,1-9. La circunstancia de que se les atribuya tanta relevancia en los cuatro evangelios apunta en primer lugar a la realidad histórica del hecho, pero muestra también la predilección de Dios por las almas sencillas, generosas y humildes.
Hay pequeñas diferencias entre los sinópticos. Frente a la frescura y espontaneidad de Marcos, y frente al gusto de Lucas por los detalles, Mateo es algo hierático, catequético y solemne; prescinde de detalles secundarios. Las señales con las que describe el anuncio de la resurrección (vv. 2-4) indican también la magnitud del hecho; como la muerte de Jesús (27,51-54), la resurrección es un acontecimiento extraordinario: es lógico que el cielo y la tierra lo proclamen. «Éste es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. (...) En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. (...) Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que Él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos. (...) ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza» (S. Gregorio de Nisa, In Christi Resurrectione oratio 1).

Cargó con nuestros dolores (Is 52,13–53,12)

Viernes Santo – 1ª lectura
13 Mirad, mi siervo triunfará,
será ensalzado, enaltecido y encumbrado.
14 Como muchos se horrorizaron de él
—tan desfigurado estaba,
que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser humano—,
15 así él asombrará a muchas naciones.
Por su causa los reyes cerrarán la boca,
al ver lo que nunca les habían narrado,
y contemplar lo que jamás habían oído.
53,1 «¿Quién dio crédito a nuestro anuncio?
El brazo del Señor, ¿a quién fue revelado?
2 Creció en su presencia como un renuevo,
como raíz de tierra árida.
No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada,
ni belleza que nos agrade en él.
3 Despreciado y rechazado de los hombres,
varón de dolores y experimentado en el sufrimiento;
como de quien se oculta el rostro,
despreciado, ni le tuvimos en cuenta.
4 Pero él tomó sobre sí nuestras enfermedades,
cargó con nuestros dolores,
y nosotros lo tuvimos por castigado,
herido de Dios y humillado.
5 Pero él fue traspasado por nuestras iniquidades,
molido por nuestros pecados.
El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él,
y por sus llagas hemos sido curados.
6 Todos nosotros andábamos errantes como ovejas,
cada uno seguía su propio camino,
mientras el Señor cargaba sobre él
la culpa de todos nosotros».
7 Fue maltratado, y él se dejó humillar,
y no abrió su boca;
como cordero llevado al matadero,
y, como oveja muda ante sus esquiladores,
no abrió su boca.
8 Por arresto y juicio fue arrebatado.
De su linaje ¿quién se ocupará?
Pues fue arrancado de la tierra de los vivientes,
fue herido de muerte por el pecado de mi pueblo.
9 Su sepulcro fue puesto entre los impíos,
y su tumba entre los malvados,
aunque él no cometió violencia
ni hubo mentira en su boca.
10 Dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias.
Puesto que dio su vida en expiación,
verá descendencia, alargará los días,
y, por su mano, el designio del Señor prosperará.
11 Por el esfuerzo de su alma
verá la luz, se saciará de su conocimiento.
El justo, mi siervo, justificará a muchos
y cargará con sus culpas.
12 Por eso, le daré muchedumbres como heredad,
y repartirá el botín con los fuertes;
porque ofreció su vida a la muerte,
y fue contado entre los pecadores,
llevó los pecados de las muchedumbres
e intercede por los pecadores.
El cuarto canto del Siervo es uno de los textos más comentados de la Biblia, tanto en lo que se refiere a su estructura literaria como a su contenido. En su estructura, el canto interrumpe el estilo hímnico del cap. 52, que continúa en el cap. 54, con un estilo más reflexivo sobre el valor del sufrimiento. En su contenido, el canto es sorprendente al presentar el triunfo y exaltación del siervo a través de su humillación, abandono y padecimiento. Más aún, el siervo toma como propias las enfermedades, dolores y hasta los pecados de los demás para librarlos y sanarlos. Hasta entonces esta «expiación vicaria» era desconocida en la tradición bíblica. El pasaje resulta muy original hasta en el vocabulario, puesto que contiene cuarenta términos que no aparecen en otros lugares de la Biblia.
El poema, construido con esmero, está dividido en tres estrofas: la primera (52,13-15) está puesta en labios del Señor y constituye una obertura que insinúa los temas que se van a desarrollar posteriormente: el triunfo del siervo (v. 13), su humillación y sufrimiento (v. 14) y el asombro de propios y extraños ante un acontecimiento tan novedoso (v. 15).
La segunda (53,1-11a) es un relato gozoso de la aflicción padecida por el siervo y los efectos beneficiosos que ha producido. Está puesta en labios de un «nosotros», que representa al pueblo entero y al propio profeta; ambos se sienten unidos al siervo del Señor. Esta estrofa se construye en cuatro estadios de contemplación: en primer lugar (53,1-3), la descripción del siervo en sus orígenes nobles —«renuevo», «raíz» en la presencia del Señor— y en su aflicción degradante como «varón de dolores». A continuación (53,4-6), se señala que la razón de tanto sufrimiento es la expiación vicaria. Si en la doctrina tradicional el dolor se consideraba castigo individual, aquí es provecho para los demás. Ésta es la primera lección para los que le tenían por «castigado, herido de Dios y humillado», y el punto culminante del poema. En tercer lugar (53,7-9), se vuelve a la contemplación del siervo que libremente asume los padecimientos y con sencillez se ofrece en sacrificio expiatorio, como indican la imagen del cordero y de la oveja. Su muerte es tan ignominiosa como los dolores que le han precedido. Por último (53,10-11a), se describen con profusión los frutos de tanto padecimiento. Con resonancia de las tradiciones patriarcales, se señala la descendencia numerosa y los muchos días, y con sentido sapiencial se asegura el pleno conocimiento.
La tercera estrofa (53,11b-12) vuelve a estar en labios del Señor, que reconoce solemnemente la eficacia del sacrificio de su siervo: «justificará», es decir, obtendrá la salvación (v. 11) y tendrá parte en el botín y la herencia divina (v. 12).
Este cuarto canto del Siervo del Señor fue interpretado y actualizado desde muy pronto. Los judíos de Alejandría, al hacer hacia el siglo II a.C. la versión griega de los Setenta, introdujeron pequeños retoques para identificar al siervo del poema con el pueblo de Israel en la diáspora. Si éste estaba sufriendo enormes dificultades para conservar su identidad en aquel ambiente helenista y politeísta, se sabía confortado con la esperanza de la exaltación que refleja el canto.
El judaísmo palestinense identificaba el siervo glorificado con el Mesías, pero modificaba la descripción de los padecimientos para aplicarlos a las naciones paganas. Los textos hallados en Qumrán interpretan este canto a la luz de los desprecios que soportó el Maestro de Justicia, probable fundador del grupo que se había asentado en ese lugar.
Sin embargo, el texto de Isaías sólo se comprende plenamente a la luz de las palabras de Jesús, quién reveló su misión redentora como el siervo sufriente profetizado en este canto. A él se refirió en varias ocasiones: en la respuesta a la petición de los hijos del Zebedeo —«el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28 y par.)—, en la Última Cena, donde anuncia su muerte ignominiosa entre malhechores citando 53,12 (Lc 22,37), en varios pasajes del cuarto evangelio (Jn 12,32.37-38), etc. También parece aludir a él en el diálogo con los discípulos de ­Emaús (Lc 24,25ss.) para explicar la razón de su pasión y muerte. Por eso, los primeros cristianos entendieron el sentido de la muerte y resurrección de Jesús al hilo de este poema y así quedó reflejado en la ­expresión «según las Escrituras» de 1 Co 15,3, la fórmula «por nuestros pecados» (Rm 4,25; 1 Co 15,3-5), el himno cristológico de la Carta a los Filipenses (Flp 2,6-11), en expresiones de la Primera Carta de Pedro (1 P 2,22-25) y en otros muchos lugares del Nuevo Testamento (Mt 8,17; 27,29; Hch 8,26-40; Rm 10,16; etc.).
La tradición patrística explica el canto como una profecía que se cumple en Cristo (cfr S. Clemente Romano, Ad Corinthios 16,1-14; S. Ignacio Mártir, Epistula ad Polycarpum 1,3; las denominadas Epistula Barnabae 5,2 y Epistula ad Diognetum 9,2, etc.). La Iglesia lo emplea en la liturgia del Viernes Santo.
«No tenía aspecto de hombre» (Is 52,14). Esta frase resume la descripción de 53,2-3 y muestra el intenso dolor reflejado en el rostro. Los detalles son tan gráficos que con razón la ascética cristiana ha visto en ellos un anticipo de la pasión de Nuestro Señor: «El profeta, al que justamente se le llama “el quinto evangelista”, presenta en este poema la imagen de los sufrimientos del Siervo con un realismo tan agudo como si lo viera con sus propios ojos: con los del cuerpo y del espíritu (...). El Poema del Siervo Doliente contiene una descripción en la que se pueden identificar, en un cierto sentido, los momentos de la Pasión de Cristo en sus diversos particulares: la detención, la humillación, las bofetadas, los salivazos, el vilipendio de la dignidad misma del prisionero, el juicio injusto, la flagelación, la coronación de espinas y el escarnio, el camino de la cruz, la crucifixión y la agonía» (Salvifici doloris, n. 17; cfr Dives in misericordia, n. 7).
La singularidad del anuncio a la que hace referencia Is 53,1 —que es citado por San Pablo para probar la necesidad de la predicación (Rm 10,16)— resalta el hecho asombroso de la aflicción del siervo. Por eso se ha entendido a veces como una manifestación más de la humildad de Cristo, que siendo de condición divina asumió la forma de siervo: «Pues Cristo es de los que tienen sentimientos humildes, no de los que se ensalzan sobre su rebaño. El cetro de la grandeza de Dios, el Señor Jesucristo, no vino con el alboroto de la jactancia ni de la soberbia, a pesar de que tenía poder, sino con sentimientos de humildad tal como el Espíritu Santo había hablado de Él. Pues dijo: Señor, ¿quién creyó lo que hemos oído?...» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 16,1-3).
«Tomó sobre sí nuestras enfermedades» (Is 53,4-5). Los sufrimientos del siervo no son consecuencia de una culpa personal, sino que tienen un valor de expiación vicaria. «Los sufrimientos de nuestro Salvador son nuestra medicina» (Teodoreto de Ciro, De incarnatione Domini 28). Él ha sufrido por los pecados de todo el pueblo sin ser culpable de ellos. Asumiendo la pena, expiaba también la culpa. San Mateo, tras relatar varios milagros de curaciones y exorcismos, ve cumplidas en Cristo las palabras del v. 4a (Mt 8,17). Entiende que Jesucristo es el Siervo anunciado por el profeta que viene a curar los dolores físicos de los hombres como señal de que cura la causa de todos los males que es el pecado (v. 5). Los milagros de Jesús con los enfermos son por tanto una señal de Redención: «Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cfr Ef 1,7; Col 1,13-14; 1 P 1,18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 517).

lunes, 7 de abril de 2014

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo (Mt 26,14 – 27,66)

Domingo de Ramos – A. Evangelio
27,33 Llegaron al lugar llamado Gólgota, es decir, «lugar de la Calavera». 34 Y le dieron a beber vino mezclado con hiel; y lo probó pero no quiso beber. 35 Después de crucificarlo, se repartieron sus ropas echando suertes. 36 Y allí, sentados, le custodiaban. 37 Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: «Éste es Jesús, el Rey de los Judíos». 38 Luego fueron crucificados con él dos ladrones: uno a la derecha y otro a la izquierda.
27,50 Jesús, dando de nuevo una fuerte voz, entregó el espíritu.

51 Y en esto el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo y la tierra tembló y las piedras se partieron; 52 se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de los santos, que habían muerto, resucitaron.

Los sucesos de la pasión de Nuestro Señor quedaron muy grabados en la memoria de sus discípulos: así se percibe en los discursos de los Apóstoles según el libro de los Hechos y en la intensidad de la narración de los cuatro evangelios. San Mateo pone de relieve dos cosas: la grandeza de Jesús ante la perfidia de sus acusadores, y el motivo por el cual sufrió todas esas afrentas: lo hizo porque Él es el Siervo doliente, anunciado por los profetas, que cargó sobre sí nuestros pecados. Los designios de Dios se cumplen en la muerte de Jesús, pero también en su resurrección. Con ella y con el mandato apostólico se inicia una nueva etapa: Jesús resucitado permanece en la Iglesia, las puertas del Cielo se han abierto y hemos de anunciar este mensaje de salvación a todos los hombres.
La pasión de Cristo es el momento de su vida más minuciosamente narrado por los cuatro evangelistas. No es de extrañar porque constituye el punto culminante de su existencia humana y de la obra de la Redención, en cuanto que es el sacrificio expiatorio que Él mismo ofrece a Dios Padre por nuestros pecados. A su vez, los sufrimientos tan tremendos de Nuestro Señor ponen de relieve, de la manera más expresiva, su amor a todos y cada uno de nosotros: «En la pasión de Cristo encontramos remedio para todos los males en los que incurrimos por nuestros pecados. Pero no es menor su utilidad como ejemplo, pues la pasión de Cristo es suficiente para dar forma perfecta a la vida cristiana. Quien desee alcanzar la perfección no tiene sino despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Él apeteció. En la cruz se dan ejemplos de todas las virtudes. Si buscas un ejemplo de amor: nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si Él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por Él. (...) Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: Él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir. Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a Aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: si por la desobediencia de uno —es decir, de Adán— todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos» (Sto. Tomás de Aquino, Expositio in Credum 4,919).
26,14-25. La Pascua (v. 17) era la fiesta nacional israelita por excelencia. Se celebraba en memoria de la liberación de la esclavitud en Egipto (cfr Ex 12). Los ritos prescritos por Moisés consistían en la inmolación de un cordero sin defecto al que no se debía romper ningún hueso, y que debía comerse por entero, y en una comida de acción de gracias. En tiempos del Señor el sacrificio se realizaba en el Templo de Jerusalén, mientras la comida tenía lugar en las casas donde se reunía toda la familia. Los Ácimos son los panes sin levadura que debían comerse durante siete días, en recuerdo del pan sin fermentar que los israelitas tuvieron que tomar al salir apresuradamente de Egipto (cfr Ex 12,34). En aquel tiempo la cena pascual se celebraba el primer día de los Ácimos.
Marcos y Lucas se detienen, más que Mateo, en la descripción pormenorizada de las acciones preparatorias de la cena pascual. Mateo recuerda que Jesús sabía (v. 25) que Judas le había traicionado, pero eso no le detiene en su misión: «Mi tiempo está cerca» dice al dueño de la casa (v. 18). «Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 607).
26,26-29. Los gestos y palabras de Jesús en la Última Cena tuvieron especial densidad de significado. También en el relato de la institución de la Eucaristía, los evangelistas se fijaron en algún aspecto más que en otros (cfr Mc 14,22-25 y Lc 22,7-20). San Mateo es el único en recordar las palabras de Jesús sobre el carácter de expiación por los pecados que tendrá su muerte (v. 28). Las palabras del Señor vienen a dar plenitud al designio salvador de Dios. «Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la ­esclavitud del pecado (...). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 601).
En esta breve escena se contienen las verdades fundamentales de la fe en el sublime misterio de la Eucaristía: «Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 47).
En primer lugar, estamos ante la institución del Sacramento y la presencia real de Jesucristo. Al pronunciar las palabras: «Esto es mi Cuerpo..., ésta es mi Sangre...», lo que no era más que pan ácimo y vino de vid, pasa a ser —por las palabras y la voluntad de Jesucristo— su Cuerpo y su Sangre. Sus palabras no admiten interpretaciones de carácter simbólico ni explicaciones que oscurezcan la misteriosa verdad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía: sólo cabe ante ellas la respuesta humilde de la fe que siempre mantuvo la Iglesia Católica: «La perpetua instrucción impartida por la Iglesia a los catecúmenos y el sentido del pueblo cristiano, la doctrina definida por el Concilio de Trento y las mismas palabras de Cristo al instituir la Santísima Eucaristía, nos exigen profesar que la Eucaristía es la carne de Nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados y al que el Padre, por su bondad, ha resucitado. A estas palabras de San Ignacio de Antioquía, nos agrada añadir las de Teodoro de Mopsuestia, fiel testigo en esta materia de la fe de la Iglesia, cuando decía al pueblo: Porque el Señor no dijo: esto es un símbolo de mi cuerpo, y esto es un símbolo de mi sangre, sino: esto es mi cuerpo y mi sangre» (Pablo VI, Mysterium fidei, n. 5). La doctrina cristiana confiesa también que este sacramento no sólo tiene virtud de santificar sino que contiene al propio Autor de la Santidad; fue instituido por Jesús para que fuera alimento espiritual del alma. Por él se nos perdonan los pecados veniales y se nos dan fuerzas para no caer en los mortales: nos une con Dios de tal manera que es una prenda de la gloria futura.
Además, al instituir la Eucaristía, el Señor mandó que se repitiera hasta el fin de los tiempos (cfr Lc 22,19; 1 Co 11,24-25, y notas) dando a los Apóstoles el poder de realizarlo. Así pues, según este pasaje, completado por los relatos de San Pablo y San Lucas en los lugares citados, Cristo instituyó también el sacerdocio, concediendo a los Apóstoles el poder de consagrar, que éstos transmitieron a sus sucesores.
Finalmente, en la Última Cena, Cristo adelantó, de modo incruento, su próxima pasión y muerte. Cada Misa que se celebra desde entonces renueva el Sa­crificio del Salvador en la Cruz, pues la Santa Misa «no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima propiciatoria» (Pío XII, Mediator Dei).
La expresión «que es derramada por muchos...» (v. 28) equivale a «que es derramada por todos». Se cumple así la profecía de Is 53,11-12.
26,30-35. En la celebración de la Pascua se recitaban los Salmos 113-118. A esto se alude con las palabras: «Después de recitar el himno» (v. 30). Luego, antes de la gran prueba, Jesús previene a sus discípulos, y en especial a Pedro: se escandalizarán (v. 31). Ellos han confesado que Jesús es el Mesías (16,13-20), pero no han sabido entender que su mesianismo es el del Siervo sufriente (16,21-23). Ahora los hechos les van a forzar a hacerlo. Aun así, se resisten a aceptarlo. Pedro, generoso, asegura que nunca negará a Jesús (vv. 33-35); pero débil, lo hará: «De ahí aprendemos una gran verdad, y es que no basta la voluntad del hombre, si no nos asiste la ayuda de lo alto» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 82,4).
26,36-46. Los tres sinópticos contrastan la dramática oración de Jesús con la impotencia de sus discípulos para acompañarle. Marcos (cfr Mc 14,32-42 y nota) lo hace con rasgos más acentuados. Mateo prefiere recordar que mediante la oración Jesucristo se identifica con la voluntad de Dios, la abraza. En efecto, el comienzo (v. 39) señala lo costoso de la aceptación del trance: «Si es posible, aleja...»; avanzada la oración, su plegaria es un rendido abandono en la voluntad del Padre: «Si no es posible..., hágase tu voluntad» (vv. 42 y 44). «Toda la pretensión de quien comienza oración —y no se os olvide esto, que importa mucho— ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias pueda a hacer su voluntad conformar con la de Dios» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 2,8).
El relato conserva la emoción de la tradición que está en su base. Ésta debía de constituir un recuerdo vivo en la comunidad cristiana primitiva, pues, por ejemplo, también Hb 5,7 alude a este sobrecogedor acontecimiento: «La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática. Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la “teología vivida” de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como “noche oscura”. Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús. (...) Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: “Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo” (Últimos Coloquios. Cuaderno amarillo, 6 de julio de 1897)» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, nn. 26-27).
26,47-56. La escena, rica en contrastes, manifiesta la grandeza del Señor. Judas, con un beso, signo de amistad y veneración, le traiciona (v. 49); en cambio, para Jesús, Judas es el amigo que no conoce siquiera su verdadera función en el drama (v. 50). Jesús es apresado a escondidas (v. 55), por un gran gentío armado (v. 47), aunque una sola petición suya al Padre echaría por tierra aquellos planes (v. 53). Los discípulos estaban aprestados para la ocasión (cfr 26,35) y uno de ellos —Pedro, según recuerda Jn 18,10— desenvaina la espada (v. 51). Pero Jesús no ofrece resistencia, se entrega porque quiere, porque su decisión de cumplir las Escrituras (vv. 54.56) es irrevocable aunque sea con la entrega de su vida (cfr 26,42): «Porque, siendo Dios, se hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente a ti, Dios, su Padre» (S. Juan Damasceno, Declaratio et expositio fidei 1).
26,57-75. Los cuatro evangelios relatan el episodio, aunque con variaciones, sobre todo entre los sinópticos y Juan. Los príncipes del pueblo, más tarde, acusarán a Jesús de alborotador y el título de la condena será haberse proclamado «Rey de los Judíos». Los evangelios sinópticos coinciden en señalar que la acusación contra Jesús se refería a sus palabras sobre el Templo (v. 61): «Las palabras destruid este Templo y yo lo reconstruiré en tres días (Jn 2,19) parecen estar en relación con aquellas otras, referidas por Mateo y Marcos, y que los falsos testigos pronuncian al final del evangelio contra nuestro Señor Jesucristo. Él hablaba del Templo de su cuerpo; éstos por el contrario, aplican sus palabras al Templo hecho de piedras» (Orígenes, Commentaria in Ioannem 10,37,251-252).
En el episodio contrastan las actitudes de Jesús y de Pedro. San Mateo presenta un relato ordenado de las afrentas que sufre Jesús. Primero es acusado falsamente (v. 59) y después se le incrimina con una frase sacada de contexto (v. 61). Frente a estas acusaciones el Señor callaba (v. 63). Su confesión mesiánica le vale la inculpación de blasfemo (v. 65), la condena a muerte (v. 66) y las burlas de los criados (vv. 67-68). En esa progresión el perjurio de Pedro (vv. 72.74) lo entiende el lector como una última afrenta. Pero, al final, Pedro llora (v. 75). Como en otras ocasiones, Pedro no se sostiene por su fortaleza, sino por su contrición: «El santo David hizo penitencia de sus mortíferos crímenes y se mantuvo en su jerarquía. El bienaventurado Pedro, cuando derramó lágrimas amargas, se arrepintió de haber negado al Señor y siguió siendo apóstol» (S. Agustín, Epistolae 185,10,45).
Sin embargo, como en tantas ocasiones, el evangelio es paradójico. La imagen que utiliza Jesús (v. 64) evoca el Juicio Final (cfr 24,30; 25,31); el que ahora es juzgado, será quien juzgará después.
27,3-10. No sabemos qué intenciones movieron a Judas para entregar a Jesús; lo cierto es que ante la condena de Jesús siente remordimiento y reconoce su pecado. Pero le faltó la esperanza del perdón y se mató (cfr Hch 1,16-20): «Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia —porque el Señor es fiel a sus promesas— y a su misericordia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2091).
La reacción de los príncipes de los sacerdotes no es menos deplorable. Se preocupan de cumplir con precisión un mandato de la Ley, no echar al tesoro del Templo el dinero proveniente de una acción inconfesable, siendo ellos mismos los incitadores de esa acción. Al comentar el pasaje, San Jerónimo (Commentarii in Matthaeum 27,6) hace notar que se hacían dignos de la acusación del Señor de colar un mosquito y tragarse un camello (cfr 23,24). El evangelista ve en la compra del Campo del Alfarero una prueba más de que Jesús es el Siervo de Dios sufriente en quien se cumplen las profecías de las Escrituras.
27,11-26. Mateo subraya el rechazo del Mesías por parte de Israel. La narración incluye varias escenas que destacan la dignidad de Jesús y la condena injusta.
Llevan «a Jesús ante el procurador» (v. 11). Judea se encontraba entonces bajo la autoridad de un procurador o prefecto. Aunque éste dependía del legado romano de Siria, tenía el ius gladii o potestad para condenar a muerte a un reo. Comienzan las acusaciones de los príncipes de los sacerdotes y la invitación de Pilato a defenderse. Pero Jesús calla (vv. 12.14); como había anunciado Isaías (Is 53,7) a propósito del Siervo doliente, «fue maltratado y él se dejó humillar, no abrió la boca; como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante sus esquiladores, no abrió su boca». Y comenta San Efrén el gesto elocuente del silencio: «Él hablaba para enseñar, pero guardó silencio ante el tribunal. (...) Las palabras de sus calumniadores eran como una corona redentora sobre su cabeza. Su silencio era tal que, callando, todos aquellos clamores hacían más hermosa la corona» (Commentarii in Diatessaron 20,16).
A continuación viene una doble exculpación de Jesús: el intento de Pilato de liberarle (v. 18) y la intercesión de la mujer de Pilato que tiene a Jesús por «justo» (v. 19). El gobernador, desde su perspectiva de hombre político, intuye que todo aquel asunto es ajeno a su competencia. Jesús es inocente (v. 18), pero los judíos están soliviantados. Y busca, cobarde, el camino de las negociaciones y de las concesiones con la praxis del indulto de gracia pascual. No da resultado; las incitaciones de los príncipes de los ­sacerdotes (v. 20) son seguidas por la multitud que pide la cruci­fixión de Jesús: «Es duro leer, en los Santos Evangelios, la pregunta de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?” —Es más penoso oír la respuesta: “¡A Barrabás!” —Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”, y he añadido “¿a Cristo?... —¡Crucifige eum! —¡Crucifícalo!”» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 296).
Se llega así a la escena central. Pilato se lava las manos, un gesto de claro significado (v. 24; cfr Dt 21,6-8). De esa manera imputa al pueblo la responsabilidad de la muerte de Jesús. La respuesta del pueblo (v. 25) ha de entenderse en sentido teológico, es decir, como rechazo al Mesías, por lo cual Dios da su viña a otro pueblo que produzca frutos dignos (cfr 21,43): «Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy. (...) No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos, como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura» (Conc. Vaticano II, Nostra aetate, n. 4).
Finalmente Jesús es flagelado y entregado (v. 26). La flagelación que sufre Jesús es la romana, llamada verberatio. Se aplicaba sólo a esclavos y soldados rebeldes. Se practicaba con el flagrum, flagelo, azote. Era tan dura que a veces causaba la muerte.
27,27-31. La cohorte romana se componía de unos 625 soldados, acuartelados en la Torre Antonia, junto al Templo. Estaba formada con mercenarios de otras regiones. Esto explica las burlas y la farsa del saludo: «Salve, Rey de los Judíos», al mismo tiempo que da un sentido al pasaje: al rechazo de los judíos, le sigue el de los gentiles. Por eso, entendemos también aquí el valor redentor universal de los sufrimientos de Cristo: «Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar de acuerdo con mi imagen tu imagen deformada» (Homilía antigua, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del Sábado Santo).
27,32-56. Los cuatro evangelios narran con mucho detalle la crucifixión y muerte del Señor. Mateo comienza con el episodio de Simón de Cirene (v. 32), aunque no anota, como Marcos, que era padre de Alejandro y de Rufo. El Gólgota o Calvario (v. 33) se encontraba por la parte de fuera de la segunda muralla de Jerusalén. Había servido de cantera, de ahí la forma aproximada de un cráneo humano.
El expolio (v. 35) es narrado por los cuatro evangelistas. El condenado a cruz perdía todos los derechos ciudadanos, era reducido a la condición de esclavo. Por eso, los verdugos podían apropiarse de todo lo que portara. Este despojo, pues, no era de suyo relevante. Sin embargo, la primitiva tradición cristiana lo conserva porque ve en él el cumplimiento de la profecía del Sal 22,19, citada en el pasaje evangélico. El título sobre la cruz (v. 37), mencionado también por los cuatro evangelios, no era un capricho del prefecto, sino un uso jurídico romano en los actos de ejecución de una sentencia capital.
Las burlas de los presentes (vv. 39-44) y las palabras de Jesús poco antes de morir (v. 46) corresponden al Sal 22,2. Con sus palabras el Señor manifiesta el sufrimiento físico y moral que padece en esos momentos. De ningún modo son una queja contra los planes de Dios. «Porque el sufrimiento no está en no sentir, que eso es de los que no tienen sentido, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino, aunque duela y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia de Dios. Que el sentir, natural es a la carne, que no es bronce; y ansí no se lo quita la razón, la cual da a cada cosa lo que demanda su naturaleza; y la parte sensible muestra que de suyo es tierna y blandísima; siendo herida, necesario es que sienta, y al sentir, se sigue el ¡ay!» (Fray Luis de León, Exposición del libro de Job 3). En la agonía del Huerto (cfr nota a 26,36-46) Jesucristo había experimentado como un anticipo del dolor y abandono de este momento. Dentro del misterio de Jesucristo Dios-Hombre, hay que contemplar cómo su Humanidad —alma y cuerpo— sufre sin la atenuación que podría darle su divinidad.
Probablemente las palabras del Señor en la cruz —«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (v. 46)— hicieron comprender más tarde a sus discípulos que en su crucifixión y muerte se cumplían plenamente las Escrituras (cfr nota a Mc 15,21-41). Por eso el texto está repleto de alusiones a pasajes del Antiguo Testamento (Sal 22; 69; etc.), en los que se anunciaba que el sufrimiento de un hombre justo conducía a la alabanza del nombre de Dios por parte de todas las gentes: «La muerte del Salvador fue riguroso holocausto que Él mismo ofrendó al Padre para nuestra redención; aunque los dolores y padecimientos de su pasión fueron tan graves y fuertes que cualquier otro mortal hubiera sucumbido a ellos, a Jesús no le hubieran dado muerte de no haberlo Él consentido, y si el fuego de su infinito amor no hubiera consumido su vida. Él fue, pues, santificador de sí mismo; se ofreció al Padre y se inmoló en el amor» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 10,17).
El desgarramiento del velo del Templo (v. 51) significa que todos los hombres tienen abierto el camino hacia Dios Padre (cfr Hb 9,1-10;10,20) y que ha comenzado la vigencia de la Nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo.
Los demás hechos portentosos de ­carácter cósmico que acompañan a la muerte de Jesús (vv. 45.51-53) son señales que se entienden como respuesta de Dios a las acciones de los hombres. No moría un hombre más, sino el Hijo de Dios en su Humanidad. Estos acontecimientos evocan oráculos del Antiguo Testamento (Am 8,9; Is 2,10; Ez 32,7; Dn 12,2) en los que se anunciaba el día del Señor con la resurrección y la retribución final. Los vv. 52-53 son difíciles de explicar. Los grandes escritores eclesiás­ticos han propuesto tres posibles interpretaciones: 1) se trataría, más que de ­resurrecciones en sentido estricto, de apariciones de estos difuntos; 2) serían muertos que resucitaron a la manera de Lázaro para volver a morir; 3) habrían resucitado con resurrección gloriosa como anticipo de la resurrección universal. San Jerónimo, San Agustín y Santo Tomás de Aquino (cfr Summa theologiae 3,53,3) prefieren la segunda interpretación: piensan que esas resurrecciones se refieren a muertos que volvieron a morir. Dentro de la dificultad para interpretar su sentido, lo que enseña el pasaje es que, con su muerte, Jesús vence a la misma muerte. Esto es lo que confiesa la Iglesia cuando profesa el descenso de Cristo a los infiernos: «La Escritura llama infiernos, sheol o hades, a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (...). Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633). Cfr nota a 1 P 3,18-22.
La presencia de las santas mujeres junto a Cristo en la cruz (vv. 55-56) es ejemplo de reciedumbre para todos los cristianos. «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé!— Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 982).
La meditación de la pasión del Señor ha hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Pocas cosas hay más provechosas para un cristiano que contemplar despacio, con piedad y con asombro, los acontecimientos salvadores de la muerte del Hijo de Dios hecho hombre. Los santos se han preguntado cómo pudo vivir Jesús esos momentos. Santa Catalina de Siena recoge esta locución de Dios Padre a propósito de cómo pueden convivir dolor y alegría, sufrimiento y gozo: «El alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente» (Diálogo de la Divina Providencia 78).
27,57-66. La legislación judía prescribía que el cuerpo de los ejecutados y colgados fuera enterrado antes de terminar el día, porque un colgado es una maldición de Dios y su cadáver mancha la tierra (Dt 21,22-23). En el caso de Jesús se añadía la coincidencia de que se había ejecutado en la víspera del sábado. Además es posible que ese sábado fuera la Pascua según el calendario saduceo. Todo ello explica la prisa de las autoridades judías en la petición a Pilato. «Parasceve», palabra griega, significa «preparación» (cfr Lc 23,54). Se denominaba así el día en que se preparaba lo necesario para el sábado, jornada en la que no se podía trabajar por estar consagrada a Dios. El término también se podía referir al día anterior a una gran fiesta de carácter sabático, como por ejemplo la Pascua (cfr Jn 19,14).
«En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Co 15,3), sino también que “gustase de la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 624). San Mateo, con unas indicaciones —el sepulcro nuevo y la gran piedra (v. 60), el sello y la guardia (v. 66)— señala la verdadera muerte de Cristo y lo infundado de una calumnia que se divulgó en aquel tiempo (cfr 28,15).