jueves, 26 de febrero de 2015

La Transfiguración (Mc 9,2-10)

 2º domingo de Cuaresma –B. Evangelio
2 Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos. 3 Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. 4 Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. 5 Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús:
—Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
6 Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. 7 Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube:
—Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle.
8 Y luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie: sólo a Jesús con ellos.
9 Mientras bajaban del monte les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. 10 Ellos retuvieron estas palabras, discutiendo entre sí qué era lo de resucitar de entre los muertos.
El Señor, transfigurándose ante sus discípulos —ante los tres predilectos, que iban a ser testigos de su agonía (14,33)—, ofrece el contrapunto, o, mejor aún, un anticipo del resultado de su pasión: la resurrección y la glorificación. Éste es también el sentido de la vida del cristiano, que debe aprender que «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros» (Rm 8,18).
Marcos subraya de diversas maneras la dificultad de los discípulos para entender el camino del Señor (vv. 9-10). De igual modo, el evangelista apunta a propósito de Pedro —que quiere anticipar la gloria sin pasar por la cruz—, que «no sabía lo que decía» (v. 6): «Pedro no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Ahora, no obstante, dice: “Desciende a trabajar a la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra”. Descendió la vida para encontrar la muerte; bajó el pan para sentir hambre; bajó el camino para cansarse en el camino, descendió el manantial para tener sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?» (S. Agustín, Sermones 78,6; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 556).
En la Transfiguración se revela la verdad entera de Jesús. Es el Hijo Único de Dios, «el Hijo Amado», que para salvarnos se «anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo» (Flp 2,7), renunció voluntariamente a la gloria divina y se encarnó con carne pasible, haciéndose semejante a nosotros en todo excepto en el pecado. Las palabras que vienen desde la nube, semejantes al comienzo del primer Canto del Siervo del Señor del profeta Isaías (Is 42,1) y a las del Bautismo de Jesús (1,11; Mt 3,17; Lc 3,22), señalan precisamente eso: que Jesús es el Hijo de Dios que cumple la misión salvadora del Siervo del Señor. El mandato, «escuchadle», proclama la autoridad de Jesús: sus enseñanzas, sus preceptos, tienen la potestad del mismo Dios: «Éste es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Ellos son siervos, Éste es Hijo. Éste es mi Hijo, es decir, de mi naturaleza, de mi substancia, Hijo que permanece en Mí y que es totalmente lo que soy Yo. Éste es mi Hijo amadísimo. También aquéllos son amados, pero Éste es amadísimo: a Éste, por tanto, escuchadle. Aquéllos lo anuncian, pero vosotros tenéis que escuchar a Éste. Él es el Señor, aquéllos son siervos como vosotros. Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como vosotros. Él es el Señor, escuchadle» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 6).

Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rm 8,31b-34)


2º domingo de Cuaresma – B. 2ª lectura
31b Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? 33 ¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? 34 ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros?
Estos versículos expresan una de las declaraciones más elocuentes de Pablo: la fuerza omnipotente de Aquel que ama a la criatura humana, hasta el punto de entregar a la muerte a su propio Hijo Unigénito, hará que salgamos victoriosos de los ataques y padecimientos. Los cristianos, con tal de que queramos acoger los beneficios divinos, podemos tener la certeza de alcanzar la salvación, porque Dios no dejará de darnos las gracias necesarias. Nada de lo que nos pueda ocurrir podrá apartarnos del Señor: ni temor de la muerte, ni amor de la vida, ni príncipes de los demonios, ni potestades del mundo, ni tormentos que nos hacen sufrir....

El sacrificio de Abrahán (Gn 22, 1-2.9-13.15-18)

2º domingo de Cuaresma – B. 1ª lectura
1 Después de estos sucesos, Dios puso a prueba a Abrahán. Y le llamó:
—¡Abrahán!
Éste respondió:
—Aquí estoy.
2 Entonces le dijo:
—Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú amas, a Isaac, y vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré.
9 Llegaron al lugar que Dios le había dicho; construyó allí Abrahán el altar y colocó la leña; luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar encima de la leña. 10 Abrahán alargó la mano y empuñó el cuchillo para inmolar a su hijo. 11 Pero entonces el ángel del Señor le llamó desde el cielo:
—¡Abrahán, Abrahán!
Él contestó:
—Aquí estoy.
12 Y Dios le dijo:
—No extiendas tu mano hacia el muchacho ni le hagas nada, pues ahora he comprobado que temes a Dios y no me has negado a tu hijo, a tu único hijo.
13 Abrahán levantó la vista y vio detrás un carnero enredado en la maleza por los cuernos. Fue Abrahán, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en vez de su hijo.
15 El ángel del Señor llamó por segunda vez a Abrahán desde el cielo 16 y le dijo:
—Juro por mí mismo, oráculo del Señor, que por haber hecho una cosa así, y no haberme negado a tu hijo, a tu único hijo, 17 te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena de las playas; y tu descendencia se adueñará de las ciudades de sus enemigos. 18 En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra porque has obedecido mi voz.
Dios ha sido fiel a su promesa concediendo a Abrahán un hijo de Sara. Ahora es Abrahán quien debe mostrar su fidelidad a Dios, estando dispuesto a sacrificar al hijo, como reconocimiento de que éste pertenece a Dios. El mandato divino parece un contrasentido: Abrahán ya había perdido a Ismael al marchar Agar de su lado; ahora se le pide la inmolación del hijo que le queda. Desprenderse del hijo significaba desprenderse incluso del cumplimiento de la promesa que veía realizado en Isaac. A pesar de todo, Abrahán obedece.
«Como última purificación de su fe se le pide al “que había recibido las promesas” (Hb 11,17) que sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio” (Gn 22,8), “pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos” (Hb 11,19). Así, el padre de los creyentes se hace semejante al Padre que no perdonará a su Hijo, sino que lo entregará por todos nosotros (cfr Rm 8,32). La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios y le hace participar en la potencia del amor de Dios que salva a la multitud (cfr Rm 4,16-21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2572).
A Dios le basta ver la intención sincera de Abrahán de cumplir lo que se le pedía (v. 12). Con ello es ya como si lo hubiera realizado. «El patriarca —destaca San Juan Crisóstomo— se hizo sacerdote del niño y, ciertamente, con el propósito ensangrentó su derecha y ofreció el sacrificio. Pero por la inefable misericordia de Dios, volvió habiendo recibido al hijo sano y salvo; se le atribuye (el sacrificio) a causa de la voluntad, fue rescatado (el hijo) con una fúlgida corona, luchó el combate decisivo, y manifestó en todo la piedad de su intención» (Homiliae in Genesim 48,1).
Haciendo una comparación implícita entre Isaac y Jesucristo, San Pablo ve la culminación del amor de Dios en la muerte de Cristo, cuando escribe: «El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas?» (Rm 8,32). Si el detener la mano de Abrahán representaba ya una manifestación del amor de Dios, mayor aún es esa manifestación cuando permite la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio por todos los hombres. Entonces, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,8), «el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 95).
También en aquel carnero (v.13) vieron algunos Padres de la Iglesia una representación anticipada de Jesucristo, en cuanto que, como Cristo, aquel cordero fue inmolado para salvar al hombre. En este sentido escribía San Ambrosio: «¿A quién representa el carnero, sino a aquél de quien está escrito: “Exaltó el cuerno de su pueblo” (Sal 148,14)? (...) Cristo: Él es a quien vio Abrahán en aquel sacrificio, y su pasión lo que contempló. Así pues el mismo Señor dijo de él: “Abrahán quiso ver mi día, lo vio y se alegró” (cfr Jn 8,56). Por eso dice la Escritura: “Abrahán llamó a aquel lugar, El Señor provee”, para que hoy pueda decirse: el Señor se apareció en el monte, es decir, que se apareció a Abrahán revelando su futura pasión en su cuerpo, por la que redimió al mundo; y mostrando, al mismo tiempo, el género de su pasión cuando le hizo ver al cordero suspendido por los cuernos. Aquella zarza significa el patíbulo de la cruz» (De Abraham 1,8,77-78).
Abrahán tras superar la prueba a la que Dios le somete, alcanza la perfección (cfr St 2,21) y está en condiciones de que Dios reafirme sobre él, de manera solemne, la promesa que ya le había hecho antes (cfr Gn 12,3).
La escena del sacrificio de Isaac presenta unos rasgos peculiares que la constituyen en modelo anticipado del sacrificio redentor de Cristo. En efecto, aparece el padre que entrega al hijo; el hijo que se entrega voluntariamente a la muerte secundando el querer del padre; y los instrumentos del sacrificio como la leña, el cuchillo y el altar. El relato culmina además señalando que por la obedien­cia de Abrahán y la no resistencia de Isaac al sacrificio, la bendición de Dios llegará a todas las naciones de la tierra (cfr v. 18). No es pues extraño que la tradición judía atribuyese un cierto valor redentor al sometimiento de Isaac, y que los Santos Padres hayan visto ahí prefigurada la Pasión de Cristo, el Hijo Único del Padre.

martes, 24 de febrero de 2015

Jesús ha resucitado (Mc 16,1-7)



Vigilia Pascual – B
1 Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. 2 Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol. 3 Y se decían unas a otras:
—¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
4 Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de que era muy grande. 5 Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. 6 Él les dice:
—No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. 7 Pero marchaos y decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como os dijo.
La primera predicación de los Apóstoles (cfr Hch 2,22-32; 3,13-15; etc.) recordaba que «Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras» (1 Co 15,3-4). Marcos ha subrayado (cfr 15,44-45) la muerte real del Señor y recoge ahora la verdad de la resurrección. «Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado» (v. 6), dice el joven. El mismo nombre escrito en el título de la Cruz es proclamado ahora para anunciar el triunfo glorioso de su resurrección. De esta forma San Marcos da explícito testimonio de la identidad del crucificado y el resucitado.
La resurrección gloriosa de Jesucristo es el misterio central de nuestra fe —«Si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe» (1 Co 15,14)— y fundamento de nuestra esperanza (1 Co 15,20-22). La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado, el dolor y el poder del demonio. Ciertamente, como afirma San Agustín, «en ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (Enarrationes in Psalmos 88,2,5); sin embargo, esta misma fe confiesa que «Cristo resucitó con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24,39); pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él “todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc. de Letrán IV, cap 1), pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria” (Flp 3,21), en “cuerpo espiritual” (1 Co 15,44)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 999).
En el anuncio del joven del sepulcro se contienen además (cfr v. 7) unas indicaciones que condensan lo que será la vida de la Iglesia naciente: los discípulos, y especialmente Pedro, deben ser testigos de la resurrección y de su significado. Esa misión se inicia en Galilea. La región que en la vida terrena de Cristo era el lugar de encrucijada entre judíos y paganos se convierte ahora en signo de la misión universal de la Iglesia. Y «la Iglesia, pues, diseminada por el mundo entero guarda diligentemente la predicación y la fe recibida, habitando como en una única casa; y su fe es igual en todas partes, como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y transmite, lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca» (S. Ireneo, Adversus haereses 1,10,2).
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, este primer día después del sábado es llamado día del Señor, porque «después de la tristeza del sábado, resplandece un día feliz, el primero entre todos, (...) ya que en él se realiza el triunfo de Cristo resucitado» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum, ad loc.). Por eso, «los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 18). Si en el domingo se conmemora la salvación, se entiende la enseñanza de la Iglesia: «El deber de santificar el domingo, sobre todo con la participación en la Eucaristía y con un descanso lleno de alegría cristiana y de fraternidad, se comprende bien si se tienen presentes las múltiples dimensiones de ese día» (ibidem, n. 7).