domingo, 29 de marzo de 2015

Los amó hasta el fin (Jn 13,1-15)

Jueves Santo. Cena del Señor – Evangelio
1 La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. 2 Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, 3 como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, 4 se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. 5 Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura.
6 Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:
—Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?
7 —Lo que yo hago no lo entiendes ahora —respondió Jesús—. Lo comprenderás después.
8 Le dijo Pedro:
—No me lavarás los pies jamás.
—Si no te lavo, no tendrás parte conmigo —le respondió Jesús.
9 Simón Pedro le replicó:
—Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
10 Jesús le dijo:
—El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos 11 —como sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
12 Después de lavarles los pies se puso la túnica, se recostó a la mesa de nuevo y les dijo:
—¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. 14 Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. 15 Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros.
El capítulo comienza señalando la importancia del momento. La Pascua, que conmemoraba la liberación de la esclavitud del pueblo hebreo de la opresión del Faraón, era figura de la obra que Jesucristo venía a realizar: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la cruz. La Pascua, explica San Beda, «en sentido místico significa que el Señor habría de pasar de este mundo al Padre, y que siguiendo su ejemplo, los fieles, desechados los deseos temporales y la servidumbre de los vicios por el continuo ejercicio de las virtudes, deben pasar a la patria celeste prometida» (In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).
Jesús sabía cuanto iba a ocurrir y que su muerte y resurrección eran inminentes (cfr 18,4); por eso, sus palabras adquieren un tono especial de confidencia y amor hacia aquellos que dejaba en el mundo: «El mismo Señor quiso dar a aquella reunión tal plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal conmoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de actos y de preceptos, que nunca terminaremos de meditarlos y explorarlos. Es una cena testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Se echa encima la muerte, con inauditos presagios de traición, de abandono, de inmolación; la conversación se apaga enseguida, mientras la palabra de Jesús fluye continua, nueva, extremadamente dulce, tensa en confidencias supremas, cerniéndose así entre la vida y la muerte» (Pablo VI, Homilía Jueves Santo, 27-III-1975).
Lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en la frase «los amó hasta el fin» (v. 1). Indica la intensidad del amor de Cristo que llega hasta dar su vida. Es más, ese amor no termina con su muerte porque Él vive, y desde su resurrección gloriosa nos sigue amando infinitamente. «El “amor hasta el extremo” (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (...). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 616).
En el lavatorio de los pies, el Señor se humilla realizando una tarea propia de los esclavos de la casa. El pasaje recuerda el himno de la Carta a los Filipenses: «Cristo Jesús... siendo de condición divina... se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo...» (Flp 2,6-7). Lavar los pies a sus discípulos tenía un profundo significado que San Pedro no podía entender entonces. Jesús, mediante aquel gesto, expresaba de modo sencillo y simbólico que no había «venido a ser servido, sino a servir», y que su servicio consistía en «dar su vida en redención de muchos» (Mc 10,45). Así da a entender a los Apóstoles, y en ellos a todos los que después formarían la Iglesia, que el servicio humilde a los demás hace al discípulo semejante al Maestro. «Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente “reinar” sólo “sirviendo”, a la vez, el “servir” exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el “reinar”» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 21).

Institución de la Eucaristía (1 Co 11,23-26)

Jueves Santo. Cena del Señor –  2ª lectura
23 Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, 24 y dando gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía». 25 Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía». 26 Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.
En la doctrina sobre la Eucaristía que aquí transmite San Pablo emerge la importancia de la Tradición apostólica (v. 23). Junto con los textos de Mt, Mc y Lc, los vv. 23-25 constituyen el cuarto relato de la institución de la Eucaristía que conserva el Nuevo Testamento. El texto contiene los puntos fundamentales de la fe cristiana sobre el misterio eucarístico: institución de este sacramento por Jesucristo, presencia real del Señor, institución del sacerdocio cristiano, y carácter sacrificial de la Eucaristía.
«Haced esto en conmemoración mía». Este mandato indica que la Eucaristía es recuerdo, renovación y actualización del sacrificio pascual del Calvario. La Iglesia ha visto en estas palabras la institución del sacerdocio cristiano: El Señor en la Última Cena «ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entrego, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó —con las palabras: Haced esto en conmemoración mía— que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia» (Conc. de Trento, De SS. Missae sacrificio, cap. 1; cfr can. 2).

El cordero pascual (Ex 12,1-8.11-14)

Jueves Santo. Cena del Señor – 1ª lectura
1 El Señor habló a Moisés y a Aarón en el país de Egipto, diciendo:
2 —Este mes será para vosotros el comienzo de los meses; será el primero de los meses del año. 3 Hablad a toda la comunidad de Israel diciendo: «El día diez de este mes tomará cada uno un cordero por familia, uno por casa. 4 Si la familia es demasiado pequeña para consumirlo, se unirá con su vecino más próximo hasta completar el número de personas suficiente para comer la res entera. 5 Ha de ser un animal sin defecto, macho, de un año, escogido de entre los corderos o cabritos. 6 Lo guardaréis hasta el día catorce de este mes y toda la asamblea de la comunidad de Israel lo inmolará entre dos luces. 7 Luego tomarán la sangre y untarán las dos jambas y el dintel de las casas donde se va a comer. 8 Comerán la carne esa misma noche; la comerán asada al fuego, con panes ácimos y hierbas amargas.
11 »Lo habéis de comer así: ceñidas vuestras cinturas, las sandalias en los pies, y el bastón en vuestras manos; lo comeréis deprisa: pues es la Pascua del Señor. 12 Esta noche pasaré por el país de Egipto y heriré a todo primogénito del país de Egipto, tanto de hombres como de animales; y haré justicia sobre los dioses de Egipto. Yo, el Señor. 13 La sangre será vuestra señal sobre las casas donde estéis; cuando yo vea la sangre pasaré de largo sobre vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto. 14 Este día será para vosotros memorable y lo celebraréis como fiesta del Señor; lo celebraréis como institución perpetua de generación en generación.
El acontecimiento de la liberación de la esclavitud de Egipto es tan importante que va a marcar el inicio del cómputo del tiempo (v.2). En la historia de Israel aparecen dos tipos de calendario, ambos lunares: uno que comienza el año en otoño, después de la fiesta de las Semanas (cfr 23,16; 34,22), y otro que lo comienza en primavera, entre marzo y abril. Probablemente este segundo calendario prevaleció por mucho tiempo, pues sabemos que el primer mes, llamado Abib (primavera) (cfr 13,4; 23,18; 34,18), en la época post-exílica (a partir del siglo VI a.C.) se le denomina con el nombre babilónico de Nisán (Ne 2,1; Est 3,7). De todas maneras, señalar este mes como el primero es un modo de dar realce al acontecimiento que se va a conmemorar.
En este discurso del Señor están contenidas una serie de normas para ce­lebrar la Pascua y los acontecimientos que en ella se conmemoran; viene a ser un texto catequético-litúrgico que resume de modo admirable el sentido profundo de aquella fiesta.
En su origen, los ritos de la Pascua están en relación con una fiesta de pastores, que en primavera, cuando nacen los corderos y se inicia la trashumancia hacia los pastos de verano, ofrecían el sacrificio de una res recién nacida, y con su sangre realizaban un rito especial para impetrar la preservación y fecundidad de los rebaños. Sin embargo, esos ritos, al ser asumidos en la fiesta de la Pascua, adquieren una significación muy profunda y se cargan de sentido salvífico.
Así, «la comunidad» (v. 3) comprende a todos los israelitas organizados como comunidad religiosa para conmemorar el acontecimiento de mayor relieve de su historia, la liberación de la esclavitud.
La víctima será una res de ganado menor, sin defecto (v. 5) puesto que ha de ofrecerse a Dios. Untar las jambas y el dintel de la puerta con la sangre de la víctima (vv. 7.13) es parte esencial del rito y significa protección ante los peligros. El carácter sacrificial de la Pascua es esencial desde su origen.
El banquete (v. 11) es también im­prescindible y el modo de llevarlo a cabo es muy apropiado para reflejar la urgencia que imponían las circunstancias: no se condimenta por falta de tiempo (v. 9); no se añaden más alimentos que el pan y las hierbas del desierto en señal de carencia; el atuendo y postura de los participantes, de pie y con sandalias y bastón, indica que están de camino. En la conmemoración litúrgica posterior estos detalles significan el «paso» del Señor entre los suyos.
Las normas prescritas sobre la Pascua conservan reminiscencias de antiquísimos ritos nómadas del desierto, donde no había sacerdote, ni templo ni altar. Cuando los israelitas estaban ya asentados en Palestina, continuó celebrándose en familia, manteniendo siempre el ca­rácter de sa­­crificio, de banquete familiar y, muy es­pe­cialmente, de memorial de la liberación llevada a cabo por el Señor aquella noche.
La solemnidad de las palabras con las que se cierra esta lectura (v. 14) da idea de la importancia que tuvo siempre la Pascua. Si los libros históricos (Josué, Jueces, Samuel y Reyes) apenas la mencionan es porque sólo aluden a los sacrificios del templo, y la Pascua se celebró siempre en familia. Cuando faltó el templo (siglo VI a.C.) la fiesta adquirió más relieve, como está atestiguado en textos bíblicos post-exílicos (cfr Esd 6,19-22; 2 Cro 30,1-27; 35,1-19) y en textos extrabíblicos como el famoso «Papiro pascual de Elefantina» (Egipto) del siglo V a.C. En tiempos de Jesús se celebraba un sacrificio pascual solemne en el Templo y el banquete pascual en familia.
Nuestro Señor eligió el contexto de Pascua para instituir la Eucaristía: «Al celebrar la última cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio un sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa el paso final de la Iglesia en la gloria del Reino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1340).

lunes, 23 de marzo de 2015

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo (Mc 14,1 – 15,47)



Domingo de Ramos – B. Evangelio
15,22 Y le condujeron al lugar del Gólgota, que significa «lugar de la Calavera». 23 Y le daban a beber vino con mirra, pero él no lo aceptó.
24 Y le crucificaron y se repartieron sus ropas echando suertes sobre ellas para ver qué se llevaba cada uno. 25 Era la hora tercia cuando lo crucificaron. 26 Y tenía escrita la inscripción con la causa de su condena: «El Rey de los Judíos». 27 También crucificaron con él a dos ladrones: uno a su derecha y otro a su izquierda. (28)
29 Los que pasaban le injuriaban, moviendo la cabeza y diciendo:
—¡Eh! Tú que destruyes el Templo y lo edificas de nuevo en tres días, 30 sálvate a ti mismo, bajando de la cruz.
31 Del mismo modo, los príncipes de los sacerdotes se burlaban entre ellos a una con los escribas y decían:
—Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse. 32 Que el Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos.
Incluso los que estaban crucificados con él le insultaban.
33 Y cuando llegó la hora sexta, toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona. 34 Y a la hora nona exclamó Jesús con fuerte voz:
—Eloí, Eloí, ¿lemá sabacthaní? —que significa Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
35 Y algunos de los que estaban cerca, al oírlo, decían:
—Mirad, llama a Elías.
36 Uno corrió a empapar una esponja con vinagre, la sujetó a una caña y se lo daba a beber mientras decía:
—Dejad, veamos si viene Elías a bajarlo.
37 Pero Jesús, dando una gran voz, expiró.
38 Y el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo.
39 El centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo:
—En verdad este hombre era Hijo de Dios.

Estos episodios de la pasión han sido objeto frecuente de meditación por parte de los santos. Leerlos es vivirlos y extraer propósitos para nuestra vida diaria: «Imitemos su pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz. Si eres Simón Cireneo, coge tu cruz y sigue a Cristo. Si estás crucificado con Él como un ladrón, como el buen ladrón confía en tu Dios. Si por ti y por tus pecados Cristo fue tratado como un malhechor, lo fue para que tú llegaras a ser justo. Adora al que por ti fue crucificado, e, incluso si estás crucificado por tu culpa, saca provecho de tu mismo pecado y compra con la muerte tu salvación. Entra en el paraíso con Jesús y descubre de qué bienes te habías privado. Contempla la hermosura de aquel lugar y deja que, fuera, quede muerto el murmurador con sus blasfemias. Si eres José de Arimatea, reclama el cuerpo del Señor a quien lo crucificó, y haz tuya la expiación del mundo. Si eres Nicodemo, el que de noche adoraba a Dios, ven a enterrar el cuerpo, y úngelo con ungüentos. Si eres una de las dos Marías, o Salomé, o Juana, llora desde el amanecer; procura ser el primero en ver la piedra quitada, y verás también quizá a los ángeles o incluso al mismo Jesús» (S. Gregorio Nacianceno, In Sanctum Pascha 45,23-24).
14,1-11. Casi desde el inicio del ministerio público del Señor algunos escribas, príncipes de los sacerdotes, etc., buscaban «cómo perderle» (3,6). Esta decisión se ha hecho más persistente en los últimos días (11,18; 12,12). Ahora deciden prenderle «con engaño» (v. 1) y encuentran un aliado en Judas, que comienza a buscar el momento oportuno para hacerlo (v. 11). El episodio no puede dejar de ser un toque de atención para nosotros: «Hoy muchos miran con horror el crimen de Judas, como cruel y sacrílego, que vendió por dinero a su Maestro y a su Dios; y, sin embargo, no se dan cuenta de que, cuando menosprecian por intereses humanos los derechos de la caridad y de la verdad, traicionan a Dios, que es la caridad y la verdad misma» (S. Beda, Homiliae 2,43).
Entre estos dos momentos se encuadra la unción de Jesús por parte de una mujer en Betania (vv. 3-9). El evangelista subraya dos cosas: la generosidad de la mujer (v. 3) y las reacciones de los demás. El gesto de la mujer forma parte de la antigua hospitalidad oriental que honraba a los huéspedes ilustres con agua perfumada. Su delicadeza y su generosidad son interpretadas por algunos como un derroche (v. 4). También Jesús interpreta el gesto de manera distinta a la mujer (v. 8). Sin embargo, afirma enseguida que aquella no se ha equivocado y, en cambio, los hombres que la juzgan sí. En las relaciones con Dios, la generosidad no se equivoca nunca; el cálculo y la tacañería se equivocan siempre: «Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le dan; mas no se da a Sí del todo hasta que ve que nos damos del todo a Él» (Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección 48,4).
«Dondequiera que se predique el Evangelio, en todo el mundo, también lo que ella ha hecho se contará en memoria suya» (v. 9). El Evangelio es la buena noticia de la actuación maravillosa de Dios a través de las acciones y las palabras de Jesucristo; pero esa actuación comporta también el anuncio de acciones menudas, como ésta, en relación con Jesucristo: «En todas las iglesias escuchamos el elogio de esta mujer (...). El hecho no era extraordinario, ni la persona importante, ni había muchos testigos, ni el lugar era atrayente, porque no ocurrió en un teatro, sino en una casa particular (...). A pesar de todo, esta mujer tiene hoy mayor celebridad que todas las reinas y todos los reyes, y el tiempo nunca borrará el recuerdo de lo que hizo» (S. Juan Crisóstomo, Adversus Iudaeos 5,2).
14,12-21. Las indicaciones de Jesús para preparar la Pascua (vv. 13-16) y, sobre todo, el anuncio de la traición de Judas como cumplimiento de las Escrituras (vv. 18.21), muestran hasta qué punto están implicados los planes de Dios y las acciones humanas. «La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos en Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: “Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2,23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han “entregado a Jesús” (Hch 3,13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 599). Es el misterio del plan de Dios que, sin embargo, no violenta la libertad humana por la que somos responsables de nuestras acciones: «Dios creó buenos a todos los seres que hizo, pero cada uno se hace bueno o malo por su propia elección. Pues bien, si el Señor dijo: Más le valdría a ese hombre no haber nacido, no maldice su propia creación, sino la maldad que le sobrevino en virtud de la elección y negligencia propias de la criatura» (S. Juan Damasceno, De fide orthodoxa 4,21).
14,22-25. Marcos es el más sobrio de los evangelios sinópticos a la hora de narrar la institución de la Eucaristía (cfr Mt 26,26-29; Lc 22,14-20 y notas). De todas formas, a la luz de la muerte y la resurrección, el sentido sacrificial de los gestos y palabras de Jesucristo debió ser claro para los Apóstoles: «La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del “cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29) y el sacrificio de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con Él por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,28)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 613). Este sacrificio es, propiamente, el sacrificio de la cruz, en el que Cristo es a la vez ­Sacerdote y Víctima. En la Última Cena, Jesús lo anticipa de modo incruento, y en la Santa Misa se renueva, ofreciéndose, también de modo incruento, la víctima, ya inmolada en la Cruz. El Concilio de Trento lo propone así: «Si alguno dijere que en el Sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que el dársenos a comer Cristo, sea anatema» (De SS. Missae sacrificio, can. 1).
Las palabras del Señor excluyen cualquier interpretación en sentido simbólico o metafórico. Así lo ha entendido desde siempre la Iglesia: «Esto es mi cuerpo. A saber, lo que os doy ahora y que ahora tomáis vosotros. Porque el pan no solamente es figura del Cuerpo de Cristo, sino que se convierte en este mismo Cuerpo, según ha dicho el Señor: El pan que yo daré es mi propia carne (Jn 6,51). Por eso el Señor conserva las especies de pan y vino, pero convierte a éstos en la realidad de su carne y de su sangre» (Teo­filacto, Enarratio in Evangelium Marci, ad loc.).
14,26-31. En la Cena Pascual judía se cantan unas oraciones llamadas Hallel que incluyen los Salmos 113-118: la última parte se recita al final de la cena. Tras esto Jesús predice el abandono de sus discípulos, aunque les reconforta con el anuncio de la resurrección y el nuevo comienzo de la misión en Galilea. El evangelista recuerda la protesta de los Apóstoles (v. 31) y, en especial, la de Pedro (vv. 29-31). A lo largo del relato, San Marcos anotará el puntual cumplimiento del vaticinio: el abandono de los discípulos (14,50), la negación de Pedro (14,66-72) y la nueva misión desde Galilea (16,7).
Sólo Marcos trae el detalle de los dos cantos del gallo (v. 30), y la doble insistencia de Pedro (vv. 29.31) en que no le iba a traicionar. Es un indicio más de la relación del Evangelio de Marcos con la predicación de San Pedro y una muestra de la humildad del Apóstol: «Marcos cuenta con mayor precisión la flaqueza de Pedro y cómo estaba muerto de miedo; todo lo cual lo sabía él del mismo Pedro pues Marcos fue su discípulo. Hecho muy digno de admiración, que no sólo no ocultara la debilidad de su maestro, sino que por ser su discípulo lo contara más claramente que los otros evangelistas (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 85,1).
14,32-42. En la soledad del huerto de Getsemaní, la intensidad de los sentimientos por lo que va a ocurrir invade a Jesús. El evangelista nos dice que Jesús «comenzó a afligirse y a sentir angustia» (v. 33) y que los tres discípulos, desconcertados, no consiguen vencer el sueño (vv. 37.40-41). Pero Jesús se sobrepone y acude a la oración. Marcos recoge esta invocación filial (v. 36): «¡Abbá, Padre! Todo te es posible». Jesús se dirige a Dios con el mismo nombre con que los hijos se dirigían íntimamente a sus padres. Por eso, su plegaria es un acto de abandono y de confianza: «La confianza filial se prueba en la tribulación, particularmente cuando se ora pidiendo para sí o para los demás» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2734). Jesús reza y pide a sus discípulos que recen: orar es un medio imprescindible para superar las tentaciones y mantenernos fieles a Dios: «Si el Señor nos dijera solamente velad, pensaríamos que podíamos hacerlo todo nosotros mismos; pero, cuando añade orad, nos muestra que, si Él no cuida de nuestras almas en el tiempo de la tentación, en vano velarán quienes cuiden de ella (cfr Sal 127,1)» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 11,1).
Como los santos, también podemos imaginar, a través del texto, los sentimientos del Señor: «Una mole abrumadora de pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito y joven del Salvador. Sentía que la prueba era ahora ya algo inminente y que estaba a punto de volcarse sobre Él: el infiel y alevoso traidor, los enemigos enconados, las cuerdas y las cadenas, las calumnias, las blasfemias, las falsas acusaciones, las espinas y los golpes, los clavos y la cruz, las torturas horribles prolongadas durante horas. Sobre todo esto le abrumaba y dolía el espanto de los discípulos, (...) incluso el fin desgraciado del hombre que pérfidamente le traicionaba. Añadía además el inefable dolor de su Madre queridísima» (Sto. Tomás Moro, La agonía de Cristo, ad loc.).
Pero no sólo debemos mirar al Señor. Hay que mirar a nuestro alrededor. Hoy, como ayer, podemos dejarle solo mientras otros se apresuran a combatirlo: «Vuelve Cristo por tercera vez adonde están sus Apóstoles, y allí los encuentra sepultados en el sueño, a pesar del mandato que les había dado de vigilar y rezar ante el peligro que se cernía. Al mismo tiempo, Judas el traidor, se mantenía bien despierto. (...) Son muchos los que se duermen en la tarea de sembrar virtudes entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe (...), se mantienen bien despiertos» (ibidem).
14,43-52. El sobrio relato del prendimiento parece indicar que Jesús lo había esperado y no ofrece resistencia. Por eso, por encima de la traición de Judas y de la doblez de quienes van a prenderle de noche, Jesús ve en esos gestos el cumplimiento de las Escrituras (cfr Is 52,13-53,12; Sal 41,10). Sólo Marcos recoge el detalle del joven que escapó desnudo (vv. 51-52). Muchos autores han visto en él una alusión al propio evangelista. En todo caso, representa un intento fallido —al que seguirá enseguida el de Pedro— de seguir a Cristo. En la hora de la entrega, Jesús está solo. Y no podemos olvidar que el camino de Jesús es también el camino del cristiano: «Estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 301).
14,53-72. Éste es un momento central en el segundo evangelio. Los jefes del pueblo acusan a Jesús de profetizar la destrucción del Templo y su sustitución por otro (v. 58). Aunque el cargo sea falso (cfr v. 57), la condena a muerte de Jesús conduce al sacrificio de la cruz y, por tanto, al verdadero culto en el nuevo Templo: «Lejos de haber sido hostil al Templo, donde expuso lo esencial de su enseñanza, Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose con Pedro, a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia. Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres. Por eso su muerte corporal anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: “Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4,21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 586).
El episodio tiene su punto culminante en los vv. 61-62. Jesús ha callado ante las acusaciones absurdas, pero ante la pregunta inequívoca del sumo sacerdote confiesa que es el Mesías, y no sólo eso, sino que es el Mesías trascendente entrevisto por Daniel (Dn 7,13-14). Además, la expresión «Yo soy» con que contesta a Caifás puede tener una significación más profunda, pues «Yo soy» es traducción de Yhwh, el nombre propio de Dios (cfr Ex 3,14).
Después, el texto recoge con detalle las negaciones de Pedro (vv. 66-72). La tradición que ve los recuerdos del Apóstol en el origen del Evangelio de Marcos tiene en este pasaje un buen argumento. Los versículos iniciales (vv. 53-54) han presentado a los dos personajes: Jesús y Pedro. Después, el evangelista ofrece el contraste entre los dos: Jesús es acusado con falsedades, pero confiesa la verdad y por ello es condenado a muerte por el sumo sacerdote y escarnecido por los criados (vv. 55-65); a Pedro se le imputa un hecho verdadero pero niega a Jesús con la mentira y sale indemne del juicio de la criada (vv. 66-72). Se hace evidente que la grandeza de Pedro no le viene de su fortaleza sino de su contrición (v. 72; cfr Jn 21,15-19). «Lloró amargamente porque sabía amar, y bien pronto las dulzuras del amor reemplazaron en él las amarguras del dolor» (S. Agustín, Sermones 295,3). Pero el vínculo de Pedro con Cristo recogido en el segundo evangelio es más profundo: con el relato de sus debilidades, San Marcos nos recuerda que Pedro, en cuanto pecador, es también el primero que ha experimentado la salvación obrada por Jesucristo: «Dios permitió que aquel a quien había dispuesto para presidir la Iglesia tuviera miedo ante el dicho de una criada y Le negara. Sabemos con certeza que esto fue trazado por una providencia llena de piedad; para que quien había de ser pastor de toda la Iglesia, aprendiera en su culpa cómo debería él compadecerse de los otros. Por eso, primero le hizo conocerse a sí mismo, y después le puso al frente de los demás, para que con su flaqueza aprendiera cuán misericordiosamente debía soportar las debilidades de los demás» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 2,21,4).
15,1-15. Históricamente, el proceso y la muerte de Jesús debieron de ser desconcertantes para todos: para los discípulos, para la muchedumbre, etc. ¿Cómo es posible que sucediera aquello? Marcos ofrece de estos acontecimientos un relato sobrio, al hilo de las acciones de los personajes que participaron en el drama: las autoridades de Israel lo entregaron (v. 1) por envidia (v. 10), aun a costa de salvar a un homicida (vv. 6-7); la muchedumbre no es sino un altavoz de aquella irracionalidad que condena a una muerte violenta sin causa alguna (vv. 13-14); finalmente, Pilato, un indolente, que está admirado por Jesús (v. 5) y parece que quiere salvarle (v. 9), le condena por una razón que no es razón alguna: contentar a la muchedumbre (v. 15). El evangelista, al narrar estas acciones y la actitud de Jesús ante ellas, apunta a la verdadera explicación del suceso: la muerte de Jesús es consecuencia del pecado del hombre, y Jesús la acepta por amor, como expiación de ese pecado: «Jesús acude espontáneamente a la pasión que de Él estaba escrita y que más de una vez había anunciado a sus discípulos. (...) Y cuando lo acusaban no respondió, y, habiendo podido esconderse, no quiso hacerlo, por más que en otras varias ocasiones en que lo buscaban para prenderlo se esfumó. (...) También sufrió con paciencia que unos hombres doblemente serviles le pegaran en la cabeza. Fue abofeteado, escupido, injuriado, atormentado, flagelado y, finalmente, llevado a la crucifixión (...). Con todos estos sufrimientos nos procuraba la salvación. Porque todos los que se habían hecho esclavos del pecado debían sufrir el castigo de sus obras; pero Él, inmune de todo pecado, Él, que caminó hasta el fin por el camino de la justicia perfecta, sufrió el suplicio de los pecadores, borrando en la cruz el decreto de la antigua maldición» (Teodoreto de Ciro, De incarnatione Domini 26).
«Les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado» (v. 15). Expresión tan concisa como significativa. También aquí, con San Agustín, se puede percibir la paradoja que supone la condena de Jesús: «Al ladrón se le dio libertad, a Cristo se le condenó. Recibió perdón el criminal y es condenado el que perdonó los crímenes de todos los que hicieron confesión de ellos» (In Ioannis Evangelium 31,11). La palabra «entregar» viene en los cuatro evangelios (cfr Mt 27,26; Lc 23,24-25; Jn 19,16), recorre el de Marcos (9,31; 10,33; 14,21.41), todo el Nuevo Testamento, y después la enseñanza cristiana (cfr nota a 14,12-21). Parece, por tanto, que son los hombres —Pilato— los que entregan a Jesús a la muerte; pero en realidad es Dios quien lo entrega para nuestra salvación: «Tú, Señor, nos has amado y has entregado a tu único y amado Hijo para nuestra redención, que Él aceptó voluntariamente, sin repugnancia; más aún, puesto que Él mismo se ofreció, fue destinado al sacrificio como cordero inocente, porque, siendo Dios, se hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente a Ti, Dios, su Padre, hasta la muerte, y una muerte de cruz» (S. Juan Damasceno, De fide orthodoxa 50).
15,16-20. Tras el rechazo de los judíos —los príncipes (cfr 14,64) y la gente (cfr 15,11-15)—, el evangelista señala ahora el de los soldados gentiles (cfr nota a Mt 27,27-31). Dentro de la sobriedad del ­relato, el evangelista ha anotado las burlas en el palacio del sumo ­sacerdote (14,65), los azotes de Pilato (15,15), y ahora las groserías de los soldados. Éstos se burlan de la realeza de Jesús, pero «sus oprobios han borrado los nuestros, sus ligaduras nos han hecho libres, su corona de espinas nos ha conseguido la diadema del Reino, y sus heridas nos han curado» (S. Jerónimo, en Catena aurea, ad loc.).
Los soldados hacen escarnio de la rea­leza de Jesús pero, sin saberlo, le confiesan como lo que es: Rey. «Cuando lo vistieron de púrpura para burlarse de Él cumplieron lo profetizado: era Rey. Y aunque lo hicieron para burlarse de Él, consiguieron que se adaptase a Él el símbolo de la dignidad regia. Y aunque le perforaron con una corona de espinas, sin embargo fue una corona, y fue coronado por unos soldados como los reyes son proclamados por los soldados» (S. Cirilo de Jerusalén, Homilia in paralyticum 12).
15,21-41. La crucifixión era un suplicio singularmente atroz. Cicerón (Pro Rabirio 5,16) dice que es «la muerte más cruel y terrible». Sin embargo, los evangelistas no se detienen en calificativos: se interesan más en narrar el hecho y sus consecuencias para la salvación que en recordar el horror de los sucesos. La narración de Marcos recuerda puntualmente en qué momento ocurrió cada cosa: en la hora tercia, entre las nueve y las doce de la mañana, le crucificaron (v. 25), en la sexta, entre las doce y las tres, la tierra se cubrió de tinieblas (v. 33) y en la nona, de las tres a las seis de la tarde, murió (v. 34). También señala otros detalles como el de los hijos de Simón de Cirene, conocidos por los lectores del evangelio (Rm 16,13). Sin embargo, es la frase del Señor en la cruz (v. 34) la que ofrece la clave para entender lo ocurrido. «Eloí, Eloí, ¿lemá sabacthaní?» es el primer verso del salmo 22. Este salmo cuenta la historia de un justo perseguido que, sin embargo, triunfará: conseguirá que con sus sufrimientos el Señor sea alabado en toda la tierra (Sal 22,31) y se anuncie la justicia en el pueblo que está por nacer (Sal 22,28-32). Entre los oprobios que sufren el justo perseguido y Jesús están: el escarnio de la gente (Sal 22,8; v. 29), la burla por invocar a Dios (Sal 22,9; vv. 31-32.36), el reparto de las vestiduras (Sal 22,19; v. 24), etc. El triunfo de la misión de Cristo lo ve Marcos en los dos acontecimientos que siguen a la muerte del Señor: la ruptura del velo del Templo (v. 38), que simboliza la desaparición de las barreras entre el pueblo de Dios y los gentiles (cfr Sal 22,31), y la confesión de la divinidad de Jesús por parte de un gentil (v. 39), que señala cómo todas las gentes pueden confesar a Dios (cfr Sal 22,28-30). Se entiende de esta manera la paradoja que Jesús había intentado enseñar a sus discípulos: Él es el Mesías y el Hijo de Dios (cfr 1,1), pero su victoria está estrechamente ligada a la cruz. «¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella podemos admirar el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado. (...) Porque tu cruz es ahora fuente de todas las bendiciones y origen de todas las gracias: por ella, los creyentes encuentran fuerza en la debilidad, gloria en el oprobio, vida en la misma muerte» (S. León Magno, Sermo 8 de Passione Domini 7).
Como en casi todos los momentos del relato de la pasión, el evangelista pone en contraste la actitud de las diversas personas ante Jesús: los que pasan le injurian (v. 29), los príncipes de los sacerdotes y los escribas se burlan (v. 31), los malhechores crucificados con Él le insultan (v. 32); incluso un gesto que podía ser de compasión, en la pequeñez de aquellas personas, se transforma en una necia bufonada (v. 36). Frente a ellos, un soldado gentil confiesa que Jesús era Hijo de Dios (v. 39). Pero son sobre todo las mujeres las que quedan elogiadas en la escena: antes le habían seguido y le habían servido (v. 41), y ahora contemplan impotentes y anonadadas (cfr v. 40) la muerte del ser querido. No es extraño que al meditar y revivir este suceso, los autores cristianos se fijaran en ellas. San Agustín, por ejemplo, dirigiéndose figuradamente a ellas, les dice: «Mirad la belleza de vuestro amante, contempladle igual al Padre y sumiso a la voluntad de la Madre; imperando sobre los cielos y viniendo a servir a la tierra; creando todas las cosas y siendo creado entre ellas. Lo que los soberbios rieron como ilusorio, mirad qué bello es: con la luz interior de vuestra alma mirad las heridas del crucificado, la sangre del que muere, el precio de la fe y el importe de nuestro rescate. Pensad cuál será el valor de todas esas cosas; ponderadlo en la balanza de la caridad. Y todo el amor que tendríais para regalar a vuestro esposo prodigádselo a Él» (De sancta virginitate 54-55,55).
Algunos manuscritos añaden (v. 28): «Y se cumplió la escritura que dice: Fue contado entre los malhechores» (cfr Lc 22,37).
15,42-47. Tres notas subraya el evangelio a propósito de la sepultura de Jesús. En primer lugar, la actitud de José de Arimatea, miembro del Sanedrín. En los otros evangelios se nos dice que era rico (Mt 27,57), discípulo del Señor aunque oculto (Jn 19,38), bueno y justo, y que no había participado en la condena de Jesús (Lc 23,50-51). San Marcos prefiere subrayar su audacia (v. 43) al pedir a Pilato el cuerpo del Señor: «José de Arimatea y Nicodemus visitan a Jesús ocultamente a la hora normal y a la hora de triunfo. Pero son valientes declarando ante la autoridad su amor a Cristo —audacter— con audacia, a la hora de la cobardía. —Aprende» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 841).
En segundo lugar, el evangelista señala la verdadera muerte de Jesús, verificada incluso por Pilato (vv. 44-45). Frente a cualquier tipo de docetismo —que negaba la verdadera Humanidad de Cristo—, los primeros cristianos afirmaban la verdadera muerte y la verdadera resurrección del Señor: «Tapaos, pues, los oídos cuando oigáis hablar de cualquier cosa que no tenga como fundamento a Cristo Jesús, descendiente del linaje de David, hijo de María, que nació verdaderamente, que comió y bebió como hombre, que fue perseguido verdaderamente bajo Poncio Pilato y verdaderamente también fue crucificado y murió, en presencia de los moradores del cielo, de la tierra y del abismo y que resucitó verdaderamente de entre los muertos por el poder del Padre. Este mismo Dios Padre nos resucitará también a nosotros, que amamos a Jesucristo, a semejanza del mismo Jesucristo, sin el cual no tenemos la vida verdadera» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Traianos 8-9).
Finalmente, el texto menciona el sepulcro (vv. 46-47). Los judíos ricos so­lían construir los sepulcros excavados en roca en terrenos de su propiedad. Constaban de una especie de vestíbulo, que precedía al lugar de las tumbas, un pequeño habitáculo con unos bancos de piedra adosados a las paredes, sobre los cuales se depositaban los cadáveres. Además de la delicadeza de José (v. 46), el evangelista quiere subrayar que las mujeres (v. 47) observaban todo: es una manera de preparar el episodio siguiente y poner de manifiesto la identidad del crucificado con el resucitado: «El Señor, siendo Dios, se revistió de la naturaleza de hombre: sufrió por el que sufría, fue encarcelado en bien del que estaba cautivo, juzgado en lugar del culpable, sepultado por el que yacía en el sepulcro. Y, resucitando de entre los muertos, exclamó con voz potente: “¿Quién tiene algo contra mí? ¡Que se me acerque! Yo soy quien he librado al condenado, Yo quien he vivificado al muerto, Yo quien hice salir de la tumba al que ya estaba sepultado. ¿Quién peleará contra Mí? Yo soy —dice Cristo— el que venció la muerte, encadenó al enemigo, pisoteó el infierno, maniató al fuerte, llevó al hombre hasta lo más alto de los cielos; Yo, en efecto, que soy Cristo. Venid, pues, vosotros todos, los hombres que os halláis enfangados en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados”» (Melitón de Sardes, De Pascha 100-103).