lunes, 27 de abril de 2015

La vid y los sarmientos (Jn 15,1-8)

5º domingo de Pascua – B. Evangelio
1 Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. 2 Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. 3 Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. 4 Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. 6 Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. 7 Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. 8 En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.
La imagen de la vid era empleada ya en el Antiguo Testamento para significar al pueblo de Israel (Sal 80,9ss.; Is 5,1-7; cfr Mt 21,33-43). Ahora, al hablar de los sarmientos, esa imagen expresa cómo Jesús y quienes están unidos a Él forman el nuevo Israel de Dios, la Iglesia, cuya cabeza es Cristo. Hace falta estar unidos a la nueva y verdadera Vid, a Cristo, para producir fruto. No se trata ya tan sólo de pertenecer a una comunidad, sino de vivir la vida de Cristo, vida de la gracia, que es la savia vivificante que anima al creyente y le capacita para dar frutos de vida eterna. «En Él y por Él hemos sido regenerados en el Espíritu para producir fruto de vida, no de aquella vida caduca y antigua, sino de la vida nueva que se funda en su amor. Y esta vida la conservaremos si perseveramos unidos a Él y como injertados en su Persona; si seguimos fielmente los mandamientos que nos dio y procuramos conservar los grandes bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu que habita en nosotros, pues, por medio de Él, Dios mismo tiene su morada en nuestro interior» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10,2).
El Concilio Vaticano II, citando el presente pasaje de San Juan, enseña có­mo debe ser el apostolado de los cristianos: «Puesto que Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo el apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de la unión vital que tengan con Cristo. Lo afirma el Señor: El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Esta vida de unión íntima con Cristo en la Iglesia se nutre con los auxilios espirituales comunes a todos los fieles, sobre todo mediante la participación activa en la Sagrada Liturgia. Los laicos deben servirse de estos auxilios de tal forma que, al cumplir debidamente sus obligaciones en medio del mundo, en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la unión con Cristo de su vida privada, sino que crezcan intensamente en esa unión realizando sus tareas en conformidad con la Voluntad de Dios» (Apostolicam actuositatem, n. 4).
La imagen de la vid, por otra parte, ayuda a comprender la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en el que todos los miembros están íntimamente unidos con la Cabeza, y en ella, unidos también los unos con los otros (cfr 1 Co 12,12-27; Rm 12,4-5; Ef 4,15-16). Quien no está unido a Cristo por medio de la gracia tendrá, finalmente, el mismo destino que los sarmientos secos: el fuego (v. 6). Es claro el paralelismo con otras imágenes de la predicación del Señor acerca del infierno: las parábolas del árbol bueno y del malo (Mt 7,15-20), de la red barredera (Mt 13,49-50), del invitado a las bodas (Mt 22,11-14), etc.

No amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad (1 Jn 3,18-24)

5º domingo de Pascua – B. 2ª lectura
18 Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad.
19 En esto conoceremos que somos de la verdad, y en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón, 20 aunque el corazón nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo. 21 Queridísimos: si el corazón no nos acusa, tenemos plena confianza ante Dios 22 y recibiremos de Él cuanto pidamos, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que es grato a sus ojos.
23 Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, conforme al mandamiento que nos dio. 24 El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; y por esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado.
El amor fraterno se debe manifestar con obras y de verdad (v. 18) y tiene como consecuencia la confianza plena en Dios, que conoce todo (vv. 19-22). «Creo que ésta es la perla que buscaba el comerciante descrito en el Evangelio, que, al encontrarla, vendió todo lo que tenía y la compró (cfr Mt 13,46). Ésta es la perla preciosa: la caridad. Sin ella de nada te sirve todo lo que tengas; si sólo posees ésta, te basta. (...) Puedes decirme: “no he visto a Dios”; pero ¿puedes decirme: “no he visto al hombre”? Ama a tu hermano. Si amas a tu hermano que ves, también verás a Dios, porque verás la caridad y dentro de ella habita Dios» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 5,7).
Con un ejemplo muy similar al de St 2,15-16, San Juan indica en que el amor verdadero se manifiesta en obras concretas. «Obras quiere el Señor —decía Santa Teresa—, y que, si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuese menester, lo ayunes porque ella lo coma, no tanto por ella como porque sabes que tu Señor quiere aquello; ésta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieras loar mucho a una persona, te alegres más mucho que si te loasen a ti» (Moradas 5,3,11).
Los mandamientos divinos se resumen en un doble aspecto (vv. 22-24): la fe en Jesucristo y el amor a los hermanos. «Ni podemos amarnos unos a otros con rectitud sin la fe en Cristo; ni podemos creer de verdad en el nombre de Jesucristo sin amor fraterno» (S. Beda, In 1 Epistolam Sancti Ioannis, ad loc.).

La Iglesia crecía con el consuelo del Espíritu Santo (Hch 9,26-31)

5º domingo de Pascua – B. 1ª lectura
26 Cuando Pablo llegó a Jerusalén intentaba unirse a los discípulos; pero todos le temían, porque no creían que fuera discípulo. 27 Sin embargo, Bernabé se lo llevó con él, lo condujo a los apóstoles y les contó cómo en el camino había visto al Señor, y que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado abiertamente en el nombre de Jesús. 28 Entonces entraba y salía con ellos en Jerusalén, hablando claramente en el nombre del Señor. 29 Conversaba también y disputaba con los helenistas; y éstos intentaban matarle. 30 Cuando los hermanos lo supieron, lo llevaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.
31 La Iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaría. Se consolidaba y caminaba en el temor del Señor y crecía con el consuelo del Espíritu Santo.
Desde el inicio de este capítulo Lucas hace notar el vigor de la predicación de Saulo: el ardor que mostraba antes en la persecución de los cristianos (cf. Hch 9,1-2), lo renueva ahora en sus controversias con judíos, ya sean de origen palestino (v. 22), o de origen griego (v. 29). Pero del mismo modo se destaca el poder del Señor: el perseguidor (v. 21), el temido por todos (v. 26), ha sido fácilmente convertido por Dios
San Pablo narra en Ga 1,16-18 que, tras su conversión, se retiró a Arabia; después, volvió a Damasco. Entre las dos estancias pasaron casi tres años, y debió de ser en este segundo período cuando Saulo predica la divinidad de Jesús, con toda su fogosidad y ciencia, puestas ahora al servicio de Cristo (cf. Hch 9 ,20-22). Esto admiró y confundió a los judíos, quienes enseguida tomaron medidas contra él. La fuga que se narra después (vv. 23-26) la cuenta San Pablo en 2 Co 11,32-33. El que pretendía capturarle era el gobernador del rey nabateo Aretas, instigado por los judíos de la ciudad.
A continuación (vv. 26-28), se resume la primera vez que Pablo, después de su conversión, se presenta en Jerusalén. Visitó a Pedro, con quien pasó quince días (cfr Ga 1,18), para contrastar su predicación con la de los Apóstoles. Bernabé disipó el primer y lógico recelo de la primitiva comunidad ante su antiguo perseguidor.
Por segunda vez San Pablo tiene que huir para evitar su muerte (vv. 29-30). San Juan Crisóstomo explica, con ocasión de este suceso, que en la actividad apostólica hay que poner, además de la gracia, los medios humanos pertinentes: «Los discípulos temían que los judíos hicieran de Saulo un mártir, como habían hecho con San Esteban. A pesar de ese temor le envían a predicar el Evangelio a su propia patria, donde estará más ­seguro. Veis en esta conducta de los Apóstoles que Dios no lo hace todo inmediatamente con su gracia y que con frecuencia deja actuar a sus discípulos siguiendo la regla de la prudencia» (In Acta Apostolorum 21).
Tras esta primera actividad de Pablo, Lucas detiene su relato para hacer una consideración de carácter general sobre el progreso ininterrumpido de la Iglesia en su conjunto y de las diversas comunidades que han surgido con motivo de la dispersión (cfr 2,41.47; 4,4; 5,14; 6,1.7; 11,21.24; 16,5). Aunque menciona la expansión por Galilea y Judea, de Galilea no ha narrado ningún episodio, y la expansión por Judea comenzará a mostrarla ahora. En su resumen, destaca sobre todo la paz y consolación operadas por el Espíritu Santo. Es una nota de justificado optimismo y confianza en la asistencia divina.