lunes, 25 de abril de 2016

Promesa del Espíritu Santo (Jn 14,23-29)


Domingo 6º de Pascua – C. Evangelio
23 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
—Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. 24 El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. 25 Os he hablado de todo esto estando con vosotros; 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.
27 La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. 28 Habéis escuchado que os he dicho: «Me voy y vuelvo a vosotros». Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. 29 Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis.
Jesús anuncia que, tras su resurrección, enviará el Espíritu Santo a los Apóstoles, que les guiará haciéndoles recordar y comprender cuanto Él les había dicho. El Espíritu Santo es revelado así como otra Persona divina con relación a Jesús y al Padre. Con ello se anuncia ya el misterio de la Santísima Trinidad, que se revelará en plenitud con el cumplimiento de esta promesa.
Paráclito (v. 26) significa «llamado junto a uno» con el fin de acompañar, consolar, proteger, defender... De ahí que el Paráclito se traduzca por «Consolador», «Abogado», etc. Jesús habla del Espíritu Santo como de «otro Paráclito» (v. 16), porque el mismo Jesús es nuestro Abogado y Mediador en el cielo junto al Padre (cfr 1 Jn 2,1), y el Espíritu Santo será dado a los discípulos en lugar suyo cuando Él suba al cielo como Abogado o Defensor que les asista en la tierra.
El Paráclito es nuestro Consolador mientras caminamos en este mundo en medio de dificultades y bajo la tentación de la tristeza. «Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 128).
Los Apóstoles se habían mostrado extrañados (v. 22) debido a que entienden las palabras anteriores de Jesús como una manifestación reservada sólo a ellos, mientras que era creencia común entre los judíos que el Mesías se manifestaría a todo el mundo como Rey y Salvador. La respuesta de Jesús (v. 23) es en apariencia evasiva, pero en realidad, al apuntar el modo de esa manifestación, explica por qué no se manifiesta al mundo: Él se da a conocer a quien le ama y guarda sus mandamientos. Dios se había manifestado repetidas veces en el Antiguo Testamento y había prometido su presencia en medio del pueblo (cfr Ex 29,45; Ez 37,26-27; etc.). En cambio aquí nos habla Jesús de una presencia en cada persona. A esta presencia se refiere San Pablo cuando afirma que cada uno de nosotros es templo del Espíritu Santo (cfr 1 Co 6,19; 2 Co 6,16-17).
La conciencia de esta inhabitación de la Trinidad en el alma ha sido para los santos fuente de grandes consuelos: «Ha sido el hermoso sueño que ha iluminado toda mi vida, convirtiéndola en un paraíso anticipado» (B. Isabel de la Trinidad, Epistula 1906). Y San Josemaría Escrivá, meditando en la inhabitación de la Santísima Trinidad en el al­ma, renovada por la gracia, escribe: «El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas di­vinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!» (Amigos de Dios, n. 306).
El término que traducimos por «recordar» (v. 26) incluye también la idea de «sugerir»: el Espíritu Santo traerá a la memoria de los Apóstoles lo que ya habían escuchado a Jesús, pero con una luz tal, que les capacitará para descubrir la profundidad y riqueza de lo que habían visto y escuchado. Así, «los Apóstoles comunicaron a sus oyentes los dichos y los hechos de Jesús con aquella mayor comprensión que les daban los acontecimientos gloriosos de Cristo (cfr 2,22) y la enseñanza del Espíritu de la Verdad» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 18). «En efecto, el Espíritu Santo enseñó y recordó: enseñó todo aquello que Cristo no había dicho por superar nuestras fuerzas, y recordó lo que el Señor había enseñado y que, bien por la oscuridad de las cosas, bien por la torpeza de su entendimiento, ellos no habían podido conservar en la memoria» (Teofilacto, Enarratio in Evangelium Ioannis, ad loc.).
Con el don del Espíritu Santo recibimos la paz (v. 27), es decir, la reconciliación con Dios y con los demás. La paz que nos da Jesús transciende por completo la del mundo, que puede ser superficial y aparente, compatible con la injusticia. En cambio, la paz de Cristo es sobre todo reconciliación con Dios y entre los hombres, uno de los frutos del Espíritu Santo (cfr Ga 5,22-23).
Cuando Jesús dice que el Padre es mayor que Él (v. 28), está considerando su naturaleza humana; así, en cuanto hombre, Jesús va a ser glorificado ascendiendo a la derecha del Padre. Jesucristo «es igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad» (Símbolo Atanasiano).

La nueva Jerusalén (Ap 21,10-14.22-23)


Domingo 6º de Pascua – C. 2ª lectura
10 [Uno de los siete ángeles] me llevó en espíritu a un monte de gran altura y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, 11 reflejando la gloria de Dios: su luz era semejante a una piedra preciosísima, como la piedra de jaspe, transparente como el cristal. 12 Tenía una muralla de gran altura con doce puertas, y sobre las puertas doce ángeles y unos nombres escritos que son los de las doce tribus de los hijos de Israel. 13 Tres puertas al oriente, tres puertas al norte, tres puertas al sur y tres puertas al occidente. 14 La muralla de la ciudad tenía doce pilares y en ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. 22 Pero no vi templo alguno en ella, pues su templo es el Señor Dios omnipotente y el Cordero. 23 La ciudad no tiene necesidad de que la alumbren el sol ni la luna: la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero.
Se contempla ahora, como momento culminante del libro, la instauración plena del Reino de Dios: un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada —la nueva Jerusalén,  cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todo­poderoso (vv. 5-8). Esa humanidad —el Pueblo de Dios— es presentada como la Esposa del Cordero, y descrita detalladamente como una ciudad maravillosa en la que reinan Dios Padre y Cristo (21,9-22,5). La visión se asemeja a la del profeta Ezequiel cuando contemplaba la nueva Jerusalén y el futuro Templo (cfr Ez 40,1-42,20). Pero aquí se destaca que la ciudad baja del cielo, expresando así que la instauración plena, y tan anhelada, del reino mesiánico se va a realizar por el poder de Dios y conforme a su voluntad.
Los nombres de las tribus de Israel y de los Doce Apóstoles (21,12-14) expresan la continuidad entre el antiguo Pueblo elegido y la Iglesia de Cristo, y al mismo tiempo indican la novedad de la Iglesia, que se asienta sobre los Doce Apóstoles del Señor (cfr Ef 2,20). La disposición de las puertas (21,21) simboliza la universalidad de la Iglesia, a la que han de concurrir todas las gentes para alcanzar la salvación. En este sentido enseña San Agustín que «fuera de la Iglesia Católica se puede encontrar todo menos la salvación» (Sermo ad Caesariensis ecclesiae plebem 6). Sorprendentemente en ella no hay Templo (21,22), en contraste con la visión de Ezequiel, pues no habrá necesidad de un signo de la morada divina, ya que los bienaventurados verán a Dios y al Cordero cara a cara. Si el agua de la vida es símbolo del Espíritu Santo (cfr 21,6), con razón algunos Padres de la Iglesia y autores modernos ven en este pasaje una significación trinitaria: el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, representado por el río que surge del trono de Dios y del Cordero.
Este pasaje del Apocalipsis alimenta la fe y la esperanza de la Iglesia —no sólo en la generación contemporánea de Juan, sino a lo largo de toda la historia— mientras camina aún por este mundo. Así lo proclama el Concilio Vaticano II: «Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios serán resucitados en Cristo, y lo que fue sembrado en debilidad y en corrupción, se vestirá de incorruptibilidad; y, permaneciendo la caridad y sus obras, toda aquella creación que Dios hizo a causa del hombre será liberada de la servidumbre de la ­vanidad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 39).

El concilio de Jerusalén (Hch 15,1-2.22-29)


Domingo 6º de Pascua – C. 1ª lectura
1 Algunos que bajaron de Judea enseñaban a los hermanos:
—Si no os circuncidáis según la costumbre mosaica no podéis salvaros.
2 Se produjo entonces una conmoción y controversia no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos. Decidieron que Pablo y Bernabé, con algunos otros, acudieran a los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, para tratar esta cuestión.
22 Entonces les pareció bien a los apóstoles y a los presbíteros, y a toda la Iglesia, enviar a Antioquía con Pablo y Bernabé a algunos varones elegidos de entre ellos: a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, destacados entre los hermanos. 23 Con ellos les enviaron este escrito:
«Los apóstoles y presbíteros hermanos, a los hermanos de la gentilidad que viven en Antioquía, Siria y Cilicia: saludos. 24 Puesto que hemos oído que algunos salidos de entre nosotros —pero que nosotros no hemos enviado— os han desconcertado con sus palabras y os han llenado de inquietud, 25 unánimemente nos ha parecido oportuno elegir a unos hombres y enviarlos donde vosotros en compañía de nuestros queridísimos Bernabé y Pablo, 26 hombres que han entregado su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. 27 Enviamos por lo tanto a Judas y Silas, que os comunicarán de palabra estas mismas cosas; 28 porque hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las necesarias: 29 abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación. Obraréis bien al guardaros de estas cosas. Que tengáis salud».
Algunos cristianos de procedencia farisea —«algunos de los que estaban con Santiago» (Ga 2,12)— llegados a Antioquía afirman categóricamente que no es posible la salvación a quien no se circuncide y practique la Ley de Moisés. Han aceptado (cfr 11,18) que los gentiles convertidos puedan bautizarse y formar parte de la Iglesia. Pero no han entendido bien la nueva disposición evangélica, y piensan aún que es necesario abrazar primero el judaísmo, cumpliendo todos los preceptos y ritos mosaicos. Las graves afirmaciones de estos discípulos no sólo turban el ánimo de los cristianos antioquenos, sino que comprometen la propagación de la Iglesia misma. Se plantea por lo tanto la necesidad de una apelación a los Apóstoles y presbíteros, que se encuentran en Jerusalén y llevan el gobierno de la Iglesia.
El decreto apostólico (vv. 23-29) resume en breves trazos todo el asunto: el origen del problema y la solución. Es de notar que la decisión de los Apóstoles se presenta también como obra del Espíritu Santo (v. 28): «Pienso que no pueden explicarse las riquezas de estos inmensos acontecimientos —escribe Orígenes— si no es con ayuda del mismo Espíritu que fue autor de ellos» (Homiliae in Exodum 4,5). Así lo comenta un teólogo español del siglo XVI: «Nosotros debemos entrar por el mismo camino que el apóstol Pablo estimó como el más adecuado para resolver toda cuestión sobre la doctrina de la fe (...). Podrían los gentiles pedir satisfacción al concilio de Jerusalén porque parecía privarles de la libertad concedida por Jesucristo, y porque imponía sobre los discípulos determinadas ceremonias como necesarias, cuando en realidad no lo eran, ya que la fe era el elemento apto para la salvación. Tampoco los judíos objetaron, siendo así que contra la resolución del concilio podrían haber invocado la Escritura santa, que parece afirmar la necesidad de la circuncisión para salvarse. Así pues, concediendo tanto honor al concilio nos dieron a todos la norma que debía observarse en todos los tiempos posteriores; es decir, depositar nuestra fe indeclinable en la autoridad de los sínodos confirmados por Pedro y sus legítimos sucesores. Así nos ha parecido, dicen, al Espíritu Santo y a nosotros. Luego la sentencia del concilio es la mismísima del Espíritu Santo» (Melchor Cano, De locis theologicis 5,4).
Las tres abstenciones que se recomiendan (v.29) estaban establecidas en el Levítico. Eran: a) No consumir carne que había sido ofrecida a los ídolos, porque suponía para los judíos participar de alguna manera en cultos sacrílegos (Lv 17,7-9). b) Uniones irregulares (Lv 18,6ss.) —y otros atentados contra la moral sexual—, algunas de las cuales serían más tarde recibidas como impedimentos en la legislación matrimonial de la Iglesia. c) Abstinencia de la sangre y de la carne de animales sin desangrar (Lv 17,10ss.); se fundaba en la concepción de que la sangre es la expresión de la vida y como tal sólo pertenece a Dios; por ello, los judíos experimentaban hacia la consumición de sangre una repugnancia religiosa y cultural prácticamente insuperable. Estas prescripciones que debían cumplir los israelitas y los extranjeros que vivían en Israel (Lv 17,8.10.13.15), en la tradición judía, formaban parte de lo que se llamaban «mandamientos noáquicos», es decir, los mandamientos que Dios dio a Noé y a sus hijos (Gn 9,4-5) y que se consideraban la Ley para los gentiles. Sin embargo, Santiago había afirmado también que ésta es una decisión prudencial —de carácter temporal y mudable— para evitar el escándalo entre los que siguen la Ley de Moisés en toda la diáspora (v. 21). San Pablo actuará de la misma manera en el caso de las carnes sacrificadas a los ídolos (1 Co 8,1-13), y en el caso del incestuoso de Corinto (1 Co 5,1-13), que probablemente incumplía una de las normas de impureza aquí aludidas (Lv 18,6ss.).

lunes, 18 de abril de 2016

El mandamiento nuevo (Jn 13,31-33a.34-35)

Domingo 5º de Pascua – C. Evangelio
31 Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
—Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. 32 Si Dios es glorificado en él, también Dios le glorificará a él en sí mismo; y pronto le glorificará.
33a Hijos, todavía estoy un poco con vosotros. 34 Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. 35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.
Los preceptos del Señor se resumen en uno solo: el Mandamiento Nuevo del amor (vv. 34-35). El precepto de la caridad compendia toda la ley de la Iglesia y es signo distintivo del cristiano: «Todos pueden signarse con la señal de la cruz de Cristo; todos pueden responder amén; todos pueden cantar aleluya; todos pueden hacerse bautizar, entrar en las iglesias, construir los muros de las basílicas. Pero los hijos de Dios no se distinguen de los hijos del diablo sino por la caridad. Los que practican la caridad son nacidos de Dios; los que no la practican no son nacidos de Dios. ¡Señal importante, diferencia esencial! Ten lo que quieras, si te falta esto sólo, todo lo demás no sirve para nada; y si te falta todo y no tienes más que esto, ¡has cumplido la ley!» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 5,7). Las palabras «como yo os he amado» dan al precepto un sentido y un contenido nuevos: la medida del amor cristiano no está en el corazón del hombre, sino en el corazón de Cristo (cfr Mt 5,43-48).

Cielos nuevos y tierra nueva (Ap 21,1-5a)


Domingo 5º de Pascua – C. 2ª lectura
1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. 2 Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. 3 Y oí una fuerte voz procedente del trono que decía:
—Ésta es la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. 4 Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó.
5a El que estaba sentado en el trono dijo:
—Mira, hago nuevas todas las cosas.
Eliminadas todas las fuerzas del mal, incluso la muerte, el autor contempla ahora, como momento culminante del libro, la instauración plena del Reino de Dios: un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada —la nueva Jerusalén (21,1-4; cfr Is 65,12-25)—, y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todo­poderoso (21,5-8). Esa humanidad —el Pueblo de Dios— es presentada como la Esposa del Cordero, y descrita detalladamente como una ciudad maravillosa en la que reinan Dios Padre y Cristo (21,9-22,5). La visión se asemeja a la del profeta Ezequiel cuando contemplaba la nueva Jerusalén y el futuro Templo (cfr Ez 40,1-42,20). Pero aquí se destaca que la ciudad baja del cielo, expresando así que la instauración plena, y tan anhelada, del reino mesiánico se va a realizar por el poder de Dios y conforme a su voluntad.
Este pasaje del Apocalipsis alimenta la fe y la esperanza de la Iglesia —no sólo en la generación contemporánea de Juan, sino a lo largo de toda la historia— mientras camina aún por este mundo. Así lo proclama el Concilio Vaticano II: «Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios serán resucitados en Cristo, y lo que fue sembrado en debilidad y en corrupción, se vestirá de incorruptibilidad; y, permaneciendo la caridad y sus obras, toda aquella creación que Dios hizo a causa del hombre será liberada de la servidumbre de la ­vanidad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 39).

Confortaban los ánimos de los discípulos (Hch 14,21b-27)

Domingo 5º de Pascua – C. 1ª lectura
21b En aquellos días, Pablo y Bernabé se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, 22 confortando los ánimos de los discípulos y exhortándoles a perseverar en la fe, diciéndoles que es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones. 23 Tras designar presbíteros en cada iglesia, haciendo oración y ayunando, les encomendaron al Señor, en quien habían creído. 24 Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia; 25 y después de predicar la palabra en Perge bajaron hasta Atalía. 26 Desde allí navegaron hasta Antioquía, de donde habían salido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían realizado.
27 Al llegar, reunieron a la iglesia y contaron todo lo que el Señor había hecho por mediación de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.
Lucas, siguiendo la enseñanza paulina (cfr v. 22), señala en estos ver­sículos el progreso y la victoria de la Palabra de Dios, al tiempo que no deja de apuntar que el camino de los predicadores es un camino de cruz: «Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 699). Pablo alude a esta lapidación (v. 19) en 2 Co 11,25.
El texto dice que Pablo y Bernabé designaron u ordenaron —literalmente el verbo griego significa «extender las manos para comunicar una misión»— «presbíteros en cada iglesia» (v. 23). Estos presbíteros reciben el orden sacerdotal aunque no son llamados «sacerdotes» porque este término, en los comienzos de la expansión cristiana, evocaba al ministro de las religiones paganas (hieréus) entre los griegos, o bien al sacerdote levítico (kôhen) entre los hebreos. En el ambiente judío, los ancianos, los presbyteroi, eran los que presidían las comunidades. Al servirse de ese nombre para designar a los ministros de las iglesias se solucionaba el posible equívoco: en la lengua griega su significado podía aplicarse al ministro sin referencia a una religión específica.
Al final, Pablo y Bernabé vuelven a Antioquía de Siria recorriendo de nuevo, en orden inverso, las ciudades visitadas durante el viaje (vv. 24-26). En el puerto de Atalía embarcan para Siria y llegan poco después a Antioquía. El viaje, comenzado posiblemente hacia el 45, ha durado unos cuatro años. A pesar de la animosidad y persecución sufridas en esas ciudades, los dos misioneros no vacilan en visitarlas otra vez. Desean completar la organización de las nuevas iglesias y consolidar la fe de los discípulos. No les asustan los posibles peligros ni les preocupa que puedan repetirse los incidentes que amenazaron su vida.

lunes, 11 de abril de 2016

Jesús, el buen pastor (Jn 10,27-30)



Domingo 4º de Pascua – C. Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús:
27 Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y me siguen. 28 Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. 30 Yo y el Padre somos uno.
Jesús vuelve a servirse de la imagen del pastor. Es como si dijera —comenta San Gregorio Magno— que «la prueba de que conozco al Padre y el Padre me conoce a mí (...) es la caridad con que muero por mis ovejas» (Homiliae in Evangelia 14,3). Quienes se resistan a reconocer que Jesús realiza sus obras de parte de su Padre no podrán creer. Jesús da su gracia a todos, pero algunos ponen obstáculos y no quieren abrirse a la fe. «Puedo ver gracias a la luz del sol; pero si cierro los ojos, no veo: esto no es por culpa del sol sino por culpa mía, porque al cerrar los ojos impido que me llegue la luz solar» (Sto. Tomás de Aquino, Super Evangelium Ioannis, ad loc.).
En el v. 30, Jesús manifiesta la identidad sustancial entre Él y el Padre. Antes había proclamado a Dios como Padre suyo «haciéndose igual a Dios» (5,18); por esto los judíos habían pensado varias veces en darle muerte (cfr 5,18; 8,59). Ahora habla acerca del misterio de Dios, que los hombres sólo podemos conocer por revelación. Más adelante, en la Ultima Cena, volverá a desvelar ese misterio (14,10; 17,21-22). El evangelista ya lo contemplaba al comienzo del prólogo (cfr 1,1 y nota). «Escucha —invita San Agustín— al mismo Hijo: Yo y el Padre somos uno. No dijo: “Yo soy el Padre”, ni “Yo y el Padre es uno mismo”. Sino que en la expresión Yo y el Padre somos uno hay que fijarse en las dos palabras: somos y uno (...). Porque si son uno entonces no son diversos, y si somos, entonces hay un Padre y un Hijo» (In Ioannis Evangelium 36,9). Jesús revela su unidad con el Padre en cuanto a la esencia o naturaleza divina, pero al mismo tiempo manifiesta la distinción personal entre el Padre y el Hijo. «Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, Persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres Personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí, la vida y felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia máxima y gloria propia de la Esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 10).

Una gran multitud que nadie podía contar (Ap 7,9.14b-17)



Domingo 4º de Pascua – C. 2ª lectura
9 Después de esto, en la visión, apareció una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos.
Entonces uno de los ancianos intervino y me dijo:
—Éstos que están vestidos con túnicas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?
14b —Señor mío, tú lo sabes —le respondí yo.
Y me dijo:
—Éstos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado sus túnicas y las han blanqueado con la sangre del Cordero. 15 Por eso están ante el trono de Dios y le sirven día y noche en su templo, y el que se sienta en el trono habitará en medio de ellos. 16 Ya no pasarán hambre, ni tendrán sed, no les agobiará el sol, ni calor alguno, 17 pues el Cordero, que está en medio del trono, será su pastor, que los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.
Esta visión muestra la situación gloriosa de la que gozan los redimidos por Cristo tras la muerte. «La sangre del Cordero que se ha inmolado por todos ha ejercitado en cada ángulo de la tierra su universal y eficacísima virtud redentora, aportando gracia y salvación a esa “muchedumbre inmensa”. Después de haber pasado por las pruebas y de ser purificados en la sangre de Cristo, ellos —los redimidos— están a salvo en el Reino de Dios y lo alaban y bendicen por los siglos» (Juan Pablo II, Homilía 1-XI-1981).
La finalidad de la revelación de esas escenas consoladoras es fomentar el afán de imitar a estos cristianos, que fueron como nosotros y que ahora se encuentran ya victoriosos en el Cielo. Para lograrlo la Iglesia nos invita a pedir: «Señor, Dios nuestro, que santificaste los ­comienzos de la Iglesia romana con la sangre abundante de los mártires; concédenos que su valentía en el combate nos infunda el espíritu de fortaleza y la santa alegría de la victoria» (Misal Romano, Santos Protomártires de la Santa Iglesia Romana, Oración colecta).

Nos dirigimos a los gentiles (Hch 13,14.43-52)


Domingo 4º de Pascua – C. 1ª lectura
14 Pablo y Bernabé siguieron desde Perge y llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento.
43 Terminada la reunión, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé, que les exhortaban y persuadían a permanecer en la gracia de Dios.
44 El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para oír la palabra del Señor. 45 Cuando los judíos vieron la muchedumbre se llenaron de envidia y contradecían con injurias las afirmaciones de Pablo. 46 Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía:
—Era necesario anunciaros en primer lugar a vosotros la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. 47 Pues así nos lo mandó el Señor:
Te he puesto como luz de los gentiles,
para que lleves la salvación
hasta los confines de la tierra.
48 Al oír esto los gentiles se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna. 49 Y la palabra del Señor se propagaba por toda la región. 50 Pero los judíos incitaron a mujeres piadosas y distinguidas y a los principales de la ciudad, promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio. 51 Éstos se sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se dirigieron a Iconio. 52 Los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.
Pablo esperaba quizá que el cristianismo arraigara entre los judíos, de modo que la sinagoga entera desembocara pacífica y religiosamente en el Evangelio, que era su natural culminación según los planes divinos. La experiencia le dio a conocer una realidad muy distinta, y le enfrentó con el desconcertante misterio de la infidelidad de gran parte del pueblo elegido, que era su propio pueblo (cfr Rm 9,1-11,36). Sin embargo, la evangelización del mundo pagano no es una consecuencia del endurecimiento judío. Deriva, por el contrario, del carácter universal del cristianismo, que ofrece a todos los hombres la única gracia que puede salvar, perfecciona la Ley mosaica y supera los límites étnicos y geográficos del judaísmo.
Pablo y Bernabé apoyados en los textos sagrados afirman que desde ahora se dirigirán en su misión a los gentiles (vv. 46-47). Lo mismo dirán después (18,6; 28,28). Sin embargo, el libro de los Hechos muestra que se siguieron dirigiendo en primer lugar a los judíos. De esta manera, como el mismo Apóstol explica en la Carta a los Romanos, no hace sino seguir las huellas de Cristo: «Por esto, con verdad afirma Pablo que Cristo consagró su ministerio al servicio de los ju­díos, para dar cumplimiento a las promesas hechas a los padres y para que los paganos alcanzasen misericordia, y así ellos también le diesen gloria como a creador y hacedor, salvador y redentor de todos. De este modo alcanzó a todos la misericordia divina, sin excluir a los paganos, de manera que el designio de la sabiduría de Dios en Cristo obtuvo su finalidad; por la misericordia de Dios, en efecto, fue salvado todo el mundo» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Romanos 15,7).

lunes, 4 de abril de 2016

Pesca milagrosa y primado de Pedro (Jn 21,1-19)


Domingo 3º de Pascua – C. Evangelio
1 Después volvió a aparecerse Jesús a sus discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se apareció así: 2 estaban juntos Simón Pedro y Tomás —el llamado Dídimo—, Natanael —que era de Caná de Galilea—, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. 3 Les dijo Simón Pedro:
—Voy a pescar.
Le contestaron:
—Nosotros también vamos contigo.
Salieron y subieron a la barca. Pero aquella noche no pescaron nada.
4 Cuando ya amaneció, se presentó Jesús en la orilla, pero sus discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús. 5 Les dijo Jesús:
—Muchachos, ¿tenéis algo de comer?
—No —le contestaron.
6 Él les dijo:
—Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
La echaron, y casi no eran capaces de sacarla por la gran cantidad de peces. 7 Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro:
—¡Es el Señor!
Al oír Simón Pedro que era el Señor se ató la túnica, porque estaba desnudo, y se echó al mar. 8 Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces.
9 Cuando descendieron a tierra vieron unas brasas preparadas, un pez encima y pan. 10 Jesús les dijo:
—Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora.
11 Subió Simón Pedro y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos no se rompió la red. 12 Jesús les dijo:
—Venid a comer.
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», pues sabían que era el Señor.
13 Vino Jesús, tomó el pan y lo distribuyó entre ellos, y lo mismo el pez. 14 Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
15 Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro:
—Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Le respondió:
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Le dijo:
—Apacienta mis corderos.
16 Volvió a preguntarle por segunda vez:
—Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Le respondió:
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Le dijo:
—Pastorea mis ovejas.
17 Le preguntó por tercera vez:
—Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: «¿Me quieres?», y le respondió:
—Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero.
Le dijo Jesús:
—Apacienta mis ovejas. 18 En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras 19 —esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.
Y dicho esto, añadió:
—Sígueme.
Este pasaje evoca aquel de la primera pesca milagrosa, cuando el Señor prometió a Pedro hacerle pescador de hombres (cfr Lc 5,1-11). Ahora le va a confirmar en su misión de cabeza visible de la Iglesia.
El relato subraya el amor del discípulo amado que reconoce a Jesús (v. 7): «Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón puro» (S. Gregorio de Nisa, De beatitudinibus 6). También refleja la fe de Pedro, que precede a los discípulos en llegar a Jesús, y la insistencia en que el Resucitado no es un espíritu, sino el mismo que ha comido antes con ellos y con los que vuelve a comer ahora (vv. 10-13). «Pasa al lado de sus Apóstoles, junto a esas almas que se han entregado a Él: y ellos no se dan cuenta. ¡Cuántas veces está Cristo, no cerca de nosotros, sino en nosotros; y vivimos una vida tan humana! (...). Entonces, el discípulo aquel que Jesús amaba se dirige a Pedro: es el Señor. El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor! Simón Pedro apenas oyó es el Señor, vistióse la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros?» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 265-266).
Los Santos Padres y Doctores de la Iglesia han comentado con frecuencia este episodio en sentido místico: la barca es la Iglesia, cuya unidad está simbolizada por la red que no se rompe; el mar es el mundo; Pedro en la barca simboliza la suprema autoridad en la Iglesia; el número de peces significa el número de los elegidos.
En contraste con las negaciones de Pedro durante la pasión, Jesús como el Buen Pastor que cura la oveja herida (10,11; cfr Ez 34,16; Lc 15,4-7), confiere a Pedro el primado que antes le había prometido (vv. 15-19). «Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, “el Buen Pastor” (Jn 10,11), confirmó este encargo después de su resurrección: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). El poder de “atar y desatar” significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los Apóstoles y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 553).

Gloria al Cordero inmolado (Ap 5,11-14)


Domingo 3º de Pascua – C. 2ª lectura
11 En la visión oí un clamor de muchos ángeles que rodeaban el trono, a los seres vivos y a los ancianos. Su número era de miríadas de miríadas y millares de millares, 12 que aclamaban con gran voz:
«Digno es el Cordero inmolado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza».
13 Y a toda criatura que existe en el cielo y en la tierra, por debajo de la tierra y en el mar, y a todo cuanto existe en ellos, les oí decir:
«Al que está sentado en el trono y al Cordero,
la alabanza, el honor, la gloria y el poder
por los siglos de los siglos».
14 Y los cuatro seres vivos respondían:
—Amén.
Y los ancianos se postraron y adoraron.
Cristo glorioso merece la misma adoración que el Padre. La grandeza de Cristo-Cordero viene reconocida y proclamada por el culto que recibe, en primer lugar, de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos, luego de todos los ángeles y, por fin, de la creación entera (vv. 11-13). Son tres momentos que San Juan señala para destacar la alabanza de la Iglesia celestial, a la que se une la Iglesia peregrina en la tierra, mediante la oración simbolizada en la imagen de las copas de oro (v. 8).
La gran muchedumbre de ángeles rodeando el trono como guardia de honor (v. 11), proclama la plenitud de la perfección divina de Cristo, el Cordero. En efecto, se enumeran siete atributos que reflejan la plena posesión de la gloria divina por parte del Cordero (v. 12).
Después del canto de las criaturas espirituales e invisibles, resuena el himno de los seres materiales y visibles. Este cántico (vv. 13-14) difiere del anterior porque se dirige además al que está sentado en el trono. Así se ponen a un ­mismo nivel a Dios y al Cordero, cuya divinidad se proclama. De esta forma culmina la alabanza universal, cósmica, en honor del Cordero. El Amén rotundo de los cuatro vivientes, junto con la adoración de los veinticuatro ancianos, cierra esta visión preparatoria.
Como en otros pasajes del Apocalipsis, se habla del oficio de los ángeles en el Cielo (v. 11), poniendo de relieve su adoración y alabanza ante el trono de Dios (cfr 7,11), su misión como ejecutores de los designios divinos (cfr 11,15; 16,17; 22,6; etc.) y su intercesión ante el Señor en favor de los hombres (cfr 8,4). «Ten confianza con tu Angel Custodio. Trátalo como un entrañable amigo —lo es— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 562).

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,27b-32.40b-41)


Domingo 3º de Pascua – C. 1ª lectura
27b El sumo sacerdote les interrogó:
28 —¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? En cambio, vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre.
29 Pedro y los apóstoles respondieron:
—Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. 30 El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero. 31 A éste lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. 32 Y de estas cosas somos testigos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen.
40b Entonces los azotaron, les ordenaron no hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. 41 Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre.
El pasaje en que se inserta este relato presenta un cuadro de contrastes marcado por dos mandatos contrarios que se dan a los Apóstoles: el del ángel (“Salid, presentaos en el Templo y predicad al pueblo toda la doctrina que concierne a esta Vida” v. 20) y el del Sanedrín (v. 28). La respuesta de los Apóstoles es muy significativa: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (v. 29).
Aquí se presenta a los Apóstoles proclamando el núcleo de la doctrina cristiana incluso a los miembros del Sanedrín (cfr vv. 30-32). Piensan más en la salud espiritual de sus jueces que en sí mismos: «Dios ha permitido —comenta San Juan Crisóstomo— que los Apóstoles fueran llevados a juicio para que sus perseguidores fueran instruidos, si lo deseaban. (...) Los Apóstoles no se irritan ante los jueces sino que les ruegan compasivamente, vierten lágrimas, y sólo buscan el modo de librarles del error y de la cólera divina» (In Acta Apostolorum 13). La intervención de Gamaliel poco después (5,34-39) muestra que su actitud era la correcta.