lunes, 28 de noviembre de 2016

Predicación de Juan el Bautista (Mt 3,1-12)

Domingo 2º Adviento – A. Evangelio
1 En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea 2 y diciendo:
—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
3 Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo:
Voz del que clama en el desierto:
«Preparad el camino del Señor,
haced rectas sus sendas».
4 Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre.
5 Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. 7 Al ver que venían a su bautismo muchos fariseos y saduceos, les dijo:
—Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que va a venir? 8 Dad, por tanto, un fruto digno de penitencia, 9 y no os justifiquéis interiormente pensando: «Tenemos por padre a Abrahán». Porque os aseguro que Dios puede hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán. 10 Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego.
11 »Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. 12 Él tiene en su mano el bieldo y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero; en cambio, quemará la paja con un fuego que no se apaga.
Juan el Bautista está en la línea de algunos profetas del Antiguo Testamento; de modo especial, recuerda a Elías (cfr 2 R 1,8; 2,8-13ss.). La cita de Is 40,3 señala cuál es la misión profética de Juan: primero, preparar al pueblo judío para recibir el Reino de Dios; segundo, dar testimonio de que Jesús es el Mesías que trae dicho Reino. En la enseñanza del Bautista (vv. 8-12), el evangelista subraya sutilmente que el mensaje de Juan es idéntico al de Jesús: en la inminencia de la venida del reino (v. 2; cfr 4,17), y en la denuncia de la actitud de los fariseos y saduceos (v. 7; cfr 12,34; 23,33), que son como un árbol estéril (v. 10; cfr 7,19). Éste es el primer ejemplo de la catequesis cristiana, que trasmite la verdad que vino a enseñarnos Jesucristo.
El Bautista proclama la inminente llegada del Reino de los Cielos (v. 1), que es una manera de referirse al Reino de Dios. La fórmula «Reino de Dios» expresa la intervención soberana y misericordiosa de Dios en la vida de su pueblo. El plan primitivo de la creación fue quebrantado por la rebelión del pecado del hombre. Para su restablecimiento fue necesaria una nueva intervención de Dios que se realiza por la obra redentora de Jesucristo, Mesías e Hijo de Dios. Esta intervención fue precedida por una serie de etapas preliminares que constituyen la historia salvífica del Antiguo Testamento. Jesucristo hace presente el Reino de Dios cuya inminencia anuncia Juan el Bautista. Pero Jesús instaura un Reino de Dios de dimensión espiritual, sin los coloridos nacionalistas que los judíos de su tiempo habían concebido. La salvación no está asegurada por ser descendientes de Abrahán según la carne, sino que requiere una conversión personal que se traduzca en obras de una vida santa de cara a Dios: «Convertíos» (v. 2), «dad, por tanto, un fruto digno de penitencia» (v. 8), un «buen fruto» (v. 10). La etapa nueva del reino de Dios que trae consigo la obra redentora de Cristo exige un cambio radical en la conducta humana (cfr 9,17; Mc 2,22; Lc 5,37-39).

La paciencia y consolación de las Escrituras (Rm 15,4-9)

Domingo 2º Adviento – A. Segunda lectura
4 Todas las cosas que ya están escritas fueron escritas para nuestra enseñanza, con el fin de que mantengamos la esperanza mediante la paciencia y la consolación de las Escrituras. 5 Que el Dios de la paciencia y de la consolación os dé un mismo sentir entre vosotros según Cristo Jesús, 6 para que unánimemente, con una sola voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
7 Por esta razón acogeos unos a otros, como también Cristo os acogió a vosotros para gloria de Dios. 8 Digo, en efecto, que Cristo se hizo servidor de los que están circuncidados para mostrar la fidelidad de Dios, para ratificar las promesas hechas a los padres, 9 y para que los gentiles glorificaran a Dios por su misericordia, conforme está escrito:
Por eso te alabaré a ti entre los gentiles,
y cantaré en honor de tu nombre.
Jesucristo murió para que todos «con un mismo sentir» (v. 5) diésemos gloria a Dios. Y aunque Cristo se dirigió primero a los judíos, acogió también a los gentiles. Con su vida da cumplimiento a las promesas hechas a los hebreos de que también los gentiles glorificarían a Dios. Manifiesta así la fidelidad de Dios a sus promesas (v. 8) y su misericordia con todos: sus bendiciones llegan también a quienes no pertenecen a Israel según la carne. Aquí Pablo aporta testimonios de los Profetas, la Ley y los Escritos, las tres agrupaciones judías de la Sagrada Escritura (vv. 9-12).

La enseñanza es clara: se trata de vivir la caridad con los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cfr Flp 2,5-8), hasta amar a los demás como los ama Él (cfr Jn 13,34-35; 15,12-13; 1 Jn 3,15; 4,11; Ef 5,1-2), sin excluir a nadie: «Mirad constantemente a Jesús que, sin dejar de ser Dios, se humilló tomando forma de siervo para poder servirnos, porque sólo en esa misma dirección se abren los afanes que merecen la pena. El amor busca la unión, identificarse con la persona amada: y, al unirnos a Cristo, nos atraerá el ansia de secundar su vida de entrega, de amor inmensurable, de sacrificio hasta la muerte. Cristo nos sitúa ante el dilema definitivo: o consumir la propia existencia de una forma egoísta y solitaria, o dedicarse con todas las fuerzas a una tarea de servicio» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 236).

El vástago de la cepa de Jesé (Is 11,1-10)

Domingo 2º Adviento – A. Primera lectura
1 Saldrá un vástago de la cepa de Jesé,
y de sus raíces florecerá un retoño.
2 Sobre él reposará el Espíritu del Señor,
espíritu de sabiduría y de entendimiento,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y de temor del Señor.
3 Y lo inspirará con el temor del Señor.
No juzgará según las apariencias,
ni decidirá según los rumores,
4 sino que juzgará con justicia a los desvalidos,
y decidirá con rectitud a favor de los pobres de la tierra.
Golpeará al país con la vara de su boca,
y matará al impío con el soplo de sus labios.
5 La justicia será la correa de su cintura,
y la fe, el cinturón de sus caderas.
6 Entonces el lobo convivirá con el cordero,
el leopardo se tumbará con el cabrito,
ternero y león joven engordarán juntos,
y un niño pequeño los guiará.
7 La vaca pacerá con la osa,
sus crías se recostarán juntas,
y el león, como el buey, comerá paja.
8 El niño de pecho jugará junto al agujero del áspid
y el destetado meterá su mano en la madriguera de la víbora.
9 Nadie hará mal ni causará daño
en todo mi monte santo,
porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor,
como las aguas que cubren el mar.
10 Aquel día, la raíz de Jesé
se alzará como bandera para los pueblos,
la buscarán las naciones,
y su morada será gloriosa.
Este pasaje es considerado el tercer oráculo del Enmanuel. Tiene dos secciones. La primera (vv. 1-5) anuncia al vástago que saldrá de la cepa de Jesé, el padre de David, en un futuro. La segunda (vv. 6-9) presenta los frutos de su reinado con las imágenes de la paz mesiánica, esto es, la restauración del estado de justicia original de la creación.
En la primera parte se anuncia con solemnidad la llegada al trono de un nuevo rey, nacido de la misma estirpe de David; humilde como indica la imagen del tronco talado, pero con la vitalidad de un retoño tierno. Se refiere al rey venidero («saldrá») y no al monarca reinante. El nuevo rey gozará de cualidades excepcionales para gobernar gracias al Espíritu del Señor que vendrá sobre él. El Espíritu divino es una fuerza interior, un don concedido por Dios a los personajes más notables de la historia de la salvación para cumplir una misión arriesgada y difícil: a Moisés (cfr Nm 11,17), a los jueces (cfr Jc 3,10; 6,34), a David (1 S 16,13). El nuevo descendiente de David regirá al pueblo no con el despotismo de los monarcas de la época sino con el dinamismo carismático que le viene de Dios. Las cualidades o dones del Espíritu son seis, enumerados de dos en dos: la sabiduría e inteligencia se refieren a la destreza y prudencia para no errar en el juicio, a ejemplo de Salomón (cfr 1 R 5,26); el consejo y fortaleza son propias del buen estratega como David; el conocimiento y el temor de Dios son de orden religioso para que el rey no olvide que representa a Dios en el pueblo.
La segunda parte describe, de manera bella y expresiva, la paz mesiánica que conseguirá este nuevo «vástago». El panorama que se presenta es la restauración del paraíso en la armonía de que gozaba al inicio de la creación, y que fue rota por el pecado. La violencia desaparecerá incluso entre los animales irracionales. En contraste con el intento soberbio de los hombres de querer «ser como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3,5), entonces recibirán como un don divino el llenarse del «conocimiento del Señor» (v. 9). El «niño» que por dos veces se menciona (vv. 6.8) no tiene que ver directamente con el rey-niño del oráculo recogido en el cap. 9 (9,5) ni con el Enmanuel (7,14). Sin embargo, en lo íntimo del profeta probablemente tenían muchos puntos de contacto, como queda de manifiesto por la referencia a la función de gobierno, que se refleja en la misión de guiar (v. 6).
La imagen del «vástago» de estirpe real que hará posible la paz en la tierra ha sido interpretada en la tradición cristiana como cumplida en Jesucristo. Santo Tomás de Aquino, que entiende que aquí se habla de Cristo como el que lleva a cabo la restauración del género humano, señala: «Primero se habla del “restaurador”, Cristo, en cuanto a su nacimiento (v. 1); luego en cuanto a su santidad (vv. 2-9) y finalmente en cuanto a su dignidad (v. 10)» (Expositio super Isaiam 11). Y Juan Pablo II comenta: «Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelación neotestamentaria identificará con Jesús, Isaías relaciona la persona y su misión con una acción especial del Espíritu de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el Profeta: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé / y un retoño de sus raíces brotará. / Reposará sobre él el espíritu del Señor: / espíritu de sabiduría e inteligencia, / espíritu de consejo y fortaleza, / espíritu de ciencia y de temor del Señor. / Y le inspirará en el temor del Señor” (Is 11,1-3). Este texto es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de “espíritu”, entendido ante todo como “aliento carismático” y el “Espíritu” como persona y como don, don para la persona. El Mesías de la estirpe de David (“del tronco de Jesé”) es precisamente aquella persona sobre la que “se posará” el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo, con aquella alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre, por decirlo de algún modo, la vía sobre la que se prepara la plena revelación del Espíritu Santo en la unidad del misterio trinitario, que se manifestará finalmente en la Nueva Alianza» (Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 15).

En el contexto de lectura cristiana que descubre en estas palabras una alusión a la actuación del Espíritu Santo en las almas, se entiende que se haya prestado especial atención a los «espíritus» que reposan de modo estable sobre el Mesías, y que son «dones» estables a través de los cuales actúa el Espíritu Santo. Éstos son seis según el texto hebreo, al que sigue la Neovulgata. La traducción griega de los Setenta y la Vulgata desdoblaron el don de temor en dos: «el don de piedad» y el de temor de Dios. Por eso, la catequesis y la teología hablan de siete: «Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cfr Is 11,1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1831).

lunes, 21 de noviembre de 2016

Estad preparados (Mt 24,37-44)

Domingo 1º Adviento – A. Evangelio
37 Lo mismo que en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. 38 Pues, como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, 39 y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. 40 Entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y el otro dejado. 41 Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada y la otra dejada.
42 Por eso: velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. 43 Sabed esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que se horadase su casa. 44 Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.
Las palabras de Jesús a los discípulos son claras: no se revelará el día ni la hora de la Parusía. Jesús se abstiene de revelar el día del juicio para que nos mantengamos vigilantes.
Vigilar ante el advenimiento de Cristo no es buscar de con­tinuo señales de su venida, sino comportarse y trabajar en todo momento cristianamente. Un medio indispensable para ello es el examen de conciencia: «Tienes un tribunal a tu disposición (...). Haz sentar a tu conciencia como juez y que tu razón presente allí todas tus culpas. Examina los pecados de tu alma y exígele que rinda cuentas con exactitud: ¿por qué has hecho esto o lo otro? Y si el alma no quiere considerar sus propias culpas y, por el contrario, busca las ajenas, dile: No te juzgo por los pecados de otro. (...) Si eres constante en hacer esto todos los días, comparecerás con confianza ante el tribunal que hará temblar a todos» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 42,2-4).

El día está cerca (Rm 13,11-14)

Domingo 1º Adviento – A. Segunda lectura
11 Sed conscientes del momento presente: porque ya es hora de que despertéis del sueño, pues ahora nuestra salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. 12 La noche está avanzada, el día está cerca. Abandonemos, por tanto, las obras de las tinieblas, y revistámonos con las armas de la luz. 13 Como en pleno día tenemos que comportarnos honradamente, no en comilonas y borracheras, no en fornicaciones y en desenfrenos, no en contiendas y envidias; 14 al contrario, revestíos del Señor Jesucristo, y no estéis pendientes de la carne para satisfacer sus concupiscencias.

San Pablo invita a mantenerse vigilantes, siendo «conscientes del momento presente» (v. 11), es decir, sabedores de que Cristo ya ha obrado la salvación y que vendrá al final de los tiempos para llevar todo a plenitud. Jesucristo, que vino al mundo por la Encarnación, viene también a cada hombre por la gracia y vendrá al final de los tiempos como Juez. Alzándose como el sol, ahuyentó las tinieblas del error, y va disipando los restos de oscuridad que quedan en las almas a medida que impregna más los corazones. Por eso, comenta Teodoreto de Ciro, «se llama “noche” a la época de la ignorancia y “día” al tiempo después de la llegada del Señor» (Interpretatio in Romanos, ad loc.). La Iglesia utiliza este texto paulino en la liturgia de Adviento para prepararnos a la venida definitiva de Cristo, al tiempo que cada año celebra su Nacimiento.

De sus espadas forjarán azadas (Is 2,1-5)

Domingo 1º Adviento – A. Primera lectura
1 Mensaje que vio Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén.
2 Sucederá en los últimos días
que el monte del Templo del Señor se afirmará en la cumbre de los montes,
se alzará sobre los collados,
y afluirán a él todas las naciones.
3 Irán muchos pueblos y dirán:
«Venid, subamos al monte del Señor,
al Templo del Dios de Jacob.
Él nos instruirá en sus caminos
y marcharemos por sus senderos,
porque de Sión saldrá la Ley,
y de Jerusalén la palabra del Señor».
4 Él juzgará entre las naciones,
y dictará sentencia a muchos pueblos.
De sus espadas forjarán azadas,
y de sus lanzas, podaderas.
No alzará espada nación contra nación,
ni se adiestrarán más para la guerra.
5¡Casa de Jacob, venid,
caminemos a la luz del Señor!
A pesar de los pecados del pueblo y de la calamitosa situación de Judá que se está describiendo en la primera parte del libro de Isaías, se abre ya desde el comienzo un resquicio a la esperanza con esta visión de restauración mesiánica y escatológica, en la que se subraya la centralidad universal de Sión, «el monte del Señor», es decir, Jerusalén.
Todos los pueblos acudirán entonces a la ciudad santa no con ánimo belicoso para despojarla de sus riquezas, sino en son de paz, para escuchar la palabra del Señor y ser instruidos en su Ley. Con esa esperanza a la que se apunta ya desde el principio se culminará el libro (cfr 66,18-24), y queda así rubricado al comienzo y al final del escrito uno de los mensajes más importantes que se contienen en él.
El poema (vv. 2-5), que con ligeras variantes aparece también en el libro de Miqueas (4,1-3), pone en relación la Ley con el Templo, centro espiritual de la Jerusalén renovada tras el regreso del destierro de Babilonia.
En contraste con la violencia y desolación que acompaña al pecado (cfr 1,2-9), la reverencia a Dios y el afán de vivir de acuerdo con sus disposiciones, la práctica de la justicia y el amor al prójimo conducen a la paz. La indumentaria bélica se transforma en aparejo de labranza y desarrollo: «En la medida en que los hombre son pecadores —dice el Concilio Vaticano II—, les amenaza, y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: “De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas, podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestran más para el combate” (Is 2,4)» (Gaudium et spes, n. 78).
Estas palabras de Isaías que anuncian la intervención salvífica de Dios al final de los tiempos alcanzan su plenitud en el nacimiento de Cristo. Con Él se inaugura una época de perfecta paz y reconciliación. La Iglesia utiliza este texto en la liturgia del primer domingo de Adviento, dirigiendo nuestra atención hacia la espera de la segunda venida de Cristo, mientras se prepara a recordar su primera venida en la Navidad.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Acuérdate de mí, cuando llegues a tu reino (Lc 23,35-43)

34º domingo del Tiempo ordinario – Cristo Rey - C. 1ª lectura
35 El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían:
—Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido.
36 Los soldados se burlaban también de él; se acercaban y ofreciéndole vinagre 37 decían:
—Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
38 Encima de él había una inscripción: «Éste es el Rey de los judíos».
39 Uno de los malhechores crucificados le injuriaba diciendo:
—¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
40 Pero el otro le reprendía:
—¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? 41 Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal.
42 Y decía:
—Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.
43 Y le respondió:
—En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.
El episodio del «buen ladrón» es narrado sólo por Lucas. Aquel hombre muestra los signos del arrepentimiento, reconoce la inocencia de Jesús y hace un acto de fe en Él. Jesús, por su parte, le promete el paraíso: «El Señor —comenta San Ambrosio— concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedía que se acordase de él; pero el Señor le dice: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su Reino» (Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.). El episodio también nos invita a admirar los designios de la divina providencia, y la conjunción de la gracia y la libertad humana. Ambos malhechores se encontraban en la misma situación. Uno se endurece, se desespera y blasfema, mientras el otro se arrepiente, acude a Cristo en oración confiada, y obtiene la promesa de su inmediata salvación: «Entre los hombres, a la confesión sigue el castigo; ante Dios, en cambio, a la confesión sigue la salvación» (S. Juan Crisóstomo, De Cruce et latrone).
La palabra «paraíso» (v. 43), de origen persa, se encuentra en varios pasajes del Antiguo Testamento (Ct 4,13; Ne 2,8; Qo 2,5) y del Nuevo (2 Co 12,4; Ap 2,7); en boca de Jesús es un modo de expresarle al buen ladrón que le espera, a su propio lado y de modo inmediato, la felicidad: «Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo —tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio, como las que son recibidas por Jesús en el Paraíso enseguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón—, constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida por completo el día de la Resurrección, en que estas almas se unirán con sus cuerpos» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 28).

Nos ha trasladado al reino de su amor (Col 1,12-20)

34º domingo del Tiempo ordinario – Cristo Rey - C. 1ª lectura
12 Dad gracias al Padre, que os hizo dignos de participar en la herencia de los santos en la luz. 13 Él nos arrebató del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, 14 en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados.
15  El cual es la imagen del Dios invisible,
el primogénito de toda creación,
16 porque en él fueron creadas todas las cosas
en los cielos y sobre la tierra,
las visibles y las invisibles,
sean los tronos o las dominaciones,
los principados o las potestades.
Todo ha sido creado por él y para él.
17  Él es antes que todas las cosas
y todas subsisten en él.
18 Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia;
él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
para que él sea el primero en todo,
19 pues Dios tuvo a bien que en él habitase toda la plenitud,
20 y por él reconciliar todos los seres consigo,
restableciendo la paz, por medio de su sangre derramada en la Cruz,
tanto en las criaturas de la tierra
como en las celestiales.
Frente a las propuestas equivocadas de salvación que ofrecían algunas doctrinas se exalta el misterio de Cristo y su misión redentora. Estos versículos constituyen un bellísimo himno al señorío de Jesucristo sobre toda la creación. En la primera estrofa (vv. 15-17) se afirma que el dominio de Cristo abarca al cosmos en todo su conjunto, como consecuencia de su acción crea­dora. El texto evoca el prólogo de Jn y el comienzo del Gn. En la segunda estrofa (vv. 18-20) se presenta la nueva creación mediante la gracia, obtenida por Cristo con su muerte en la cruz. Él es Mediador y Cabeza de la Iglesia. Cristo ha restablecido la paz y ha reconciliado todas las cosas con Dios.
Al decir que el Hijo es «imagen del Dios invisible» (v. 15) se expresa la misma noción que la doctrina cristiana posterior explicará como identidad de naturaleza divina entre el Padre y el Hijo, y se alude también a que el Hijo procede del Padre. En efecto, solamente la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, es imagen perfectísima del Padre. «Se le llama “imagen” porque es consustancial y porque, en cuanto tal, procede del Padre, sin que el Padre proceda de Él» (S. Gregorio Nacianceno, De theologia 30,20). Y Santo Tomás explica: «La imagen de un ser puede hallarse en otro de dos maneras: de una parte, cuando se halla en un ser de la misma naturaleza específica, y así es como se halla la imagen de un rey en su hijo; y de otra, en un ser de naturaleza distinta, como la imagen del rey en una moneda. Pues bien, según el primer modo, el Hijo es imagen del Padre, mientras que el hombre se llama imagen de Dios conforme al segundo. De aquí que, para expresar la imperfección de la imagen en el hombre, no se dice que es imagen, sino que es a imagen, para designar un cierto movimiento que tiende a la perfección. En cambio, del Hijo no puede decirse que sea a imagen, porque es imagen perfecta del Padre» (Summa theologiae 1,35,2 ad 3).
Al llamarle «primogénito» (v. 15) muestra que tiene la supremacía y la capitalidad sobre todos los seres creados. «Fue llamado “primogénito” no por su proveniencia del Padre, sino porque en Él fue hecha la creación... Si el Verbo fuera una de las criaturas, habría dicho la Escritura que Él es primogénito de todas las criaturas. Ahora bien, diciendo los santos que Él es “primogénito de toda creación” directamente se muestra que es otro distinto a toda la creación y que el Hijo de Dios no es una criatura» (S. Atanasio, Contra Arianos 2,63). Es primogénito, porque no sólo es anterior a todas las criaturas, sino que todas fueron creadas «en él», «por él» y «para él»: «en él», en Cristo, como en su principio y su centro, como su modelo o causa ejemplar; «por él», porque Dios Padre, por medio de Dios Hijo, crea todos los seres (cfr Jn 1,3); y «para él», porque Cristo es el fin último de todo (cfr Ef 1,10). Además, se añade que «todas subsisten en él», esto es, porque Cristo las conserva en el ser.
El v. 18 emplea la imagen de Cristo, cabeza, y la Iglesia, cuerpo, de la que se habla en 2,19 y Ef 1,23 y 4,15). «Ya sabemos los cristianos que se llevó a cabo la resurrección en nuestra Cabeza y que se llevará en los miembros. La cabeza de la Iglesia es Cristo, y los miembros de Cristo, la Iglesia. Lo que aconteció en la cabeza se cumplirá más tarde en el cuerpo. Ésta es nuestra esperanza» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 65,1).

Como Cristo tiene la primacía sobre todas las realidades creadas, el Padre quiso, por medio de Él, reconciliarlas ­todas consigo (v. 20). El pecado había ­separado a los hombres de Dios, y esto trajo como consecuencia la ruptura del ­orden perfecto que había entre las criaturas desde el comienzo. Derramando su sangre en la cruz, Cristo restauró la paz. Nada en el universo queda excluido de este influjo pacificador. «La historia de la salvación —tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época— es la historia admi­rable de la reconciliación: aquélla por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados. La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una ruptura —la del pecado— de la cual se han derivado todas las otras formas de rupturas en lo más íntimo del hombre y en su entorno. Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige necesariamente la liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas. Por lo cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión y reconciliación; es imposible disociar las dos realidades o hablar de una silenciando la otra» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 13).

Ungieron a David como rey (2 S 5,1-3)

34º domingo del Tiempo ordinario – Cristo Rey - C. 1ª lectura
1Todas las tribus de Israel vinieron junto a David a Hebrón y le dijeron:
—Aquí nos tienes. Hueso tuyo y carne tuya somos. 2Ya desde hace tiempo, cuando Saúl era nuestro rey, tú guiabas las entradas y salidas de Israel, pues el Señor te había dicho: «Tú apacentarás a mi pueblo Israel, tú serás príncipe sobre Israel».
3Vinieron también todos los ancianos de Israel junto a David, a Hebrón; y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón ante el Señor. Luego ungieron a David como rey de Israel.
La consagración de David como rey de Israel está narrada con sobriedad pero destacando detalles de gran trascendencia en la historia de la salvación: los habitantes del norte y los del sur son hermanos («hueso tuyo y carne tuya somos», v. 1); la imagen del «pastor» (v. 2), antiguo oficio de David, resume la función del dirigente y del rey que no buscan en el gobierno el propio provecho, sino el bienestar de los súbditos; el pacto de David con los ancianos (v. 3) es reflejo de la doctrina general de la alianza, que estará en la base de las relaciones de Dios con su pueblo y de los miembros del pueblo entre sí; el número de los años de gobierno (v. 5) también está cargado de significado, porque estas cifras eran consideradas como símbolo de plenitud: siete como rey de Judá, y cuarenta como rey de Judá e Israel. Todavía en el Nuevo Testamento los números siete y cuarenta conservan el mismo sentido de plenitud (cfr Mt 4,2; 18,22; Ap 1,11; Hch 4,22, etc.). Hebrón, donde había sido ungido también como rey de Judá (cfr 2,1-4), era la ciudad más importante del sur; en su interior conservaba la cueva de Macpelá y en sus alrededores se hallaba la encina sagrada de Mambré. Sin embargo, fue sustituida por Jerusalén, quizá para resaltar que un nuevo reino exigía también una nueva sede de la monarquía.
David es figura de Jesucristo en muchos aspectos, pero la raíz de todos ellos es su condición de rey: Jesucristo será también aclamado Rey de Israel. «Pero ¿qué era para el Señor ser aclamado por Rey de Israel? ¿Qué era para el Rey de los siglos ser hecho rey de los hombres? Cristo no era Rey de Israel para imponer tributos ni para tener ejércitos armados y guerrear visiblemente contra sus enemigos; era Rey de Israel para gobernar las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir al reino de los cielos a quienes estaban llenos de fe, de esperanza y de amor» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 51,4).

La liturgia de la Iglesia propone este texto del libro de Samuel en la Solemnidad de Cristo Rey, junto con la escena de la crucifixión (Lc 23,35-43). Jesús ha conseguido su reinado con la obediencia que culmina en la muerte en la cruz, obteniendo la salvación definitiva para todos los hombres.

martes, 8 de noviembre de 2016

No quedará piedra sobre piedra (Lc 21,5-19)

33º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
5 Como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo:
6 —Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.
7 Le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que están a punto de suceder?
8 Él dijo:
—Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: «Yo soy», y «el momento está próximo». No les sigáis. 9 Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato.
10 Entonces les decía:
—Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; 11 habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo. 12 Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: 13 esto os sucederá para dar testimonio. 14 Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; 15 porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. 16 Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, 17 y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. 19 Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
El discurso de Jesús viene provocado por la admiración de los discípulos ante la belleza del Templo «adornado con bellas piedras y ofrendas votivas» (v. 5). Herodes el Grande había emprendido en el año 20 a.C. la reconstrucción y ampliación del Templo, edificado tras el exilio de Babilonia (siglo VI a.C.). La obra se acabó el 64 d.C., es decir, poco antes de su destrucción por parte de Tito. La reconstrucción debía de estar muy avanzada en el momento en el que se produce este diálogo. Las proporciones colosales, la ornamentación armónica y la riqueza de los materiales empleados hacían del edificio el orgullo de cualquier judío de la época (cfr Flavio Josefo, De bello iudaico 184-237; Antiquitates iudaicae 15,11). De ahí las palabras admirativas de aquellos hombres y la respuesta sorprendente de Jesús.
Ante la pregunta de los discípulos (v. 7), Jesús anuncia la destrucción del Templo. Tal destrucción va a ir acompañada de la aparición de falsos mesías (v. 8), guerras y revoluciones (v. 9). Ante estos hechos el Señor les aconseja tener serenidad: «No os dejéis engañar» (v. 8), «no os aterréis» (v. 9). Además les anuncia que no son señales de que el fin sea inmediato (v. 9). Todavía tiene que llegar el «tiempo de los gentiles» que se predice más tarde (21,24).
A continuación (vv. 10-19), en continuidad con las guerras y revoluciones anunciadas antes, el Señor vaticina a los discípulos otros desastres (vv. 10-11), y las dificultades que van a tener que sufrir en la expansión del Reino de Dios: persecuciones, incomprensión, odio, etc. (vv. 12. 16.17). Dos notas presiden estas palabras de Jesús. En primer lugar, les promete la asistencia de Dios (vv. 14-15): las dificultades, por grandes que sean, no escapan a la providencia divina. Suceden porque Dios las permite, porque puede sacar de ellas bienes mayores. Las persecuciones serán ocasión de dar testimonio. Como dice una conocida frase de la primitiva apologética cristiana: sanguis martyrum semen christianorum, «la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos» (Tertuliano, Apologeticum 50,13).
Además, el Señor promete una asistencia especial: dará su sabiduría para defenderse y hasta lo que pueda parecer una desgracia será el comienzo de la gloria. En segundo lugar, les asegura la victoria que nacerá de su paciencia perseverante (vv. 18-19). Las frases de Jesús son así una exhortación a la paciencia como parte integrante de la fortaleza: «Es pues necesaria una virtud que conserve el bien de la razón frente a la tristeza, para que la razón no sucumba ante ella. Tal es la función propia de la paciencia, que es, según San Agustín, “la que nos hace soportar los males con buen ánimo, es decir, sin decaer, no sea que soportándolos con impaciencia, perdamos los bienes que nos llevan a otros mayores”» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,136,1). De ahí que, como afirman las palabras del Señor (v. 19), la paciencia nos salva, porque «el hombre posee su alma mediante la paciencia, en cuanto que arranca de raíz la turbación causada por las adversidades que quitan el sosiego del alma» (ibidem 2-2,136,2,2).

Quien no quiera trabajar, que no coma (2 Ts 3,7-12)

33º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
7 Vosotros sabéis bien cómo debéis imitarnos, porque entre vosotros no estuvimos ociosos; 8 y no comimos gratis el pan de nadie, sino que trabajamos día y noche con esfuerzo y fatiga, para no ser gravosos a ninguno. 9 No porque no tuviéramos derecho, sino para mostrarnos ante vosotros como modelo que imitar. 10 Pues también cuando estábamos con vosotros os dábamos esta norma: «Si alguno no quiere trabajar, que no coma». 11 Pues oímos que hay algunos que andan ociosos entre vosotros sin hacer nada pero curioseándolo todo. 12 A esos les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo a que coman su propio pan trabajando con serenidad.

Pensando equivocadamente en la inminencia de la Parusía, había en Te­salónica algunos que no trabajaban. Por eso, el recuerdo del trabajo abnegado de San Pablo, para ganarse allí el sustento y no resultar gravoso a nadie, debía ser estímulo para los tesalonicenses. Los cristianos tienen que «cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. (...) La propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 43). Ésta debe ser la actuación de cualquier cristiano responsable: trabajar con seriedad para dar gloria a Dios, atender las necesidades de la propia familia y servir también a los demás hombres. «Cada uno en su tarea, en el lugar que ocupa en la sociedad ha de sentir la obligación de hacer un trabajo de Dios, que siembre en todas partes la paz y la alegría del Señor» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 70).

Llega el día ardiente como un horno (Ml 3,19-20a)

33º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
19 Ved que llega el día,
ardiente como un horno,
en que todos los arrogantes
y los que practican la impiedad
serán como paja:
el día que ha de venir los abrasará
—dice el Señor de los ejércitos—,
hasta que no les quede
ni raíz ni rama.
20 Mas para vosotros, los que teméis mi Nombre,
se elevará el sol de justicia,
que trae la salud en sus alas.
El profeta anuncia un día de justicia en el que los impíos serán destruidos, mientras que los justos serán premiados. El Señor no es ajeno a los cuidados y preocupaciones de los que le temen; más bien es como un rey soberano que anota en sus anales (cfr Est 6,1-3) los méritos de los justos (v. 16). Por eso, el día en que el Señor se manifieste será para los que le temen un día de gloria y de felicidad inexpresable (vv. 20-21), porque ellos son los protegidos de Dios (vv. 17-18).
La expresión «sol de justicia» (v. 20), aplicada a la venida del Señor, encuentra su eco en el Nuevo Testamento en el Benedictus o Cántico de Zacarías (cfr Lc 1,78). Por eso no es extraño que en la tradición cristiana se aplique a Jesucristo: «El Señor ha venido ciertamente en la tarde de un mundo en declive y casi cercano al fin de su curso, pero con su venida, puesto que Él es el Sol de justicia, ha regenerado un día nuevo para aquellos que creen» (Orígenes, Homiliae in Exodum 7,8).