lunes, 20 de noviembre de 2017

El Juicio Final (Mt 25,31-46)


Solemnidad de Cristo Rey – A. Evangelio
 31 Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, 32 y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, 33 y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda. 34 Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: 35 porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; 36 estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». 37 Entonces le responderán los justos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; 38 ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o desnudo y te vestimos?, 39 o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?» 40 Y el Rey, en respuesta, les dirá: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». 41 Entonces dirá a los que estén a la izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: 42 porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; 43 era peregrino y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis». 44 Entonces le replicarán también ellos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?» 45 Entonces les responderá: «En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. 46 Y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna».
Las tres parábolas precedentes (24,42-51; 25,1-13; 25,14-30) se siguen con el anuncio del juicio del Señor. Jesús presenta con toda su grandiosidad este Juicio Final, que hará entrar a todas las cosas en el orden de la justicia divina. La Tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del juicio particular al que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte: «Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678).
Todas las facetas enumeradas en los vv. 35-46 —dar de comer, dar de beber, vestir, visitar— resultan ser obras de amor cristiano cuando al hacerlas a estos «pequeños» (v. 40) se ve en ellos al mismo Cristo. Es significativo el pasaje si lo comparamos con otro anterior donde el Señor prometió que cualquiera que diera de beber sólo un vaso de agua fresca a uno de «estos pequeños por ser discípulo» (10,42), no quedaría sin recompensa. Pero ahora no se menciona el discípulo; al servir a cualquier hombre se sirve a Cristo. De aquí la importancia de practicar las obras de misericordia —corporales y espirituales— recomendadas por la Iglesia y también la entidad que tiene el pecado de omisión: no hacer lo que se debe supone dejar a Cristo mismo despojado de tales servicios. Las dimensiones del amor de Dios se miden por las obras de servicio a los demás: «Acá solas estas dos que nos pide el Señor; amor de Su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección, hacemos su voluntad (...) La más cierta señal que —a mi parecer— hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), mas el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos a el prójimo, hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 5,3,7-8).
«Suplicio eterno» (v. 46). La existencia de un castigo eterno para los condenados y de un premio eterno para los elegidos es un dogma de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el año 1215: «Jesucristo (...) ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras —buenas o malas—: aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (Conc. de Letrán IV, De fide catholica, cap. 1).

Cristo, causa de nuestra resurrección (1 Co 15,20-26a.28)

Solemnidad de Cristo Rey – A . 2ª lectura
20 Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primer fruto de los que mueren. 21 Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos. 22 Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. 23 Pero cada uno en su propio orden: como primer fruto, Cristo; luego, con su venida, los que son de Cristo. 24 Después llegará el fin, cuando entregue el Reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, toda potestad y poder. 25 Pues es necesario que él reine, hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies. 26 Como último enemigo será destruida la muerte. 28 Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces también el mismo Hijo se someterá a quien a él sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas.
La unión de los cristianos con Cristo es tan profunda que la resurrección de Jesucristo es principio y causa de nuestra resurrección. Como la desobediencia de Adán trajo la muerte de todos, Jesucristo —nuevo Adán— ha merecido la resurrección de todos (vv. 21-23). La salvación del cristiano culminará tras la muerte con la resurrección del cuerpo, al final de los tiempos (vv. 24-25). «Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano, De resurrectione mortuorum, 1,1)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 991).
San Pablo expone toda la obra mesiánica y redentora de Cristo (vv. 25-28): según el designio del Padre, Cristo ha sido constituido soberano del universo, dando cumplimiento a las Escrituras (Sal 110,1 y 8,7). La soberanía de Cristo sobre toda la creación (v. 28) se realiza ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva al final de la historia cuando Dios sea todo en todos. La Iglesia celebra cada año, en el último domingo del tiempo ordinario, la festividad de Jesucristo, Rey del Universo, para recordar su dominio supremo y absoluto sobre todas las cosas.

El Señor, pastor de Israel (Ez 34,11-12.15-17)

Solemnidad de Cristo Rey – A . 1ª lectura
11 Porque esto dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo apacentaré. 12 Como recuenta un pastor su rebaño cuando está en medio de sus ovejas que se han dispersado, así recontaré mis ovejas y las recogeré de todos los lugares en que se dispersaron en día de niebla y oscuridad.
15 Yo mismo pastorearé mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. 16 Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud».
17 A vosotros, rebaño mío, esto dice el Señor Dios: «Yo juzgo entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos».
La imagen del pastor en la Biblia se aplica con frecuencia a los reyes (1 R 22,17), quizá a raíz de David, pastor de ovejas (1 S 17,34; Sal 78,70-72), y también al Señor (Sal 23,1-6; 80,2-3). Los profetas, en especial Jeremías, acuden a la imagen del pastor cuando hablan de los que rigen, sean reyes o sacerdotes (cfr Jr 2,8; 10,21; 25,34-36; Za 11,4-17). En este primer discurso a los deportados, Ezequiel habla de los malos pastores, es decir, de los malos dirigentes que llevaron al pueblo al desastre del destierro (vv. 1-10) y, en contraste, del Señor, Pastor supremo que asume la responsabilidad de regir personalmente a su pueblo sin intermediarios (vv. 11-22), y del nuevo dirigente-mesías que Dios mismo pondrá al frente de los suyos: será el nuevo pastor, David, que conducirá al rebaño a los mejores pastos (vv. 23-31).
En los versículos que leemos este domingo Ezequiel enseña, en concreto, que es Dios mismo quien se constituye en pastor para su pueblo (v. 11), pastor solícito de sus ovejas: les pasa revista una por una, las atiende y las cuida (vv. 12-16). Además, la solicitud del buen pastor lleva consigo el ejercicio de la justicia (vv. 17): en la nueva etapa es más evidente que el amor divino y su misericordia no contradicen la condena de los impíos (v. 20), más aún, no habría verdadero amor sin justicia.
Este bello oráculo resuena en labios de Jesucristo al exponer la alegoría del Buen Pastor que cuida de sus ovejas (cfr Jn 10,1-21), al enseñar que se identifica con el Padre celestial en la alegría de encontrar a la oveja perdida (cfr Mt 18,12-14; Lc 15,4-7) y al referirse al juicio final en la escena recogida por San Mateo (Mt 25,31-46). San Agustín, en su sermón sobre los pastores, comenta: «Él vela, pues, sobre nosotros, tanto si estamos despiertos como dormidos. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador. Y a vosotras –dice–, mis ovejas, así dice el Señor Dios: “Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”. ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. Él es quien separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha» (Sermones 47).

lunes, 13 de noviembre de 2017

Parábola de los talentos (Mt 25,14-30)

33º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
14 Porque es como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. 15 A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó. 16 El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. 17 Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. 18 Pero el que había recibido uno fue, hizo un agujero en la tierra y escondió el dinero de su señor. 19 Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. 20 Cuando se presentó el que había recibido los cinco talentos, entregó otros cinco diciendo: «Señor, cinco talentos me entregaste; mira, he ganado otros cinco talentos». 21 Le respondió su amo: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor». 22 Se presentó también el que había recibido los dos talentos y dijo: «Señor, dos talentos me entregaste; mira, he ganado otros dos talentos». 23 Le respondió su amo: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor». 24 Cuando llegó por fin el que había recibido un talento, dijo: «Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; 25 por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo». 26 Su amo le respondió: «Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido; 27 por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así, al venir yo, hubiera recibido lo mío con los intereses. 28 Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez.
29 »Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. 30 En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes».
El talento no era propiamente una moneda, sino una unidad contable que equivalía aproximadamente a unos treinta y cuatro kilos de plata (cfr nota a 18,21-35). El Señor enseña en esta parábola la necesidad de corresponder a la gracia de manera esforzada durante toda la vida. Hemos de hacer rendir los dones naturales y las gracias sobrenaturales recibidas de Dios. Lo importante no es el número, sino la generosidad para corresponder: «Me parece muy oportuno fijarnos en la conducta del que aceptó un talento: se comporta de un modo que en mi tierra se llama cuquería. Piensa, discurre con aquel cerebro de poca altura y decide: fue e hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. ¿Qué ocupación escogerá después este hombre, si ha abandonado el instrumento de trabajo? Ha decidido irresponsablemente optar por la comodidad de devolver sólo lo que le entregaron. (...) ¡Qué tristeza no sacar partido, auténtico rendimiento de todas las facultades, pocas o muchas, que Dios concede al hombre para que se dedique a servir a las almas y a la sociedad. Cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo: cuando por egoísmo se retrae, se esconde, se despreocupa. El que ama a Dios, no sólo entrega lo que tiene, lo que es, al servicio de Cristo: se da él mismo. (...) ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 45-47).

Estemos vigilantes (1 Ts 5,1-6)

33º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
1 Sobre el tiempo y el momento, hermanos, no necesitáis que os escriba, 2 porque vosotros mismos sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. 3 Así pues, cuando clamen: «Paz y seguridad», entonces, de repente, se precipitará sobre ellos la ruina —como los dolores de parto de la que está encinta—, sin que puedan escapar. 4 Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, de modo que ese día os sorprenda como un ladrón; 5 pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. 6 Por tanto, no durmamos como los demás, sino estemos en vela y mantengámonos sobrios.
«El día del Señor» es una fór­mula que aparece varias veces en la Sagrada Escritura referida a ese momento en el que Dios intervendrá de modo decisivo e inapelable. Según San Pablo y otros escritos del Nuevo Testamento es el día del Juicio Universal, cuando Cristo aparecerá en plenitud de gloria como Juez (cfr 1 Co 1,8; 2 Co 1,14). Pero el encuentro cara a cara con el Señor se produce ya tras la muerte (cfr 2 Co 5,6; Flp 1,23). El cris­tiano, por tanto, debe vivir siempre vigilante, pues no sabe con certeza cuál será el último día de su vida.

La mujer fuerte (Pr 31,10-13.19-20.30-31)

33º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
10 Una mujer fuerte ¿quién la encontrara?
Vale mucho más que las perlas.
11 En ella confía el corazón de su marido,
y no le faltará ganancia.
12 Le procura bien y no mal
todos los días de la vida.
13 Busca lana y lino
y trabaja con diligencia.
19 Aplica sus manos a la rueca,
sus palmas empuñan el huso.
20 Abre su palma al indigente,
y extiende su mano al pobre.
30 Falaz es la gracia y vana la hermosura,
la mujer que teme al Señor será alabada.
31 Dadle el fruto de sus manos,
y que sus obras la alaben en las puertas.
El libro de los Proverbios se cierra con este hermoso poema acróstico (la primera letra de cada uno de sus versos corresponde a las del alfabeto hebreo según su orden desde el principio hasta el final) acerca de las cualidades que adornan a la esposa ideal en el ámbito de una familia rural del antiguo Israel. Muy probablemente tiene valor simbólico. El prólogo del libro había presentado la Sabiduría personificada como una mujer que invita a todos al banquete preparado en su casa. Ahora, en esta mujer perfecta, que sabe hacer lo oportuno en todas las circunstancias concretas de la vida, queda reflejada de nuevo la Sabiduría que Dios ha dejado impresa en el orden de las cosas creadas.
En el canto aflora, por otro lado, la fuerza moral de la mujer. Comenta Juan Pablo II que esta fuerza «se expresa en numerosas figuras femeninas del Antiguo Testamento, del tiempo de Cristo, y de las épocas posteriores hasta nuestros días. La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios “le confía el hombre”, siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en las que pueda encontrarse. Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace “fuerte” y la reafirma en su vocación. De este modo, la “mujer perfecta” (cfr Pr 31,10) se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que perciben la gran energía de su espíritu. A estas “mujeres perfectas” deben mucho sus familias y, a veces, también las Naciones» (Mulieris dignitatem, n. 30).

jueves, 9 de noviembre de 2017

Velad, porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25,1-13)

32º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
1 Entonces el Reino de los Cielos será como diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; 3 pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; 4 las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. 5 Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. 6 A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!» 7 Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. 8 Y las necias les dijeron a las prudentes: «Dadnos aceite del vuestro porque nuestras lámparas se apagan». 9 Pero las prudentes les respondieron: «Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras». 10 Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. 11 Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» 12 Pero él les respondió: «En verdad os digo que no os conozco». 13 Por eso: velad, porque no sabéis el día ni la hora.
La parábola de las vírgenes necias y prudentes es un ejemplo de la llamada a estar vigilantes. El Señor dice con claridad que es una parábola que habla del Reino de los Cielos, y es la única ocasión en que la expresa en futuro (v. 1). Se refiere, por tanto, a los cristianos que han sido llamados a la Iglesia y han respondido a esa llamada. Pero no basta con esperar, también hay que actuar: «El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera —ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide— es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 57).
En la imagen del lector se representa una de aquellas ruidosas y largas bodas orientales (cfr Jn 2,1-11). La novia, con sus parientes y amigas, espera la llegada del novio con su comitiva para ser trasladada a su propia casa. En la alegoría se descubre enseguida que el esposo representa a Jesucristo y las vírgenes a las personas invitadas a la boda, es decir, a la alianza esponsal de Dios con su Iglesia. La enseñanza es clara: no es suficiente con que estemos en la Iglesia, esperando sin más el acontecimiento definitivo; hay que mantener viva la fe y hacer buenas obras: «Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras (...); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que Él te introduzca en la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá» (S. Agustín, Sermones 93,17).

lunes, 6 de noviembre de 2017

La resurrección de los muertos (1 Ts 4,13-18)

32º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
13 No queremos, hermanos, que ignoréis lo que se refiere a los que han muerto, para que no os entristezcáis como esos otros que no tienen esperanza. 14 Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron. 15 Así pues, como palabra del Señor, os transmitimos lo siguiente: nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la venida del Señor, no nos anticiparemos a los que hayan muerto; 16 porque, cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios den la señal, el Señor mismo descenderá del cielo, y resucitarán en primer lugar los que murieron en Cristo; 17 después, nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados a las nubes junto con ellos al encuentro del Señor en los aires, de modo que, en adelante estemos siempre con el Señor. 18 Por tanto, animaos mutuamente con estas palabras.
«Los que han muerto» (v. 13). Literalmente, «los que duermen». Esta expresión, que ya utilizaban algunas veces los escritores paganos, fue muy empleada por los primeros cristianos para referirse a los que murieron en la fe de Cristo.
En los escritos cristianos ese modo de expresarse adquiere todo su sentido a causa de la fe en la Resurrección de Jesús, y la certeza de que todos resucitaremos. No es un mero eufemismo, sino un modo de dejar claro que la muerte no es el fin. «¿Por qué se dice que duermen sino porque en su día serán resucitados?» (S. Agustín, Sermones 93,6). La certeza de la resurrección es una de las verdades fundamentales de nuestra fe, recogida tanto en el Símbolo de los Apóstoles como en el Credo de Nicea-Constantinopla.
San Pablo da razones para la esperanza ante la Parusía. Habla del encuentro con el Señor en su segunda venida, pero no pretende ahora precisar en qué momento tendrá lugar. Poco después aclara que lo único cierto es que eso sucederá de modo inesperado (cfr 5,1-2). En cualquier caso, el tiempo no es relevante para lo fundamental, que es estar siempre con Cristo. Cuando llegue no tendrá ventaja el que esté vivo sobre los que ya habían muerto, sino los que han llegado al final de su curso terreno «en Cristo» (v. 16).
San Ambrosio explica el pasaje poniéndolo en relación con otros textos del Apóstol: «Todos resucitan, pero nadie pierda la esperanza ni se duela el justo de que todos participen de la resurrección, al esperar una peculiar recompensa por su virtud. Todos, ciertamente, resucitan, pero “cada uno —como dice el Apóstol— en su propio orden” (1 Co 15, 23). La recompensa de la misericordia divina es común, pero distinto el orden de los méritos. El día resplandece para todos, el sol calienta para todos, la lluvia fecunda con abundantes aguaceros las tierras de todos. Todos nacemos, todos resucitamos, pero entre ambas circunstancias el don del vivir y del resucitar es diferente, es diversa la condición... Se nos exhorta a vivir y a ser como Pablo, para poder decir: Porque los que vivimos no tendremos ventaja alguna sobre los que estén dormidos. En efecto, no habla de la manera común de vida y de la acción de respirar, sino del mérito en la resurrección» (De excessu fratris sui Satyri 2,92-93).

La sabiduría busca a los que son dignos (Sb 6,12-16)

32º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
12 La sabiduría es resplandeciente e imperecedera,
los que la aman la contemplan con facilidad,
los que la buscan, la encuentran.
13 Se adelanta a darse a conocer a quienes la anhelan.
14 Quien madruga por ella no pasará fatigas,
la encontrará sentada a la puerta.
15 Pensar en ella es sensatez perfecta,
quien vela por ella pronto estará libre de preocupaciones.
16 Que ella misma anda buscando a los que le son dignos,
se les muestra en los caminos con actitud benigna
y les sale al encuentro llena de solicitud.
Exaltación de la sabiduría. No es fácil distinguir cuándo el hagiógrafo se refiere a la Sabiduría divina y cuándo a la sabiduría participada por el hombre. Se ensalza el resplandor y la incorruptibilidad de la sabiduría (v. 12). Ésta aparece personificada: «se adelanta a darse a conocer», «sale al encuentro» de los que la anhelan (vv. 13.16); «está sentada» a la puerta de los que «madrugan por ella» (v 14); quien «vela por ella» se siente seguro (v. 15) y se le «muestra en los caminos» (v. 16), les enseña una conducta perfecta. Aunque es ella quien lleva la iniciativa, requiere que el hombre la desee y ponga los medios para adquirirla.

lunes, 30 de octubre de 2017

El que se ensalce será humillado (Mt 23,1-12)

31º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
1 Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos 2 diciendo:
—En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. 3 Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen. 4 Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas. 5 Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. 6 Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas 7 y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí. 8 Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. 9 No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. 10 Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo. 11 Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. 12 El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.
Aquí, como en otros lugares del Nuevo Testamento, no debe verse una condena general de los escribas y fari­seos. De hecho, al final del discurso (v. 34), el Señor habla de escribas que sufrirán los mismos rigores que Él, y en otro lugar (cfr 13,52) da por supuesta la existencia de escribas cristianos que enseñarán los misterios del Reino de los Cielos a los discípulos. Ahora bien, en su conjunto, estamos ante una dura acusación a aquellos escribas y fariseos que en su conducta se guiaban más por aparentar externamente que por vivir de acuerdo con la verdad.
El discurso consta de dos partes: la primera (vv. 1-12) está dirigida al pueblo y a sus discípulos; la segunda —los célebres «ayes» (vv. 13-32)—, a aquellos escribas y fariseos. En ambas es posible descubrir un motivo común: con sus palabras, Cristo no pretende abolir la doctrina de la Ley enseñada por escribas y fariseos (cfr vv. 3 y 23), sino purificarla y llevarla a su plenitud.
En el comienzo (vv. 1-12), se pone en contraste la conducta de escribas y fariseos con la que debe ser la de los maes­tros cristianos. Aquellos «dicen pero no hacen» (v. 3) y apetecen ser los primeros (v. 6); los cristianos debemos servir y humillarnos (vv. 11-12). Jesús lo ejemplifica de una manera concreta (vv. 7-10): rabbí, padre y doctor eran títulos honoríficos que se daban a quienes enseñaban la Ley de Moisés. Cuando Jesús dice a sus discípulos que no acepten estos títulos, está indicando que el cristiano debe buscar el servicio, no el honor. San Agustín lo resumía muy bien en una conocida frase: «Somos rectores y somos también siervos: presidimos, pero si servimos» (S. Agustín, Sermones 340A).

Como una madre da alimento y calor (1 Ts 2,7b-9.13)

31º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
7b Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, 8 así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer! 9 Pues recordáis, hermanos, nuestro esfuerzo y nuestra fatiga: trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el Evangelio de Dios.
13 Y por eso también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, porque, cuando recibisteis la palabra que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino como lo que es en verdad: palabra divina, que actúa eficazmente en vosotros, los creyentes.
La obra de la evangelización requiere amar a aquellos a quienes se dirige, pero no sólo con el afecto de un pedagogo, sino con el amor de un padre; o mejor aún, como el de una madre (vv. 7-12) que atiende todas las necesidades de su hijo, pero mira más allá del momento presente. Así el Apóstol cuida de los fieles que acaban de nacer a la fe «como la madre que gusta de nutrir a su pequeño pero no desea que permanezca pequeño. Lo lleva en su seno, lo atiende con sus manos, lo consuela con sus caricias, lo alimenta con su leche. Todo esto hace al pequeño, pero desea que crezca para no tener que hacer siempre tales cosas» (S. Agustín, Sermones 23,3). De modo análogo, la predicación del Evangelio requiere toda clase de atenciones, pero ha de ofrecer certezas sólidas basadas en la palabra de Dios que permitan el arraigo, desarrollo y madurez en la fe de quienes la han recibido.
Además, San Pablo no se limitó a predicar en la sinagoga o en otros lugares ­públicos, o en las reuniones litúrgicas cristianas. Se ocupó de las personas en par­ticular (v. 11); con el calor de una confidencia amistosa daba a cada uno aliento y consuelo, y les enseñaba cómo debían comportarse en su vida de modo coherente con la fe. Esta tarea apostólica, como lo muestra la vida de los primeros cristianos, no es competencia exclusiva de los pastores de almas, sino que corresponde a todos los fieles. El Concilio Vaticano II ha enseñado que una forma peculiar de apostolado individual «es el testimonio que pueden ofrecer los laicos de toda una vida que surge de la fe, de la esperanza y de la caridad. Con el apostolado de la ­palabra, absolutamente necesario en determinadas circunstancias, los laicos anun­cian a Cristo, explican su doctrina, la difunden cada uno según su condición y capacidad, y la profesan con fidelidad» (Apostolicam actuositatem, n. 16). Se trata, en definitiva, de hacer que las personas que nos rodean se encuentren con Dios. «Cuando descubrís algo de provecho, procuráis atraer a los demás —comenta San Gregorio Magno—. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena, y cuando vayáis a Dios no lo hagáis solos» (Homiliae in Evangelia 6,6).
La predicación es en verdad palabra de Dios (v. 13), no sólo porque en ella se transmite fielmente la divina revela­ción, sino también porque el mismo Dios habla por medio de los que la anuncian (cfr 2 Co 5,20). Por eso, «la palabra de Dios es viva y eficaz» (Hb 4,12). «La fe se suscita en el corazón de los no creyentes y se alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra de salvación. Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes» (Conc. Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 4).

Hicisteis tropezar a muchos con vuestra enseñanza (Ml 1,14b-2,2b.8-10)

31º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
14b¡Porque Yo soy el Gran Rey —dice el Señor de los ejércitos—, y mi Nombre es respetado en las naciones!
1 Ahora, para vosotros, sacerdotes, es este mandato:
2 Si no escucháis y no tomáis a pecho el dar gloria a mi Nombre —dice el Señor de los ejércitos—, enviaré contra vosotros la maldición y maldeciré vuestras bendiciones.
8 Vosotros, sin embargo, os apartasteis del camino,
hicisteis tropezar a muchos con vuestra enseñanza,
quebrantasteis la alianza con Leví
—dice el Señor de los ejércitos—.
9 Por eso os he hecho despreciables
y abyectos para todos los pueblos,
ya que nadie de vosotros guardó mis caminos
e hicisteis acepción de personas ante la Ley.
10 ¿No tenemos todos nosotros un solo padre? ¿No nos ha creado un único Dios? ¿Por qué, entonces, nos traicionamos unos a otros, profanando la alianza de nuestros padres?
El profeta reprocha a los sacerdotes del Templo que no honren al Señor (2,1; cfr 1,6) y que conduzcan a muchos a tropezar «con vuestra enseñanza» (2,8), o bien «con la Ley» —que de las dos maneras puede ser interpretado el texto— y, además, que hagan acepción de personas (2,9); en definitiva, corrompen la alianza que el Señor hizo con Leví (2,4-5; cfr Dt 18,1-8; 33,8-11).
Para que su ministerio sea eficaz (2,2-3), el profeta exhorta a los sacerdotes a vivir las virtudes que descubre en Leví: el temor de Dios, la humildad, y la veracidad en el hablar (2,5-6). Este último aspecto se subraya especialmente: el sacerdote no habla por sí mismo, es mensajero, mal’ak, del Señor, y sus palabras deben ser sabiduría de la Ley (2,7).
El Concilio Vaticano II evoca este texto, cuando recuerda la misión de predicar encomendada a los sacerdotes: «El Pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la palabra de Dios vivo, la cual es muy lícito buscarla en la boca del sacerdote. Nadie puede salvarse si antes no ha tenido fe. Por eso los presbíteros, como colaboradores de los obispos, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios. Así, cumpliendo el mandato de Cristo (...) construyen y acrecientan el Pueblo de Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 4).

lunes, 23 de octubre de 2017

Amor a Dios y al prójimo (Mt 22,34-40)

30º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
34 Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, 35 y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle:
36 —Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
37 Él le respondió:
—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. 38 Éste es el mayor y el primer mandamiento. 39 El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.
Responde Jesús a una cuestión planteada por los fariseos, cuya preocupación principal era cumplir todos los mandamientos contenidos en las leyes mosaicas y que alcanzaban el número de 613. Jesús enseña que toda la Ley se condensa en los dos mandatos del amor (Dt 6,5; Lv 19,18). Toda la tradición evangélica es testigo de cómo Jesús vinculó el amor a Dios con el amor al prójimo. El relato de Mateo lo recoge de una manera singular: el escriba pregunta por «el mandamiento principal de la Ley» (v. 36), y Jesús contesta con un mandamiento que se traduce en dos, o mejor, con dos mandamientos que son uno; en todo caso queda claro que este mandamiento se distingue de los demás: «Ninguno de estos dos amores puede ser perfecto si le falta el otro, porque no se puede amar de verdad a Dios sin amar al prójimo, ni se puede amar al prójimo sin amar a Dios. (...) Sólo ésta es la verdadera y única prueba del amor de Dios, si procuramos estar solícitos del cuidado de nuestros hermanos y les ayudamos» (S. Beda, Homiliae 2,22).
Sin embargo, lo más importante es amar a Dios, porque el amor al prójimo es consecuencia y efecto del amor a Dios y, cuando es amado el hombre, es amado Dios ya que el hombre es imagen de Dios (cfr S. Tomás de Aquino, Sup. Ev. Matt. in loc.).
Respecto de la intensidad del amor a Dios escribía San Bernardo: «Tú me preguntas por qué razón y con qué método o medida debe ser amado Dios. Yo contesto: la razón para amar a Dios es Dios; el método y medida es amarle sin método ni medida» (De diligendo Deo 1,1).

Imitadores del Señor (1 Ts 1,5c-10)

30º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
5c Bien sabéis cómo nos hemos comportado entre vosotros para vuestro provecho.
6 Ciertamente os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, acogiendo la palabra con el gozo del Espíritu Santo, aun en medio de grandes tribulaciones; 7 hasta el punto de que os habéis convertido en modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. 8 Porque a partir de vosotros se ha difundido la palabra del Señor, no sólo en Macedonia y en Acaya, sino que por todas partes se ha propagado vuestra fe en Dios, de modo que nosotros no tenemos necesidad de decir nada. 9 Ellos mismos cuentan qué acogida nos dispensasteis y cómo os convertisteis a Dios abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero 10 y esperar a su Hijo desde los cielos —a quien resucitó de entre los muertos—, a Jesús, que nos libra de la ira venidera.
En Tesalónica desarrollaba una gran actividad comercial, y la ciudad constituía un importante nudo de comunicaciones e influencias en todo Grecia. Entre los cristianos de esta ciudad se contaban personas importantes, e incluso mujeres de la nobleza (cfr Act 17,4). La categoría humana de los convertidos y el prestigio de esta ciudad en su entorno geográfico, explican en parte la rapidez con la que desde ella se extendió la doctrina cristiana.
La evangelización reali­zada por San Pablo constituye un modelo de proclamación del mensaje cristiano en todo tiempo y lugar. Como el Apóstol reproducía en su vida la vida de Cristo (1 Co 11,1) para conducir a otros a la fe (v. 6), el cristiano debe comportarse de tal manera, que los demás vean en él a Cristo «como en un espejo: Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 299).
El versículo 10 probablemente constituye una fórmula acuñada por la predicación oral, y tal vez una profesión de fe de la liturgia primitiva. La “ira venidera” es una metáfora que indica el justo castigo de los pecadores. Nuestro Señor Jesucristo librará de él a quienes de modo habitual se han esforzado por vivir en estado de gracia y amistad con Dios. Como advertía Santa Teresa, «será gran cosa a la hora de la muerte saber que vamos a ser juzgadas de quien hemos amado sobre todas las cosas. Seguras podemos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra extraña sino propia; pues es la de quien tanto amamos y nos ama» (Camino de perfección, cap. 70,3). 

No maltratarás a la viuda ni al huérfano (Ex 22,20-26)

30º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
20 No maltratarás ni oprimirás al extranjero, pues extranjeros fuisteis vosotros en el país de Egipto. 21 No maltratarás a la viuda y al huérfano. 22 Si le haces daño, clamará a mí y yo escucharé su clamor; 23 se inflamará mi cólera y os haré morir a espada, dejando viudas a vuestras mujeres y huérfanos a vuestros hijos.
24 Si prestas dinero a uno de mi pueblo, al pobre que vive contigo, no te portarás con él como un usurero; no le exigirás intereses.
25 Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de que el sol se ponga, 26 porque es su única ropa y con ella abriga su piel; si no, ¿con qué va a dormir? En caso contrario clamará a mí, y yo le escucharé porque soy misericordioso.
Estas normas forman parte del denominado «Libro de la Alianza» por la mención que se hace en Ex 24,7, o también llamado «Código de la Alianza», porque muchas de estas leyes son semejantes a las contenidas en códigos legales de pueblos semitas, tales como el sumerio de Ur-Nammu (hacia el 2.050 a.C.), el de Esnunna (hacia el 1.950 a.C.), el de Lipit-Istar (hacia el 1.850 a.C.) y, el más conocido, el Código de Hammurabi (hacia el 1.700 a.C.), que se conserva en una pieza de diorita en el Museo del Louvre.
Las leyes aquí reunidas probablemente existían antes con una formulación parecida o incluso idéntica, pero al quedar incorporadas en el Libro de la Alianza en el contexto de los acontecimientos del Sinaí adquieren mayor realce y autoridad. Vienen a ser como las «leyes fundamentales» del pueblo. El texto sagrado presenta estas prescripciones como sancionadas por Dios mismo y como parte de las exigencias de la Alianza. Se pone así de manifiesto que el pueblo de Israel ha de reflejar su peculiaridad de escogido en todos los ámbitos de su vida. La política, la vida social y familiar, el culto y las instituciones tienen carácter religioso.
El extranjero que —por guerra, peste o hambre— se había visto obligado a emigrar de su patria, la viuda sin familia y el huérfano desheredado eran los prototipos de personas marginadas y pobres en aquella sociedad tribal. La Biblia, en la normativa (p.ej., Dt 10,17-18; 24,17) y en el mensaje profético (p.ej., Is 1,17; Jr 7,6), aboga constantemente a favor de estas personas más necesitadas (cfr St 1,27). La opresión de estos marginados y débiles es uno de los pecados que claman al cielo (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1867).

lunes, 16 de octubre de 2017

Dad al César lo que es del César (Mt 22,15-21)

29º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
15 Entonces los fariseos se retiraron y se pusieron de acuerdo para ver cómo podían cazarle en alguna palabra. 16 Y le enviaron a sus discípulos, con los herodianos, a que le preguntaran:
—Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de personas. 17 Dinos, por tanto, qué te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no?
18 Conociendo Jesús su malicia, respondió:
—¿Por qué me tentáis, hipócritas? 19 Enseñadme la moneda del tributo.
Y ellos le mostraron un denario.
20 Él les dijo:
—¿De quién es esta imagen y esta inscripción?
21 —Del César —contestaron.
Entonces les dijo:
—Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
22 Al oírlo se quedaron admirados, lo dejaron y se fueron.
Los herodianos eran partidarios de la política de la dinastía de Herodes: frente a la dominación romana directa —y, obviamente, también ante los impuestos directos— ejercida por un gobernador, preferían la mediación de un príncipe local que fuera quien pagara parte de los impuestos a Roma. En cuestiones religiosas, compartían las ­ideas materialistas de los saduceos. Los fariseos, por su parte, eran meticulosos cumplidores de la Ley, y consideraban el dominio romano como una usurpación. Sus diferencias con los herodianos eran radicales. Pero unos y otros se unen para conspirar contra Jesús. La pregunta era difícil y la respuesta comprometida. Jesús contesta con una profundidad que es, al mismo tiempo, del todo fiel a la predicación que ha venido haciendo del Reino de Dios: dar al César lo que le corresponde, sin dejar de dar también a Dios lo que le pertenece. Estas palabras han sido fuente para la doctrina de la Iglesia sobre la potestad de los gobiernos, que gestionan el bien común temporal, y la potestad de la Iglesia en la gestión del bien espiritual. Como ambos gobiernos son independientes en el ámbito de sus competencias, si los fieles, en ejercicio de su libertad, eligen una determinada solución para los asuntos de carácter temporal «recuerden que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva la autoridad de la Iglesia a favor de su opinión» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 43). Jesús, con su respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, el cumplimiento fiel de los deberes cívicos sin menoscabo de los derechos superiores de Dios (cfr Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 11).

Amados y elegidos de Dios (1 Ts 1,1-5b)

29º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
1 Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: la gracia y la paz estén con vosotros.
2 Damos continuamente gracias a Dios por todos vosotros, teniéndoos presentes en nuestras oraciones. 3 Sin cesar recordamos ante nuestro Dios y Padre vuestra fe operativa, vuestra caridad esforzada y vuestra constante esperanza en nuestro Señor Jesucristo.
4 Sabemos, hermanos amados por Dios, que habéis sido elegidos; 5 porque nuestro evangelio no se os predicó sólo con palabras, sino con poder, con el Espíritu Santo y con plena convicción.
Ésta es la carta más antigua (año 51-52) que se conserva de San Pablo. Tras saludar a la comunidad que él mismo había fundado, agradece a Dios el fruto de la evangelización y la fidelidad de aquellos cristianos (1,2-3,13). Más adelante, movido, al parecer, por el dolor de los fieles de Tesalónica ante la muerte de seres queridos, les exhorta a llevar una vida santa en la esperanza de la segunda venida de Cristo (4,1-5,24).
El encabezamiento se ajusta al modelo habitual de la época: consignación del autor, mención de los destinatarios, y palabras de saludo. El tono es entrañable, pero no es el de una simple carta de familia, sino el de un escrito autorizado en el que, según las normas legales (cfr Dt 17,6), dos testigos avalan su contenido. La palabra griega ekklesía significa «asamblea, reunión del pueblo», y fue empleada desde la época apostólica para designar a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. De este versículo parte Santo Tomás para definir la Iglesia como «la congregación de los fieles realizada en Dios Padre y en el Señor Jesucristo, por la fe en la Trinidad y en la divinidad y humanidad de Cristo» (Super 1 Thessalonicenses, ad loc.).
San Pablo reconoce con alegría la eficacia de la gracia divina en los tesalonicenses. Las virtudes teologales (v. 3) no han arraigado en ellos por sus mé­ritos personales, sino porque han sido «amados» y «elegidos» de Dios (v. 4). Además, el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización (v. 5), ya que transforma interiormente a quienes acogen con sencillez la palabra de Dios: «La fuerza del espíritu purifica a quienes se unen al Espíritu con pensamiento sincero, y tienen una fe en toda plenitud, sin mancha alguna en la conciencia» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).

Ciro el persa, y la voluntad salvífica de Dios (Is 45,1.4-6)

29º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
1 Así dice el Señor a su ungido, a Ciro,
a quien he tomado por su diestra,
para someter ante él las naciones
y desatar las cinturas de los reyes,
para abrir ante él las puertas,
y que no se cierren las puertas de las ciudades.
4 En favor de mi siervo Jacob
y de Israel, mi elegido,
te he llamado por tu nombre,
te he dado una alcurnia, aunque tú no me conozcas.
5 Yo soy el Señor, y no hay ningún otro,
fuera de mí no hay dios.
Yo te he ceñido, aunque tú no me conozcas,
6 para que sepan, desde la salida del sol hasta el ocaso,
que no hay otro fuera de mí:
Yo soy el Señor, y no hay ningún otro.
Se inicia aquí un discurso poético que es un mensaje de ánimo a los exiliados en Babilonia con el anuncio de un libertador, Ciro el Persa, que ejecutará la voluntad salvífica de Dios con Israel sirviéndole como instrumento. La mención solemne y precisa de Ciro, un rey extranjero, es una ventana abierta a la mirada universalista del plan divino de salvación, que choca con el horizonte del pueblo, inclinado a un nacionalismo exclusivista. El vaticinio se puede considerar como un oráculo de investidura que quizá nunca escuchó Ciro, pero transmitió confianza a los deportados. Santo Tomás comenta: «Después de haberles confortado en la firme esperanza de las divinas promesas (caps. 40-44), empieza ahora a enumerarlas para su consolación: primero promete la liberación de los males (caps. 45-55) y luego la salvación en los bienes (caps. 56-66) (Expositio super Isaiam 59).
Sorprende que se otorgue a Ciro el título de «ungido», reservado a los reyes de Israel, pues se trata de un extranjero que no conocía al Dios del pueblo elegido. Por si fuera poco, se dice que la misión y los éxitos del conquistador persa son debidos a una especial providencia de Dios, que lo ha designado para liberar a Israel de la opresión de los otros pueblos (vv. 1-5). Este mensaje debió de suscitar estupor en los oyentes. A la vuelta de los siglos, no deja de reclamar nuestra atención sobre los designios de Dios, que a veces se vale de situaciones históricas que pueden parecernos paradójicas.
La expresión «desatar las cinturas de los reyes» (v. 1) equivale a desarmarlos, pues es de la cintura de donde cuelga la espada.

lunes, 9 de octubre de 2017

Los invitados a las bodas (Mt 22,1-14)

28º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
1 Jesús les habló de nuevo con parábolas y dijo:
2 —El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, 3 y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. 4 Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: «Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas». 5 Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. 6 Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. 7 El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. 8 Luego les dijo a sus siervos: «Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. 9 Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis». 10 Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. 11 Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; 12 y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?» Pero él se calló. 13 Entonces el rey les dijo a los servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes». 14 Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.
Esta parábola, muy semejante a otra que recoge San Lucas (cfr Lc 14,15-24), completa el significado de las dos que le preceden. Israel —representado por los primeros invitados— no sólo ha rechazado el banquete de Dios, su llamada a la salvación, sino que ha maltratado y matado a los siervos que le ha enviado su Señor. Por eso su destino es fatídico (v. 7). El rechazo de Israel lleva consigo una nueva iniciativa de Dios, que ahora llama a todos los hombres a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios. No obstante, como en las parábolas de la cizaña y de la red barredera (cfr 13,24-50), los que responden a la llamada son «malos y buenos» (v. 10), y no todos son dignos, porque no todos se han convertido, comprándose el traje de bodas.
Este episodio es así una llamada de alerta a quienes ya formamos la Iglesia: el fracaso de Israel (v. 7) señala el nuestro si no nos mostramos dignos de la elección (v. 13). «¿Qué debemos entender por el vestido de boda sino la caridad? De modo que entra a las bodas, pero no entra con vestido nupcial, quien, entrando en la Iglesia, tiene fe pero no tiene caridad» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 2,18,9).

El beneficio de la limosna (Flp 4,12-14)

28º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
12 He aprendido a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. 13 Todo lo puedo en Aquel que me conforta. 14 No obstante, habéis hecho bien al compartir mi tribulación.
Las posibles dificultades que puedan presentarse en la vida no consti­tuyen un obstáculo insalvable ni pueden ser ocasión de perder la paz. El cristiano cuenta con la fortaleza que Dios propor­ciona.
La generosidad de los filipenses emociona a San Pablo. No busca dádivas de los de Filipos, sino el fruto que a ellos mismos les reportarán sus limosnas: «No necesito, dice, ni busco nada necesario, sino que debéis usar únicamente de benevolencia, para que podáis recibir el fruto de vuestra benevolencia» (Mario Victorino, In epistolam Pauli ad Philippenses 4,17).
Como Dios es remunerador, resulta mucho más beneficiado quien da limosna que quien la recibe. Quien da recibirá la gloria eterna ganada por Cristo Jesús: «Que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá» (S. León Magno, Sermo 10 de Quadragesima 5).

El banquete del Señor (Is 25,6-10a)

 28º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
6 El Señor de los ejércitos ofrecerá
a todos los pueblos, en este monte,
un banquete de sabrosos manjares,
un banquete de vinos añejos,
manjares suculentos,
y vinos exquisitos.
7 Y eliminará en este monte
el velo que cubre el rostro de todos los pueblos,
y el manto que recubre todas las naciones.
8 Eliminará para siempre la muerte.
El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros,
y apartará el oprobio de su pueblo en toda la tierra,
porque ha hablado el Señor.
9 Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios,
que esperábamos que nos salvaría,
el Señor, en quien esperábamos.
Exultemos y gocemos de su salvación».
10 Porque la mano del Señor descansará en este monte.
El Señor ha preparado a todos los pueblos en el monte Sión un singular banquete, que describe con metáforas el reino mesiánico ofrecido a todas las naciones. Dios les hará partícipes de «manjares suculentos» y «vinos exquisitos». Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable (vv. 6-8).
Estas palabras son una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma y es prenda de la vida futura: «La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” (Ap 19,9). Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de “la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 38). De ahí que los santos frecuentemente hayan exhortado a considerar esta realidad a la hora de recibir la Eucaristía: «Es para nosotros prenda eterna, de manera que ello nos asegura el Cielo; éstas son las arras que nos envía el cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión» (S. Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la Comunión).
El versículo 8 es citado por San Pablo, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte (1 Co 15,54-55), y por el Apocalipsis, al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó» (Ap 21,4; cfr también Ap 7,17). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino «donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas» (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).