lunes, 30 de enero de 2017

Sal de la tierra, luz del mundo (Mt 5,13-16)

5º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
13 »Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.
14 »Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; 15 ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. 16 Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.
Las imágenes de la sal y de la luz reflejan la condición de quien vive las bienaventuranzas, es decir, del discípulo de Jesús, y señalan la importancia de las buenas obras (v. 16). Cada uno ha de luchar por la santificación personal, pero también por la santificación de los demás. Jesús lo enseña con estas dos expresivas imágenes.
La sal preserva de la corrupción los alimentos. En los sacrificios de la Antigua Ley simbolizaba la inviolabilidad y permanencia de la Alianza (cfr Lv 2,13). El Señor manifiesta que sus discípulos son la sal de la tierra, es decir, los que dan sabor divino a todo lo humano, y los que preservan al mundo de la corrupción, manteniendo viva la Alianza con Dios. «Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo» (Epistula ad Diognetum 6,1).
La luz es necesaria para caminar, para vivir. En el Antiguo Testamento, esa luz necesaria es Dios (cfr p. ej. Sal 27,1), y la palabra de Dios (cfr p. ej. Sal 119,105). Los discípulos de Jesús deben ser también, como Él mismo, luz para los que yacen en tinieblas (cfr 4,16; Is 8,23-9,1). «Me parece que esta antorcha representa la caridad que debe iluminar y alegrar no sólo a aquellos que más quiero, sino a todos los que están en la casa» (Sta. Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos 9). Con la caridad, todas las buenas obras serán instrumentos de apostolado cristiano: «Son innumerables las ocasiones que tienen los laicos para ejercer el apostolado de la evangelización y la santificación. El mismo testimonio de su vida cristiana y las obras hechas con sentido sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios: alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 6).
Si los discípulos pierden su identidad cristiana, se quedan en nada. Es lo que ocurre con los restos de la sal. También los cristianos se convierten en un sinsentido si su seguimiento de Cristo no se traduce en obras concretas (vv. 14-15). El celemín es una medida de áridos —de unos 8,7 litros— que, probablemente, se utilizaba para apagar las lámparas de aceite por la noche evitando así que la casa se llenara de humo. El Señor no nos da la luz para que la tengamos apagada.

Anuncio a Jesucristo, y a éste, crucificado (1 Co 2,1-5)

5º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
1 Y yo, hermanos, cuando vine a vosotros, no vine a anunciaros el misterio de Dios con elocuencia o sabiduría sublimes, 2 pues no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y a éste, crucificado. 3 Y me he presentado ante vosotros débil, y con temor y mucho temblor, 4 y mi mensaje y mi predicación no se han basado en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder, 5 para que vuestra fe no se fundamente en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.
El centro de la predicación paulina es Cristo y Cristo en la cruz, puesto que la fe, más que basarse en la sabiduría humana, tiene en la cruz y en la potencia divina su solidez inalterable. El mensaje cristiano, en consecuencia, «no admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios (cfr 1 Co 2,5). Es la verdad. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 5).

Tu luz: las obras de misericordia (Is 58,7-10)

5º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
7 ¿[El ayuno que yo prefiero] no es compartir tu pan con el hambriento,
e invitar a tu casa a los pobres sin asilo?
Al que veas desnudo, cúbrelo
y no te escondas de quien es carne tuya.
8 Entonces tu luz despuntará como la aurora,
y tu curación aparecerá al instante,
tu justicia te precederá
y la gloria del Señor cerrará tu marcha.
9 Entonces clamarás, y el Señor te responderá,
pedirás socorro, y Él te dirá: «Aquí estoy».
Si apartas de en medio de ti el yugo,
el señalar con el dedo,
y la maledicencia,
10 y ofreces tu propio sustento al hambriento,
y sacias el alma afligida,
entonces tu luz despuntará en las tinieblas
y tu oscuridad será como el mediodía.
Estas palabras son parte de una denuncia profética: se condena con severidad y crudeza el delito, que en este caso se trata del formalismo en la práctica del ayuno (vv. 1-7), pero se termina con palabras de aliento y consuelo (vv. 8-14) y no con la condena que cabría esperar. El Señor no tolera la hipocresía de una religiosidad meramente externa, que no se refleja en promover y respetar la justicia en la vida ordinaria y la preocupación por los más necesitados. Quienes actúan así están muy lejos de haber conocido a Dios.
Dios no acoge el ayuno, la piedad hipócrita que se hace compatible con toda suerte de injusticias (vv. 4-7); por el contrario, el Señor atenderá generosamente los ruegos cuando vayan acompañados de obras de justicia y caridad (vv. 8-14).
Las obras de misericordia recomendadas en este oráculo resuenan en el discurso de Jesús sobre el juicio final recogido en el primer evangelio (cf. Mt 25,35-45). La espiritualidad cristiana ha insistido siempre en el amor al prójimo y en el ejercicio efectivo de las obras de misericordia como demostración cierta del amor a Dios y de la verdadera religión, pues «las obras de misericordia son la prueba de la verdadera santidad» (Rabano Mauro, recogido por Santo Tomás de Aquino en la Catena Aurea). San León Magno, por su parte, enseñaba: «Que cada uno de los fieles se examine, pues, a sí mismo, esforzándose en discernir sus más íntimos afectos; y, si descubre en su conciencia frutos de caridad, tenga por cierto que Dios esta en él y procure hacerse más y más capaz de tan gran huésped, perseverando con más generosidad en las obras de misericordia (Sermones 48,3).

lunes, 23 de enero de 2017

La Bienaventuranzas (Mt 5,1-12a)

4º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
1 Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; 2 y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
3 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.
4 Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
5 Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
7 Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
9 Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
11 »Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. 12 Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Las bienaventuranzas son el pórtico del Discurso de la Montaña. En ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abrahán, pero les da una orientación nueva ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los Cielos: «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1717).
Como fórmula de bendición, las bienaventuranzas forman parte del lenguaje bíblico tradicional; el libro de los salmos comenzaba ya así: «Dichoso...» (Sal 1,1). Con las Bienaventuranzas se proclama dichoso, feliz, a alguien. En ese sentido, están situadas en el centro de los anhelos humanos, porque «todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada» (S. Agustín, De moribus ecclesiae 1,3,4). Pero, además, Cristo les añade un horizonte escatológico, es decir, de salvación eterna: quien vive así, según el espíritu que Él enseña, tiene abierta la puerta del cielo. Dios no es alguien indiferente, es Alguien que ha tomado partido: consolará a los suyos, les saciará, les llamará sus hijos, etc. Las bienaventuranzas son camino para la felicidad humana pues expresan el doble deseo que Dios ha inscrito en el corazón: buscar la verdadera felicidad en la tierra y conseguir la bienaventuranza eterna.
San Mateo recoge nueve bienaventuranzas: las ocho primeras hablan de las actitudes del cristiano ante el mundo (vv. 3-10), la novena, en cambio, cambia de destinatario —pasa a ser «vosotros» (cfr v. 11)— y se refiere a los que sufren por causa de Cristo. Esta bienaventuranza se sigue con una exhortación a la alegría: sufrir por Cristo es señal de que se ha elegido el camino correcto. En el texto de San Lucas (cfr Lc 6,20-26, y nota), este aspecto es el más relevante.
Las Bienaventuranzas han sido comentadas y desarrolladas con profusión en la catequesis de la Iglesia. La primera (v. 3) y la octava (v. 10) aluden al Reino de los Cielos como premio. En la primera, se proclama dichosos a los «pobres de espíritu». En el Antiguo Testamento, la pobreza está ya perfilada no sólo como situación económico-social, sino desde su valor religioso (cfr So 2,3ss.): es pobre quien se presenta ante Dios con actitud humilde, sin méritos personales, considerando su realidad de pecador, necesitado de Él. De ahí que, además de vivir con sobriedad y austeridad de vida reales, efectivas, acepte y quiera tales condiciones no como algo impuesto por necesidad, sino voluntariamente, con afecto. Tal pobreza voluntaria está expresada en el texto de Mateo por la pobreza en el espíritu. Es evidente, por tanto, que esta bienaventuranza exige la austeridad y el desprendimiento de los bienes materiales y de los diversos dones recibidos de Dios. En la octava, se dice que son bienaventurados «los que padecen persecución por causa de la justicia». La justicia en la Biblia adquiere un valor más re­ligioso y amplio que su empleo predo­minante jurídico-moral. «En el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina (cfr Gn 7,1; 18,23-32; Ez 18,5ss.; Pr 12,10; Mt 1,19); otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo (Tb 7,6; 9,6). En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 40). La unión de la búsqueda de la justicia con las persecuciones hace que se pueda concluir que esta bienaventuranza «designa la perfección de todas las demás, pues el hombre es perfecto en ellas cuando no las abandona en las tribulaciones» (Sto. Tomás de Aquino, Super Evangelium Matthaei, ad loc.).
Dos bienaventuranzas, la segunda y la cuarta (vv. 4.6), tienen en común la forma pasiva del premio: es una manera de decir que será Dios quien les consuele y quien les sacie. Los que lloran son los afligidos por alguna causa, y, de modo particular, los que se apenan por las ofensas a Dios, sean propias o ajenas. Los que tienen hambre y sed de justicia son los que se esfuerzan sinceramente en cumplir la voluntad de Dios, que se manifiesta en los mandamientos, en los deberes de estado y en la unión del alma con Dios; en definitiva, los que quieren ser santos. Significativamente el premio viene de Dios porque sólo el Señor puede consolar verdaderamente y sólo Él puede hacernos santos.
Los «mansos» (v. 5) son aquellos que, a imitación de Cristo (cfr 11,25-30, y nota; 12,15-21), mantienen el ánimo sereno, humilde y firme en las adversidades, sin dejarse llevar por la ira o el abatimiento: «Adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a Él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros» (S. Pedro Crisólogo, Sermones 117).
«Misericordiosos» (v. 7) son los que comprenden los defectos que pueden tener los demás, los que perdonan, disculpan y ayudan. La parábola del siervo despiadado (18,21-35) y en especial las palabras del amo (18,32-33) son el mejor comentario a esta bienaventuranza.
«Ver a Dios» (v. 8) no se refiere únicamente a la bienaventuranza final. En el lenguaje de Antiguo Testamento significa más bien tener relación estrecha con Él, participar de sus decisiones, como los consejeros de un rey participan de las disposiciones de su soberano. De ahí la capacidad que nos otorgan la virtud de la pureza y limpieza de corazón: «La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2519).
Los pacíficos (v. 9) son más bien «los que promueven la paz», en sí mismos y en los demás, y sobre todo, como fundamento de lo anterior, procuran reconciliarse y reconciliar a los demás con Dios: «La paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legíti­ma. Esto, sin embargo, no basta. (...) La paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 78).

Dios eligió la flaqueza del mundo (1 Co 1,26-31)

4º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
26 Considerad, si no, hermanos, vuestra vocación; porque no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; 28 escogió Dios a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir lo que es, 29 de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios. 30 De Él os viene que estéis en Cristo Jesús, a quien Dios hizo para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, 31 para que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor.
Como en el caso de los Apóstoles —«No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16)— también es el Señor quien elige, quien da la vocación a cada cristiano (vv. 26-29). Dios es quien ha escogido a esos fieles de Corinto sin fijarse en criterios de sabiduría humana, de poder, o de nobleza: «Dios no hace acepción de personas, como nos repite insistentemente la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en altos grados de ciencia. La vocación precede a todos los méritos (...). La vocación es lo primero, Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a Él, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 33).
De los vv. 27-28 no hay que suponer, sin embargo, que no había entre los primeros cristianos personas cultas, sabias, poderosas, importantes humanamente hablando. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan, por ejemplo, de un ministro etío­pe, del centurión Cornelio, de Apolo, de Dionisio Areopagita, etc. «Parecería que no es de Dios la excelencia mundana —comenta Santo Tomas—, si Dios no la utilizara para su honor. Y por eso, aunque al principio fuesen ciertamente pocos, después Dios escogió a muchos humanamente destacados para el ministerio de la predicación. De ahí que en la Glosa se diga “si no hubiera precedido fielmente el pescador, no hubiera seguido humildemente el orador”. También pertenece a la gloria de Dios el que por medio de gente despreciable haya atraído a Sí a los sublimes del mundo» (Super 1 Corinthios, ad loc.).
Cristo es la «sabiduría» de Dios (v. 30) y su conocimiento es la verdadera y más importante ciencia. Es para nosotros «justicia», porque con los méritos obtenidos por su encarnación, muerte y resurrección, nos ha hecho verdaderamente justos a los ojos de Dios. Es también «santificación», la fuente de toda santidad, que consiste precisamente en la identificación con Él. Por Cristo, hecho para nosotros «redención», hemos sido redimidos de la esclavitud del pecado. «¡Qué bonito es el orden que el Apóstol pone en su lenguaje! Dios nos ha hecho sabios sacán­donos del error; después, justos y santos comunicándonos su espíritu» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios, 5, ad loc.).
Cada cristiano, por su parte, debe intentar que quienes le rodean «deseen de verdad conocer a Jesucristo, y éste crucificado (cfr 1 Co 2,2); y que se persuadan ciertamente, y crean con afecto íntimo de corazón y piadosamente, que no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del Cielo por el cual debamos salvarnos (cfr Hch 4,12), puesto que Él mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados (cfr 1 Jn 2,2)» (Catechismus Romanus, Intr. 10).

Un pueblo humilde y pobre (So 2,3; 3,12-13)

4º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
2,3 Buscad al Señor
todos los humildes de la tierra,
que cumplisteis sus mandatos.
Buscad la justicia,
buscad la humildad;
quizás así seáis preservados
el día de la ira del Señor.
3,12 Dejaré en medio de ti
un pueblo humilde y pobre,
y pondrán su esperanza en el Nombre del Señor.
13 Los restos de Israel
no cometerán iniquidad,
ni hablarán mentira,
ni se encontrará en su boca
lengua dolosa.
Ellos podrán apacentarse y reposar
sin que nadie los espante.
De entrada se aconseja la práctica de la humildad. Es la misma cualidad que se afirma más tarde del pueblo que salvará el Señor (3,12), y la que proclamó más tarde Santa María «porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48). Se abre así una puerta a la esperanza que recuerda otros pasajes de la Biblia: «¿Quién sabe si Dios se dolerá y se retraerá, y retornará del ­ardor de su ira, y no pereceremos nosotros?» (Jon 3,9). La humildad enciende la esperanza: «Se llaman humildes de la tierra a los que con humildad de corazón buscan al Señor con la sumisión de una reverencia filial, los mismos que cumplen sus mandatos confesando sus pecados y buscando no cometerlos más, que buscan la justicia y la humildad rechazando a los soberbios y acogiendo a los que hacen penitencia» (S. Buenaventura, Sermones dominicales 5,6).
A continuación, el oráculo adquiere acentos conmovedores. El profeta vislumbra un «resto» de Israel que se salvará y que será el centro de la restauración. Dios, mediante el profeta, se refiere a este resto como un pueblo «humilde y pobre», pero la enumeración de sus cualidades indica que pobreza y humildad no señalan aquí la condición social sino la actitud interna ante Dios. De ­hecho, estos términos —«humilde y pobre»—, a través de la versión de los Setenta, que los traduce por praüs (manso) y tapeinós (humilde), pasarán al vocabulario de la predicación de Jesús: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29; cfr Mt 5,3.5; 21,5).

lunes, 16 de enero de 2017

Os haré pescadores de hombres (Mt 4,12-23)

3º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
12 Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, [Jesús] se retiró a Galilea. 13 Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, 14 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí
en el camino del mar,
al otro lado del Jordán,
la Galilea de los gentiles,
16  el pueblo que yacía en tinieblas
ha visto una gran luz;
para los que yacían en región
y sombra de muerte
una luz ha amanecido.
17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:
—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
18 Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. 19 Y les dijo:
—Seguidme y os haré pescadores de hombres.
20 Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. 21 Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. 22 Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.
23 Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.
Jesús hace de Cafarnaún el centro de su actividad (Mt 4,13). Esta ciudad costera del mar de Galilea puede ser casi el prototipo de la región: rica en recursos naturales, en el centro de rutas comerciales, constaba de una población mixta, en la que tal vez sólo la tercera parte era judía. El episodio del centurión (Mt 8,5-13; cfr Lc 7,1-10; Jn 4,46-53) nos invita a pensar en una convivencia pacífica entre las diversas razas y culturas. La región, mencionada con diversas referencias (v. 15), fue invadida por los asirios en tiempos de Isaías, hacia los años 734-721 a.C., y quedó devastada y maltratada. Parte de su población hebrea fue deportada, mientras que otros grupos fueron traídos del extranjero para colonizarla. Por eso, en la Biblia se le suele llamar «Galilea de los gentiles». Esa tierra —subraya el evangelista— ha sido la primera en recibir la luz de la salvación y la predicación del Mesías. Así se cumplen las profecías (cfr Is 8,23-9,1).
Ante la cercanía del Reino de los Cielos, la predicación de Jesús es una llamada urgente a la «conversión» (Mt 4,17). Muchas versiones traducen «convertíos» por «haced penitencia», porque ahí se encuentra el sentido más hondo de la conversión: «Penitencia significa el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en la perspectiva del Reino. Pero penitencia quiere también decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón, y en este sentido hacer penitencia se completa con dar frutos dignos de penitencia; toda la existencia se hace penitencia orientándose a un continuo caminar hacia lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es algo auténtico y eficaz sólo si se traduce en actos y gestos de penitencia. En este sentido, penitencia significa (...) el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla; para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo; para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual; para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 4).
Aunque la predicación de Jesús (Mt 4,17) es idéntica a la de Juan (Mt 3,2), a diferencia del Bautista, que sólo anuncia la inminencia del Reino, nuestro Señor comienza a instaurar ese Reino en la historia humana con sus obras y palabras. Así, llama a seguirle, dejándolo todo, a los primeros discípulos: con ellos formará más tarde el grupo de los Doce, sobre el cual fundará su Iglesia. Paradójicamente, Jesús elige a unos pescadores, hombres rudos (cfr Hch 4,13), para que «no se pensara que la fe de los creyentes era debida no a la acción de Dios, sino a la elocuencia y a la ciencia» (S. Jerónimo, Commentarii in Matthaeum 5,19). No obstante, los instituyó como «guías y maestros de todo el mundo y administradores de los divinos misterios y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de los judíos, sino también todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 12,1).
Los evangelistas anotan la respuesta inmediata y efectiva de los Apóstoles a la llamada del Señor. San Mateo, desde el inicio, singulariza a Pedro (v. 18): «Pedro, por lo que se refiere a sus propiedades personales, era un hombre por naturaleza; por la gracia, un cristiano; un apóstol, y el primero de ellos, por una gracia mayor» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 124,5).
Tras la llamada, el evangelista recuerda en un breve resumen la primera actividad de Jesús (Mt 4,23) e inmediatamente me mencionará el eco que tuvo en Galilea y en las regiones circundantes (Mt 4,24-25). Tanto las palabras como los milagros son signos de que Jesús instaura el Reino de Dios, signos de la misericordia y la gracia divinas que, por medio de Cristo, se ofrecen a todos los hombres, representados en la muchedumbre que acude a Él. «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras (...). Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 5).

Que no haya divisiones entre vosotros (1 Co 1,10-13.17)

3º domingo del Tiempo ordinario – A . 2ª lectura
10 Os exhorto, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos tengáis un mismo lenguaje y a que no haya divisiones entre vosotros, a que viváis unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir. 11 Porque, por los de Cloe, me han llegado noticias sobre vosotros, hermanos míos, de que hay discordias entre vosotros. 12 Me refiero a que cada uno de vosotros va diciendo: «Yo soy de Pablo», «Yo, de Apolo», «Yo, de Cefas», «Yo, de Cristo».
13 ¿Está dividido Cristo? ¿Es que Pablo fue crucificado por vosotros o fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? 17 Porque Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar, y no con sabiduría de palabras, para no desvirtuar la cruz de Cristo.
Con severidad recrimina San Pablo las divisiones surgidas entre los corintios, más que por motivos doctrinales, por razones partidistas. La amonestación es grave: «Por el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (v. 10), y la exhortación clara: «Tener un mismo lenguaje (...) un mismo pensar (...) un mismo sentir». Punto básico de la unidad de la Iglesia es la unidad de la fe formulada en la Tradición: «Hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y que jamás hay que apartarse de ese sentido bajo pretexto y nombre de una más alta inteligencia. “Crezca, pues, y progrese amplia y dilatadamente la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y de cada uno, tanto de un solo hombre como de la Iglesia entera en el decurso de las épocas y de los siglos, pero permaneciendo siempre en su género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma significación (eodem sensu eademque sententia)” (S. Vicente de Lerins, Commonitorium 28)» (Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap. 4).
San Pablo se refiere a las divisiones (v. 10) que le han explicado «los de Cloe». Se supone que ésta era una mujer conocida en Corinto, y «los de Cloe» podían ser personas de su familia, o de su iglesia doméstica, que habrían visitado al Apóstol en Éfeso.
De la sucinta explicación de San Pablo, puede deducirse que entre los corintios se habían formado algunos grupos, congregados alrededor de personajes importantes. El grupo de «los de Apolo» (v. 12) se habría formado en torno a la figura de este judío convertido de Alejandría (Egipto), de gran elocuencia y buen conocedor de las Escrituras, que predicó en Corinto (cfr Hch 18,24-19,1). El que algunos se dijeran «de Pedro» podía deberse a que el propio San Pedro pasó ­alguna vez por Corinto, aunque no hay datos que lo confirmen, o también a que algunos discípulos de Pedro o convertidos por él hubieran llegado allí. El grupo denominado «de Cristo» es más difícil de determinar: podría referirse a algunos reunidos en torno a los predicadores venidos de Jerusalén de tendencias judaizantes, o a algunos cristianos disgustados por las rencillas entre los otros grupos y que, con razón, manifestarían su pertenencia exclusiva a Jesucristo; pero podría también tratarse de una expresión irónica de San Pablo, para manifestar rotundamente la falta de sentido de esos grupos. Es como si dijera: «Vosotros decís que sois de Pablo, de Apolo o de Pedro... Pues yo soy de Cristo».
De los bautizados por Pablo (vv. 13-14) conocemos más datos: Crispo era, o había sido, el jefe de la sinagoga de Corinto, convertido por la predicación de San Pablo (cfr Hch 18,8). En la casa de Gayo, también convertido por él, se había hospedado el Apóstol durante su estancia en Corinto (cfr Rm 16,23). La familia de Estéfanas era la primera familia convertida de la provincia de Acaya (cfr 16,15-17).
«Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar» (v. 17). Con estas palabras el Apóstol refuerza su imparcialidad ante los corintios y desecha toda posibilidad de que alguien pudiera instrumentalizarlo. Pero de ninguna manera contrapone la tarea de evangelización a la de administrar los sacramentos. Pablo VI salió al paso de esta confusión que ha llegado hasta nuestros días: «En un cierto sentido es un equívoco oponer, como se hace a veces, la evangelización a la sacramentalización. Porque es seguro que si los sacramentos se administraran sin darles un sólido apoyo de catequesis sacramental y de catequesis global, se acabaría por quitarles gran parte de su eficacia. La finalidad de la evangelización es precisamente la de educar en la fe, de tal manera, que conduzca a cada cristiano a vivir —y no a recibir de modo pasivo o apático— los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe» (Evangelii nuntiandi, n. 47).

Les ha brillado una luz (Is 8,23b-9,3)

3º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
23 Pero no habrá más tinieblas
donde había angustia.
Así como en el tiempo primero menospreció la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, en el tiempo postrero honrará el camino del Mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.
1 El pueblo que caminaba en tinieblas
vio una gran luz,
a los que habitaban en tierra de sombras de muerte,
les ha brillado una luz.
2 Multiplicaste el gozo,
aumentaste la alegría.
Se alegran en tu presencia
con la alegría de la siega,
como se gozan al repartirse el botín.
3 Porque el yugo que los cargaba,
la vara de su hombro,
el cetro que los oprimía,
los quebraste como el día de Madián.
Comienza a hacerse presente, aún entre sombras, la figura del rey Ezequías, que a diferencia de su padre Ajaz, fue un rey piadoso que confió totalmente en el Señor. Después de que Galilea fuera devastada por Teglatpalasar III de Asiria, con la consiguiente deportación del pueblo que vivía allí (cfr Is 8,21-22), el rey Ezequías de Judá reconquistaría esa zona, que recobraría su proverbial esplendor durante un cierto tiempo. Estos sucesos abrieron de nuevo paso a la esperanza.
Esa reconquista efímera de Galilea realizada por Ezequías ha sido vista sólo como anuncio de la definitiva salvación realizada por Jesucristo. San Mateo ve en el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea (Mt 4,12-17) el cumplimiento de este oráculo de Isaías (cfr 8,23-9,1): las tierras que en tiempo del profeta se encontraban devastadas y a las que los asirios habían llevado gentes extranjeras para colonizarlas, han sido las primeras en recibir la luz de la salvación del Mesías.

lunes, 9 de enero de 2017

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29-34)

2º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio
29 Al día siguiente vio a Jesús venir hacia él y dijo:
—Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 30 Éste es de quien yo dije: «Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo». 31 Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.
32 Y Juan dio testimonio diciendo:
—He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él. 33 Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: «Sobre el que veas que desciende el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautiza en el Espíritu Santo». 34 Y yo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.
Juan testimonia no sólo que Jesús es el Mesías, sino que Él, con su muerte sangrienta redime al mundo del pecado. Este testimonio del Bautista es presentado como modelo del que hemos de dar los cristianos de lo que hemos visto y experimentado al creer en Jesucristo: «Todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo del que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación, de tal manera que todos los demás, al contemplar sus buenas obras, glorifiquen al Padre y perciban con mayor plenitud el sentido auténtico de la vida humana y el vínculo universal de comunión entre los hombres» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 11).
Al llamar a Jesús Cordero de Dios (v. 29), Juan alude al sacrificio redentor de Cristo. Isaías había comparado los sufrimientos del Siervo doliente, el Mesías, con el sacrificio de un cordero (cfr Is 53,7). Por otra parte, también la sangre del cordero pascual, rociada sobre las puertas de las casas, había servido para librar de la muerte a los primogénitos de los israelitas en Egipto (cfr Ex 12,6-7). Tras la muerte y resurrección de Jesús, sus discípulos testimoniamos que Él es el verdadero Cordero Pascual. Lo hacemos antes de recibir a Cristo en la Sagrada Comunión, es decir, a la hora de participar en la «cena de las bodas del Cordero» (Ap 19,9).
Juan Bautista, al decir que Jesús existía ya antes que él (v. 30), indica su divinidad. Es como si dijese: «Aunque yo he nacido antes que Él, a Él no le limitan los lazos de su nacimiento; porque aun cuando nace de su madre en el tiempo, fue engendrado por el Padre fuera del tiempo» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 7). El testimonio de Juan sobre el Bautismo de Jesús revela, además, el misterio de la Santísima Trinidad (cfr vv. 32-34). La paloma es símbolo del Espíritu Santo, del que se dice en Gn 1,2 que revoloteaba sobre las aguas.

Llamados a ser santos (1 Co 1,1-3)

2º domingo del Tiempo ordinario - A. 2ª lectura
1 Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, 2 a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, y a todos los que invocan en todo lugar el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor suyo y nuestro: 3 gracia y paz a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
La presentación que el Apóstol hace de sí mismo (vv. 1-2) contiene su nombre y tres rasgos que muestran su dignidad: la llamada divina, el oficio de apóstol de Jesucristo y el querer de Dios, como fundamento de su misión. San Pablo es «llamado», porque es consciente de que Cristo cambió su vida desde que se encontró con Él en el camino a Damasco (cfr Hch 9,1-9; Rm 1,1). Con el título «apóstol de Cristo Jesús» expresa su misión y prueba la autoridad con que Pablo alaba, enseña, amonesta o corrige de palabra o por escrito. El nombre de Cristo Jesús se repite hasta nueve veces en los primeros nueve versículos, indicando que Él es el centro de la vida cristiana y de la de los corintios. «Por voluntad de Dios» confirma la autoridad de su ministerio.
«Sóstenes». Por la forma de mencionarlo parece que debía de ser alguien bien conocido de los corintios, quizá porque acompañase frecuentemente a San Pablo. Pudo haber sido quien escribió materialmente la carta (cfr 16,21). No hay pruebas suficientes para indentificarlo con el jefe de la sinagoga de Corinto (cfr Hch 18,17).
«La Iglesia de Dios que está en Corinto» es la destinataria inmediata de la carta. La misma construcción gramatical pone de manifiesto que la Iglesia universal no es el conjunto o suma de las comunidades locales, sino que cada comunidad local, aquí la de Corinto, representa a toda la Iglesia, una e indivisible: «La llama el Apóstol Iglesia de Dios para designar que la unidad es el carácter esencial y necesario. La Iglesia de Dios es una en los miembros y no forma más que una sola Iglesia con todas las comunidades extendidas en el universo, porque la palabra Iglesia no es la designación del cisma, sino de la unidad, de la armonía, de la concordia» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corin­thios, 1, ad loc.).
«Los santificados en Cristo Jesús» (v. 2). La fórmula «en Cristo Jesús», repetida hasta 65 veces en el epistolario paulino, significa aquí que es en Cristo en quien los bautizados están enraizados como los sarmientos en la vid (cfr Jn 15,1ss.); este vínculo nos hace santos, es decir, partícipes de la santidad divina y llamados a un comportamiento moral perfecto: «Llámanse santos los fieles que se han constituido en pueblo de Dios, o que se han consagrado a Cristo al recibir la fe y el bautismo; a pesar de ofenderle en muchas cosas y de no cumplir lo que prometieron; a la manera que también los que profesan un arte, aunque no guarden sus reglas, conservan, sin embargo, el nombre de artistas. En virtud de esto, llama San Pablo santificados y santos a los de Corinto, entre los cuales es evidente que hubo algunos a quienes reprende duramente por deshonestos, y con epítetos aún más graves» (Catechismus Romanus 1,10,15).
El Apóstol modifica la fórmula epistolar de saludo habitual en el mundo grecorromano (chairein, «saludos») por una más personal y de más fuerza cristiana: «Gracia y paz» (v. 3). «No hay verdadera paz, como no hay verdadera gracia, sino las que vienen de Dios —enseña San Juan Crisóstomo—. Poseed esta paz divina y no tendréis nada que temer, aunque fuerais amenazados por los mayores peligros, ya sea por los hombres, ya sea incluso por los mismos demonios. Al contrario, para el hombre que está en guerra con Dios por el pecado, mirad cómo todo le da miedo» (In 1 Corinthios 1, ad loc.).

Luz de las naciones (Is 49,3.5-6)

2º domingo del Tiempo ordinario - A. 1ª lectura
3 Y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
en quien me glorío».
5 Ahora dice el Señor,
el que me formó desde el seno materno para ser su siervo,
para hacer que Jacob volviese a Él
y para reunirle a Israel,
pues soy estimado a los ojos del Señor
y mi Dios ha venido a ser mi fortaleza:
6 «Muy poco es que seas siervo mío
para restaurar las tribus de Jacob
y hacer volver a los supervivientes de Israel.
Te he puesto para ser luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra».
Estas palabras forman parte del segundo canto del Siervo del Señor (Is 49,1-6). En el primero (Is 42,1-9) se presentaba al «siervo» y se hablaba de su tarea en la liberación del pueblo exiliado. Al comienzo del segundo, el siervo toma directamente la palabra y se dirige a las «islas, los pueblos lejanos» sabiéndose destinado por Dios desde el seno materno para efectuar, también en ellos, los designios divinos de salvación (cfr vv. 1-3).
Acerca de su misión se señalan ahora dos aspectos, que se irán desarrollando en los oráculos posteriores. En primer lugar, su protagonismo en la restauración de las tribus y en el regreso de los deportados a Sión (v. 5); después, la dimensión universal de su tarea para hacer que la salvación de Dios llegue hasta los confines de la tierra (v. 6).
En este poema cabe distinguir lo que el siervo dice de sí mismo (vv. 1-4) y lo que el Señor dice del siervo (vv. 5-6).
El fundamento de la actividad del siervo está en las palabras recibidas del Señor: «Tú eres mi siervo, Israel» (v. 3). Algunos comentaristas han supuesto que el término «Israel» es una interpolación tardía para corroborar la interpretación colectivista del siervo, que se impuso muy pronto entre los judíos; pero esta interpretación no tiene argumentos sólidos porque la palabra Israel sólo falta en un manuscrito de escasa importancia. De todos modos, la mención de Israel no se opone a la interpretación individual del siervo, porque en poesía cabe dirigirse a alguien por su nombre personal o por su patronímico. De hecho tanto en el Israel bíblico como en nuestra cultura muchos personajes han tomado como sobrenombre el de su lugar de origen.
Lo que el Señor transmite es la misión del siervo (vv. 5-6): la restauración de las tribus tiene que ser tan eficaz que, también los no israelitas, puedan quedar iluminados y alcanzar la salvación. Aunque la misión universal del siervo no está aquí claramente definida, puesto que su labor ha de limitarse a las tribus de Jacob, no obstante la consecución de este objetivo, la reunión de Israel, será como una luz para que los pueblos paganos vean y reconozcan a Dios. La expresión «luz de las naciones» (v. 6) ha aparecido ya en el primer poema (42,6); allí podía entenderse en sentido social: obtener la liberación de los deportados y cautivos; aquí el sentido religioso es claro: extender la salvación a todas las naciones.
En resumen, el siervo del Señor ha sido elegido y amado con predilección por Dios, goza de las cualidades proféticas más relevantes y ha de mover a sus compatriotas con el fin de iluminar y salvar a los de fuera.
La interpretación mesiánica del siervo, a partir de este segundo canto, era común entre los judíos alejandrinos que lo tradujeron al griego en la versión de los Setenta, entre los miembros de la comunidad de Qumrán y entre algunos autores de la literatura intertestamentaria, como el Libro de Henoc. Todos ellos entendían que el siervo era, en sentido colectivo, el pueblo entero de Israel.
Sin embargo, el verdadero sentido del texto se hace patente con la venida de Cristo. En efecto, fueron los cristianos quienes desde el principio aplicaron a Jesús los cantos del Siervo y los vieron cumplidos en su vida. La expresión «luz de las naciones», o «de las gentes», (v. 6) es puesta en boca del anciano Simeón aplicado a Jesús (Lc 2,32). Incluso, en los Hechos de los Apóstoles se aplica a quienes, en continuidad con la predicación de Jesucristo y para colaborar en su obra salvífica, van a predicar a los gen­tiles, como lo atestiguan las palabras de Pablo y Bernabé en la sinagoga de Antioquía de Pisidia: «Era necesario anunciaros en primer lugar a vosotros la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo mandó el Señor: Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra» (Hch 13,46-47). Por eso la Iglesia entiende su misión como un dar a conocer la verdad sobre Jesucristo, luz que ilumina a todo hombre: «La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15), “resplandor de su gloria” (Hb 1,3), “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14): Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). (...) Jesucristo, “luz de los pueblos”, ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es enviada por Él para anunciar el Evangelio a toda criatura (cfr Mc 16,15). Así la Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones, mientras mira atentamente a los nuevos desafíos de la historia y a los esfuerzos que los hombres realizan en la búsqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de la verdad de Jesucristo y de su Evangelio» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 2).

sábado, 7 de enero de 2017

Bautismo de Jesús (Mt 3,13-17)



Bautismo del Señor. Evangelio - A
13 Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan. 14 Pero éste se resistía diciendo:
—Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?
15 Jesús le respondió:
—Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda justicia.
Entonces Juan se lo permitió. 16 Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. 17 Y una voz desde los cielos dijo:
—Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.
¿Por qué Jesús debía pasar por este bautismo si no tenía pecado que purificar (cfr Hb 4,15)? Tampoco los evangelistas soslayan esta dificultad. Las palabras de Juan el Bautista, con su resistencia a bautizar a Jesús (Mt 3,14), lo indican también. Pero ni los evangelios ni la tradición cristiana, que está en su origen y que les sigue, omitieron el relato.
La narración deja entrever que Jesús, al acudir al bautismo de Juan, manifiesta que también Él secunda el plan dispuesto por Dios de preparar a su pueblo por medio de los profetas. De este modo el Señor cumple «toda justicia» (v. 15), es decir, todo lo establecido por Dios. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, el Bautismo de Jesús representa «la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente» (n. 536). Es decir, Jesús es el Siervo anunciado por el profeta Isaías, que, como Cordero llevado al matadero, acepta mansa y humildemente la misión que el Padre le encomienda.
Jesús se hace bautizar prefigurando con ello su bautismo de sangre, su muerte en la cruz, para la remisión de los pecados. Por amor se somete por completo a la voluntad del Padre, y el Padre se conmueve y acepta complacido la ofrenda de su Hijo (v. 17).
La incoación de la misión de Cristo —su muerte por nuestros pecados, para que podamos resucitar a una vida nueva— significada en el pasaje hizo del Bautismo de Cristo signo de nuestro bautismo. Así lo recoge la doctrina cristiana: «Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y “vivir una vida nueva” (Rm 6,4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 537).

martes, 3 de enero de 2017

Hemos venido de Oriente para adorar al rey (Mt 2,1-12)

 Epifanía. Evangelio
1 Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén 2 preguntando:
—¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.
3 Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. 4 Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.
5 —En Belén de Judá —le dijeron—, pues así está escrito por medio del Profeta:
6  Y tú, Belén, tierra de Judá,
ciertamente no eres la menor
entre las principales ciudades de Judá;
pues de ti saldrá un jefe
que apacentará a mi pueblo, Israel.
7 Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; 8 y les envió a Belén, diciéndoles:
—Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.
9 Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. 10 Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. 11 Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. 12 Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.
El primer capítulo del evangelio enseñaba el origen de Jesús y este segundo se dedica a su misión, al destino de su vida. Jesús es el Mesías, un rey a la manera de un nuevo y más grande David, en el que se han cumplido las profecías: la estrella que anuncia su nacimiento (cfr Nm 24,17), la ciudad de Belén en la que nace (cfr Mi 5,1), la sumisión a Dios de los reyes de la tierra que ofrecen sus dones y le adoran (Is 49,23; 60,5-6; Sal 72,10-15). Pero es también el Hijo de Dios que cumple la obra de la salvación que Israel —también llamado hijo de Dios en el Antiguo Testamento (Ex 4,22-23; Os 11,1; etc.)— no supo llevar a cabo (cfr 2,15). Si Jesús es el iniciador del nuevo pueblo de Dios, estos magos, al no ser judíos, representan a las primicias de los gentiles que recibirán la llamada de la salvación en Jesucristo. Así lo entendió la Iglesia al celebrarlos en la solemnidad de la Epifanía: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (...). Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel» (S. León Magno, Sermo 3 in Epiphania Domini 2).
«Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos magos...» (v. 1). El relato sirve en primer lugar para situar el contexto histórico: Jesús nació en tiempos de Herodes el grande. Este Herodes —padre de He-rodes Antipas (14,1-12), abuelo de -Herodes Agripa I (Hch 12,1-23) y bisabuelo de Herodes Agripa II (Hch 25,13-26,32)— no era judío sino idumeo, pero consiguió reinar con la ayuda y en vasallaje al Imperio Romano. En su reinado, desplegó una gran actividad pública y reconstruyó lujosamente el Templo de Jerusalén. Es célebre por su crueldad: mató a la mayoría de sus mujeres, a varios de sus hijos y a un buen número de personajes influyentes. El evangelio nos dice muy pocas cosas sobre la identidad de estos magos. Tradiciones tardías especificaron su origen y número. La más conocida viene del evangelio apócrifo armeno, que nos dice que los magos eran tres reyes, hermanos, originarios de Persia, llamados Melchor, Gaspar y Baltasar.
Con la pregunta: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» (v. 2), Mateo presenta como en contraste dos reyes, Herodes y Jesús, con dos modos de reinar diferentes: el de Herodes, cruel e inhumano (vv. 16-18), y el de Jesús, lleno de mansedumbre (21,5). El relato, con la profecía de Miqueas (v. 6) y su cumplimiento en el Niño nacido en -Belén, mostrará que el verdadero rey es Jesús.
«Vimos su estrella en Oriente» (v. 2). Los intentos de identificar la estrella como un cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios. Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en las Escrituras de Israel (v. 5) para encontrar al verdadero Dios: «Nace Cristo Dios, hecho hombre mediante la incorporación de una carne dotada de alma inteligente; el mismo que había otorgado a las cosas proceder de la nada. Mientras tanto, brilla en lo alto la estrella del Oriente y conduce a los Magos al lugar en que yace la Palabra encarnada; con lo que muestra que hay en la Ley y los Profetas una palabra místicamente superior, que dirige a las gentes a la suprema luz del conocimiento. Así pues, la palabra de la Ley y de los Profetas, entendida alegóricamente, conduce, como una estrella, al pleno conocimiento de Dios a aquellos que fueron llamados por la fuerza de la gracia, de acuerdo con el designio divino» (S. Máximo el Confesor, Centuria 1,9).
Los dones señalados en el v. 11 recuerdan la promesa de Dios a Israel (Is 60,1-6) de ser centro y destino de los reyes de la tierra: los augurios de felicidad del texto de Isaías se evocan incluso en los superlativos del v. 10. Los dones ofrecidos eran muy preciados en Oriente y tenían también su significación. San Hilario de Poitiers (Commentarius in Mattheum 1,5) ve en ellos una confesión del ser de Jesús: recibe el oro como rey, el incienso como Dios, y la mirra como hombre.

También los paganos participan de nuestra herencia (Ef 3,2-3a.5-6)

Epifanía. 2ª lectura
2 Ya habréis oído que Dios me concedió el encargo de administrar su gracia en favor vuestro, 3a pues mediante una revelación se me dio a conocer el misterio 5 que no se dio a conocer a los hijos de los hombres en otras generaciones, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: 6 a saber, que los gentiles son coherederos, miembros de un mismo cuerpo y copartícipes de las promesas en Cristo Jesús mediante el Evangelio.
En el Antiguo Testamento se había revelado por la promesa hecha a Abrahán, que en su descendencia serían bendecidas todas las naciones de la tierra (cfr Gen 12,3; Sir 44,21). Pero la forma en que se iba a realizar aquella bendición no había sido desvelada. Los judíos siempre pensaron que sería a través de su exaltación, como pueblo, entre todos los demás pueblos. San Pablo descubre, a la luz de cuanto Jesucristo le reveló, que no ha sido ese el camino elegido por Dios, sino la incorporación de los gentiles a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en igualdad con los judíos. Esto constituye el «Misterio», el plan de Dios tal como se ha dado a conocer en la misión que Cristo confió a sus apóstoles o enviados (cfr Mt 28,19), entre los que se cuenta también el mismo San Pablo (cfr 3,8). 
Junto a los apóstoles se mencionan los profetas, que pueden ser o los del Antiguo Testamento que anunciaron al Mesías, o los del Nuevo, es decir, los mismos apóstoles y otros cristianos que tuvieron conocimiento, por revelación, del plan de salvación de los gentiles y lo proclamaron movidos por el Espíritu de Dios. El contexto y otros pasajes de la carta a los Efesios, inclinan a pensar que se trata de los profetas del Nuevo. La revelación que el Espíritu Santo ha hecho a éstos acerca del Misterio tiene como finalidad «que prediquen el Evangelio, susciten la fe en Jesús Mesías y Señor, y congreguen a la Iglesia» (Dei Verbum, n. 17). San Pablo no se considera el único conocedor del Misterio revelado en Jesucristo. Unicamente testimonia que él también lo conoce por gracia de Dios y que le ha sido confiada su predicación de una manera particular, como a San Pedro se le confió la predicación entre los judíos (cfr Ga 2,7). 
San Pablo atribuye al Espíritu Santo la revelación del Misterio, recordando, tal vez, cómo llegó él mismo a conocerlo tras el encuentro con Jesucristo en el camino de Damasco (cfr Hch 9,17). El Espíritu es el que ha actuado también en los Apóstoles y Profetas (cfr Hch 2,17), y el que vivifica permanentemente a la Iglesia para que ésta proclame el Evangelio. «Él es el alma de esta Iglesia –enseña el Papa Pablo VI–. Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado» (Evangelii nuntiandi, n. 75).